Negacionistas

Acto negacionista en Bilbao

El negacionismo ha conseguido escaso eco entre nosotros. Sorprendente, si nos comparamos con países cercanos como Alemania, Francia, o Italia en los últimos tiempos. Y ha sido así cuando la pandemia ofrecía terreno abonado para que florecieran todo tipo de teorías conspiratorias y ofertas de soluciones milagrosas.

Me crucé, hace bien poco, con la manifestación que grupos negacionistas habían convocado en Bilbao. Supongo que pretendían hacer una demostración de fuerza, porque los días anteriores habían pegado numerosos carteles y recorrido la ciudad en coches con megafonía para convocarla. A pesar del esfuerzo desplegado, calculé, a ojo, menos de doscientos asistentes. La prensa local habló de un centenar. Poquísima gente, en cualquier caso.

Los gritos y mensajes eran los habituales: furor contra los medios de comunicación –televisión, manipulación, gritaban-, exigir libertad y salud, o el respeto a la infancia (poniendo la venda antes de la herida, porque aún no se ha aprobado ninguna vacuna para los menores de doce años). En los discursos reclamaban un mundo mejor. Un mundo mejor, como suena, ¿quién puede estar en contra de una reivindicación tan vaga? Tópicos, generalidades, muletillas, algún dato sacado de contexto… La exaltación de la mística y lo natural enfrentados a la ciencia, la medicina, y la cultura. Con esos ingredientes han cocinado sus platos los sectores que han sido la avanzadilla negacionista de por aquí.

Suelo repetir a menudo una frase de Chesterton que decía algo así como que dejamos de creer en Dios y luego creemos en cualquier tontería. La humana necesidad de aferrarse a creencias, de dotar de sentido a la vida, de refugiarse en la seguridad -aunque sea ilusoria-… explica el éxito de las religiones, pero también de las nuevas religiones laicas, esas que, sobre la base -a veces- de algún dato parcial de la realidad, acaban por convertirse en nuevos catecismos para sus fieles. Cuesta vivir sin certezas, instalarse en la duda, atreverse a confesar que no tenemos respuestas para demasiadas preguntas. No es sencillo.

Por eso me llama la atención el mayoritario seguimiento y respeto que ha mostrado la sociedad para con las propuestas de la ciencia. Una ciencia de verdades provisionales, dudas, tanteos, aproximaciones parciales, ensayos y errores, contradicciones, relaciones peligrosas con el mundo de los negocios… Y esta vez, para complicar todavía más las cosas, frente a un coronavirus desconocido cuyas claves había que ir descifrando mientras se aplicaban medidas para intentar controlarlo. Muy difícil nadar tratando de guardar la ropa.

Un escenario pandémico y unas condiciones que hace pocos años -hablando en términos históricos- hubieran desatado la caja mística de los truenos: rogativas, procesiones, jaculatorias, conjuros, sacrificios rituales, búsqueda de chivos expiatorios… y la eclosión de todo tipo de pócimas y bálsamos mágicos para consumo popular.

Ahora, hasta las grandes religiones se han avenido a respetar las normas sanitarias para tratar de frenar los contagios. Una actitud que, por fortuna, contradice aquello de dejarlo todo en manos de la voluntad divina.

Aunque algún que otro político de aquí y de allá se haya movido en el alambre -me ahorro dar nombres-, la excepción han sido esos pequeños grupos que hemos dado en llamar negacionistas. Conectados a nivel mundial a través de internet. Tan poseídos de su fe que hacen imposible cualquier intento de discusión o conversación racional. Fervorosos creyentes.

Y, aun en el contexto más favorable a sus postulados, y pese a su activismo proselitista, apenas han conseguido ganarse a nadie que no estuviera previamente convencido. Al menos por estas latitudes. Podían haber sido un problema y se han quedado en anécdota grotesca.

Igual, aunque a veces parezca lo contrario, es que vamos mejorando.

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