Nos dijeron que debíamos
estudiar para la vida,
que llegaría cierto el día
de dejar atrás la infancia
y deberíamos entonces
afrontar con pulso firme
las turbulencias del mundo.
Pero nadie
pudo enseñarnos
a calcular
la raíz cuadrada del desasosiego,
el cubo de la esperanza,
el ángulo de la ausencia,
el peso de una caricia...
A medir
la tangente del deseo,
la extensión del abandono,
el radio de la locura,
la densidad del apego...
A conjugar
los rumbos del desencuentro,
la desidia de los años,
la desolación del adiós,
las fases de todo olvido...
Y nos hicimos adultos.
Nos echamos a las calles
presa fácil de los vientos,
a merced de las mareas,
arrastrados por las olas,
juguetes a la deriva
en un universo ciego.