Personas hasta en la sopa

No, esto no va de canibalismo, ni de recetas para cocinar a nadie.

De lo que voy a hablar es del crecimiento exponencial del uso del sustantivo personas, seguido de un adjetivo que es -en realidad- el que nos indica de quiénes se habla. Una proliferación que abarca desde la prensa hasta el BOE. Y que, aunque sea más difícil de cuantificar, comienza a afectar también al lenguaje cotidiano, incluso al hablado. Lo cierto es que hoy en día nos encontramos personas hasta en la sopa.

Así, por ejemplo, podemos leer en la prensa que tres cayucos han llegado este viernes a El Hierro con un total de 446 personas migrantes a bordo.

En el reciente cambio constitucional para sustituir el término disminuidos por discapacitados, lo que se ha puesto por escrito es personas con discapacidad.

Los lugares donde residen -y son atendidos- los ancianos han pasado a ser residencias de personas mayores. Y eso tras haber sufrido sucesivos cambios de denominación: asilos, residencias de ancianos, residencias de la tercera edad…

Hace poco he sido convocado a una reunión de la comunidad de mi garaje en las que se llamaba a acudir a las personas concesionarias.

En mi ayuntamiento, la oficina para tramitar reclamaciones por temas de consumo se llama oficialmente Oficina Municipal de Información a las Personas Consumidoras.

Leí hace poco en cierta web un artículo en el que se aludía reiteradamente a las personas manteras.

En el ámbito de la política, algunas corrientes han convertido en habitual el uso de los términos personas gestantes o personas menstruantes, pretendiendo con ello incluir a quienes, poseyendo los órganos femeninos que posibilitan estas funciones, no se auto identifican como mujeres.

¿Tiene alguna utilidad insertar en estos casos, y en otros muchos que me ahorro, lo de personas?

Si los migrantes llegaron en cayuco, cae por su propio peso que son personas. Hay aves o peces migrantes, por supuesto, pero no llegan en cayuco. Bastaría, por tanto, con escribir 446 migrantes.

Es igualmente obvio que los mayores de las residencias son personas. Aclararlo solo tendría sentido si hiciera falta, en algún caso extraordinario, diferenciar estas residencias de las de las mascotas. Residencias de mayores tiene idéntico significado. Y es más corto.

Como también resulta evidente, por no alargarme, que los discapacitados, los manteros, las gestantes, las menstruantes, los concesionarios de un garaje, o incluso los consumidores son personas. Porque, aunque también pueda haber animales discapacitados, gestantes o menstruantes, el contexto disiparía cualquier duda. Y no me imagino, desde luego, a ningún animal no humano vendiendo, comprando, o aparcando su coche.

Lo que tienen en común todos estos casos es que el uso de personas es una reiteración inútil, no añade información alguna, carece de valor: que sobra, en consecuencia. Es más, en la insistencia en recalcar tamaña evidencia, mal mirado, se podría encontrar hasta cierto matiz paródico.

El uso con esta función del término personas no ha caído del cielo.

Llevamos muchos años en los que se ha extendido la duplicación de los géneros (los vascos y las vascas) o de las terminaciones y/o artículos que marcan género (las y los periodistas; los socios-as); o el uso masivo de la @ como sustituto de esas variantes; o la utilización de la x (nosotrxs) para el mismo fin…

Y, para colmo, todas estas prescripciones se han complicado aún más con la reivindicación de un tercer género (niños, niñas, niñes).

Así que, ante las dificultades que presenta utilizar esas fórmulas, ante la amenaza de un lenguaje farragoso en extremo, se intentan sustituir mediante el uso de personas. Una especie de bálsamo de Fierabrás que evitaría todos los males sin tener que echar mano del genérico del castellano. Porque hay quienes piensan, y esta es la madre del cordero, que ese genérico -gramaticalmente apropiado- está maldito por confundirse con el masculino.

Inclusión, exclusión; invisibilidad, obligatoriedad de explicitar todos los géneros; corrección gramatical, corrección política; lenguaje, realidad… Demasiados temas complejos. Y sobre los que se ha escrito en abundancia.

Yo, desde luego, me incluyo entre los que piensan que es la propia realidad la que acaba cargando el significado de las palabras. Transformar la realidad es complicado, sin duda, pero el lenguaje no sirve de atajo.

Hace años, por poner un solo ejemplo, la palabra futbolista -aunque termine en esa a que es la marca habitual del género femenino- nos remitía a la imagen de un señor en pantalón corto dándole patadas a un balón. Hoy en día, lo mismo podemos imaginarnos a un hombre que a una mujer en esos menesteres. Cuando cambia la realidad se modifica con ella el significado, aun siendo la misma palabra.

La actual proliferación de personas me parece que da lugar a un lenguaje innecesariamente rebuscado, envarado, poco natural, grisáceo, burocrático, funcionarial… Vamos, que no me gusta ni un pelo. Aplicado al lenguaje administrativo… queda feo. A la literatura… eso es ya un horror.

En cualquier caso, este tipo de cuestiones nos preocupan o interesan a cuatro pirados. Y es que, en general, damos escasa importancia a la precisión del lenguaje, a pesar de lo complicado que nos resulta entendernos.

Así que… ¡nada más! Un saludo a las personas lectoras que hayan tenido la santa paciencia de llegar hasta el final de este artículo.

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