Una de espías

El espionaje, en estos tiempos que corren, lo sufrimos todos cada día. La telefonía móvil y las cámaras colocadas por doquier controlan con pelos y señales hasta el último de nuestros pasos. No es privado ningún mensaje ni conversación telefónica. Los medios digitales de pago apuntan en detalle a qué dedicamos cada céntimo. Todo lo que hacemos por internet es rastreado. Para colmo, ahí están las redes sociales, registrando la vida íntima de millones de ciudadanos. La privacidad es una reliquia del pasado. Los espiados somos todos. Capitalismo de la vigilancia lo llaman.

La dificultad para mantener algo en secreto alcanza incluso a temas tan serios -medidos por su valor económico- como el de la propiedad industrial. Cualquier novedad tecnológica o de diseño es replicada en plazos llamativamente cortos por los competidores. Y se hace con tanta fidelidad que cuesta distinguir el original de la copia. Hay medios para ello.

No es difícil de entender el interés por seguir resguardando del ojo público determinados asuntos considerados de seguridad nacional o de Estado. Pero cada vez parece más complicado lograrlo. Así lo demostraron las filtraciones publicadas por Assange en el portal WikiLeaks. Hoy en día todo está digitalizado y hay especialistas en saltarse las barreras de protección. Para bien y para mal.

Si miramos la realidad mundial, es un dato irrefutable que todo Estado que se precie sigue manteniendo su propio servicio de espionaje. Así que debemos suponer que siguen siendo útiles, aunque no sepamos para qué y sea imposible valorar sus frutos. Cuestión de fe.

A mí hablar de espías me trae a la cabeza los tiempos de la guerra fría. O las novelas de John Le Carré, o ciertas películas de Hitchcock, que el espionaje también nos ha traído cosas buenas.

Los espías -al menos los literarios y/o cinematográficos, que son los que conozco- se mueven en zonas de sombra: agentes dobles, engaños construidos sobre engaños, juegos de espejos en los que cuesta dar con el original… Se les ordenan, muchas veces, acciones turbias -asesinatos incluidos- con las que se pretende evitar un mal (mayor) recurriendo a otro mal (menor). Esta ambivalencia moral, esta obligatoriedad de elegir entre lo malo y lo peor, despierta a menudo dudas y aviva conflictos interiores en sus protagonistas. Ese es el tema, sin ir más lejos, de Tomás Nevinson, la última novela de Javier Marías. Los espías de ficción se mueven en territorios ambiguos, vidriosos, carentes de reglas o dotados de normas propias. No valen las simplificaciones a la hora de juzgar sus actos. Solo cabría analizarlos caso a caso, comparando las respectivas dimensiones del mal infligido y del que se pretende evitar.

Pero, en bastantes ocasiones, el tamaño de esos males lo mide la mirada de cada cual. Así que son opciones arriesgadas, discutibles, jamás evidentes. En cualquier caso, y para no perderme en divagaciones sobre un tema tan complejo, quien se adentra por esos terrenos pantanosos corre el riesgo de acabar de barro hasta las cejas. Y añadir, para acabar, que este tipo de operaciones -encubiertas, por propia naturaleza- casa mal con las exigencias de luz y taquígrafos o de control judicial. Un círculo difícil de cuadrar.

Deberíamos inscribir en este orden de cosas -pasado y presente- los últimos casos de espionaje denunciados en este santo país. Ni los políticos y activistas independentistas catalanes, ni el propio presidente, Pedro Sánchez, o la ministra de Defensa, Margarita Robles, se han librado de las escuchas y robos de datos de sus móviles. Que, en ambos casos, se haya utilizado para ello el programa Pegasus añade sombras aún más inquietantes y abre la puerta a todo tipo de especulaciones.

No está claro que los dos casos estén relacionados. Pero sí, que en ambos está implicado el CNI: sería autor de las infiltraciones -en parte, al menos- que sufrieron los independentistas y responsable de los fallos de seguridad de las que padeció el Gobierno.

Lo sucedido refuerza la idea de que nada es tan inseguro como un teléfono, que no se puede garantizar el secreto de nada que pase por él. Mejor obrar con cautela, aunque te certifiquen que está encriptado y protegido. Eso lo sabe todo el mundo. Digo yo.

Por eso me cuesta entender el interés de espiar tanto móvil de independentista. Las tácticas, estrategias, encuentros, desencuentros, aspiraciones y planes de Puigdemont, Laura Borràs o Elisenda Paluzie son de dominio público. Como lo son las desavenencias entre Junts y Esquerra. Hay tanta información al respecto que nos llega a saturar. Entonces, ¿qué secretos inconfesables esperaban encontrar?

Aunque, por completar la visión, conviene recordar que ciertos sectores del independentismo han querido también jugar a los espías. Ahí están los supuestos intentos de crear un CNI a la catalana, o los encuentros del entorno de Puigdemont con representantes del gobierno ruso en busca del apoyo de Putin a la independencia de Cataluña. Así que habría que apuntar, en justicia, que en este país de locos las habas se cuecen en todas partes.

Las escuchas, los robos de datos, nos recuerdan de nuevo la fragilidad de las redes, la práctica imposibilidad de guardar la privacidad en ellas. Se habla de que al menos treinta y cuatro jefes de Estado han sido vigilados con Pegasus. Y podrían ser muchos más si sumamos los que no se han percatado y los que han preferido mantenerlo oculto. Pero no es un tema que afecte en exclusiva a los políticos: nos afecta también a todos nosotros.

No estaría mal si se aprovechara la ocasión para poner de una vez sobre la mesa la necesidad de acabar con este estado de cosas. Hay que regular las redes, someterlas a la ley, dotarlas de filtros de protección, garantizar la privacidad de cada ciudadano… No será sencillo, pero hay expertos trabajando en la materia y deberíamos escucharlos. Serían necesarias medidas de alcance mundial, pero, tal y como están las cosas, no estaría mal si al menos la UE se pusiera manos a la obra.

Tampoco estaría de más abrir la discusión sobre el papel y la estructura de los servicios de información en la actualidad. No es una cuestión simple, pero quizás la mayoría de sus funciones podrían ser desempeñadas por organismos menos opacos. Y recordar, es evidente en democracia, que la impunidad no puede ser la regla por la que se rijan sus actos.

Ni sé si llegaremos alguna vez a conocer la totalidad de lo sucedido. Para impedirlo, van a confluir la dificultad objetiva de dar con el rastro de los autores de los espionajes y el margen de confidencialidad que requieren los servicios secretos.

Tampoco sé si estos desaguisados tienen arreglo. Igual entraría dentro de lo exigible que el servicio de información pasara a manos más competentes. Un espía al descubierto es un desastre. Un agujero de seguridad no detectado, un fallo garrafal. En ambos casos, marrones de dimensiones considerables.

A ver quién se los come ahora.

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