
Ruidosos los enfrentamientos entre Podemos y Sumar. Un conflicto, con múltiples focos y lecturas, que viene de lejos. La crónica de una hostilidad anunciada.
El acuerdo para presentar candidaturas conjuntas a las elecciones generales se cerró más por instinto de supervivencia que por entusiasmo: los dos perdían mucho yendo separados, aunque en distinta cuantía. Lo constato, no lo crítico. Porque de no haberse alcanzado ese pacto, es bastante probable -dado lo ajustado de los resultados electorales- que la balanza se hubiera inclinado hacia otro lado. Conviene no olvidarlo.
Enseguida vinieron más choques: Podemos quedó fuera del Gobierno y sus cinco diputados -ahora cuatro, tras el adiós de Lilith Verstrynge– se pasaron al grupo mixto. En Galicia, y posiblemente en Euskadi, irán en listas separadas a las próximas elecciones. Podemos votó en contra del decreto de reforma del subsidio de desempleo presentado por Yolanda Díaz y consiguió tumbarlo. Una decisión llamativa por sus consecuencias prácticas para centenares de miles de parados.
No conozco la letra pequeña de las relaciones entre ambas fuerzas, las propuestas y contrapropuestas exactas de los bandos respecto a cada punto, los intentos -si los ha habido- de reconducir los conflictos… En resumen: no sé si las cosas podrían haberse hecho mejor.
En todo grupo o colectivo humano se da una marcada tendencia a sobrevalorar lo nuestro y a minusvalorar lo ajeno. Vemos con facilidad la paja en el ojo ajeno, pero nos cuesta admitir la viga del propio. Nos consideramos mucho más importantes y decisivos de lo que en realidad somos y, por el contrario, acostumbramos a mirar por encima del hombro al otro. Ese sesgo complica siempre la gestión de la pluralidad. Dificulta medir el peso real de cada cual, considerar las razones de los otros y acertar en la búsqueda de terrenos comunes, lo que -dicho sea de paso- resulta imposible sin renuncias a la propia pureza.
En los enfrentamientos banderizos, además, la inmensa mayoría del personal no se coloca de uno u otro lado en base al frío análisis de los hechos. El mecanismo funciona justo al revés: primero se elige bando -por motivos diversos, unos más racionales que otros- y luego se pasa a defender a los nuestros y a atacar a los contrarios.
Durante la pasada legislatura, las acciones de Podemos en el Gobierno y sus relaciones con otras corrientes del ejecutivo fueron fuente de abundantes polémicas. Por recurrir a una opinión ajena, la Asociación de Periodistas Parlamentarios nominó a las mismísimas exministras Irene Montero y Ione Belarra como candidatas al premio Azote del Gobierno. Y se lo acabaron dando a Irene Montero. En la gala de celebración, la propia Ione Belarra dio por bueno lo del azote, porque había que arrastrar al PSOE a los cambios, dijo.
Ella sabrá el balance que hace de su labor. Pero lo que no parece muy razonable es exigir que te incluyan en un gobierno para poder así azotarlo mejor. Porque tampoco es difícil de entender que a los del otro lado no les guste ser azotados, digo yo.
Nadie puede negar a Podemos su autonomía para definir su lugar en el tablero político. Les corresponde tomar sus propias decisiones: estar en el Gobierno o fuera de él, formar parte de la mayoría de la investidura o pasarse a la oposición… Solo podemos exigirles que se responsabilicen de sus actos y de las consecuencias que traigan. No queda otra.
Lo que sí creo es que -más allá de los inevitables conflictos entre grupos humanos- en estas interminables guerras banderizas en la izquierda de la izquierda hay factores específicos que enredan aún más las cosas.
Hay uno fundamental, en mi opinión. Lo señalo de un brochazo, sin matices: en estos grupos -herederos, de diversos modos y maneras, de las antiguas corrientes comunistas- no se ha completado aún la digestión de la caída del bloque soviético, ni se ha hecho un balance riguroso de las ideas del pasado.
Siguiendo -por concisión y contundencia- con el trazo grueso, supongo que nadie o casi nadie defenderá a estas alturas la necesidad de la dictadura del proletariado o el régimen de partido único. Y seguramente tampoco serán demasiados los que consideren que la alternativa económica del futuro es el modelo soviético, la abolición de la propiedad privada y la estatalización de los medios de producción.
Y, sin embargo, se siguen manteniendo muchas inercias y dinámicas del pasado. Aunque no sepamos con claridad hacia dónde nos quieren llevar. Aunque en muchas ocasiones se haya roto la concordancia entre las medidas que se proponen y los fines perseguidos. Aunque las viejas recetas se den de bruces con la realidad.
No digo que esa digestión sea sencilla de hacer. Además, cuando se inicia una búsqueda no todo el mundo encuentra lo mismo en su camino. Me parece inevitable que se hagan distintas lecturas. Convendría aceptar esa pluralidad, sin etiquetas ni descalificaciones.
Sobra el viejo dogmatismo de creer a pies juntillas que solo hay una línea correcta: la nuestra, por supuesto. O hacer gala continua de la propia pureza, para lo que resulta muy útil señalar al resto como blandos o vendidos. O convertir en cuestión de principios cualquier tema por insignificante que sea. La política no es una lucha maniquea entre el bien -nosotros- y el mal -los otros-. A no ser que confundamos la política con la religión, claro.
Una voz representativa de Podemos -a la que no pongo nombre para que no se disparen filias y fobias- adjudicó a Sumar poca o nula capacidad de transformación, para acabar sentenciando que Sumar solo es una pequeña molestia funcional al statu quo precisamente porque nunca va a conseguir cambiar nada estructural.
Vale, me parece un debate interesante. Pero, para poder discutir sobre ello, quien lo dice debería empezar por definir con precisión qué entiende por statu quo. Y aclararnos luego cuándo, cómo y por qué un cambio (a mejor, se supone) supone solo una pequeña molestia funcional y qué características específicas debería reunir para pasar a considerarlo, por el contrario, estructural.
Sin explicarnos todo eso, no nos deja ninguna opción para comprobar si detrás de la afirmación hay algo sólido y sustancial o debemos leerla, sin más, como el habitual y manido reparto de etiquetas.
Sobra retórica, falta rigor. No es el terreno de juego de la razón. Y sí el de los viejos fantasmas y los rencores imposibles de ahuyentar.