
No sé qué pretendía Pedro Sánchez con su amago de dimisión y sus cinco días de reflexivo paréntesis, ni cuáles han sido sus motivos para haber tomado luego la decisión de seguir con más energía si cabe.
Buscando algo de luz, leo un montón de interpretaciones. Las hay para todos los gustos. Las dan los amigos -aliviados, pero…-, los enemigos -feroces-, o incluso los amigos-enemigos. Estos me despiertan un extra de curiosidad: Pablo Iglesias -que un día gobernó con él- lo tacha de ridículo; Felipe González -de su mismo partido, se supone- hace un comentario críptico: esto no es una decisión. Bueno, pues tampoco me aclaran gran cosa. Lo de Felipe no lo entiendo y lo de Pablo se queda en el insulto.
Al final, la única conclusión que saco es que solo él, Pedro Sánchez, conocerá sus razones. Y eso suponiendo que sus actos hayan estado regidos por algún tipo de lógica y no respondan tan solo a impulsos emocionales, algo muy común en los comportamientos humanos. Todas las lecturas ajenas no pasan de ser especulaciones. Y en lo que él explica -en lo que hace público, al menos- priman los sentimientos.
Si pretendía, que no lo sé, mostrar su lado humano -sus emociones- para contribuir así a desmontar la imagen de monstruo frío y despiadado con la que lo han ido cargando sus enemigos, creo que la operación cosechará un rotundo fracaso. Las diversas derechas -políticas, periodísticas, económicas…- no van a humanizarlo. Lo han considerado automáticamente como otra más de sus maniobras. Han olido la sangre y afilado los cuchillos. Es el mismo diablo de siempre, y además ahora, bajo la bandera de la regeneración democrática, quiere hacerse con todo el poder, aniquilar a sus adversarios y construir una dictadura. Lo que quedaría por ver es si la imagen de Pedro Sánchez cambia algo en la percepción de algunos sectores de votantes de los partidos de derechas, que no tienen por qué seguir al pie de la letra las orientaciones de los dirigentes. A mí me parece dudoso.
Son más difíciles de calibrar las consecuencias en su propio campo. Si lo que buscaba -y repito que no lo sé- era dar un toque de atención a los suyos -poner a pensar a su partido, a sus socios y a las fuerzas que votaron la investidura sobre lo que ocurriría si tira la toalla-, es pronto para medir sus consecuencias. Todos le animaban a seguir, pero, una vez confirmada su continuidad, cada cual ha vuelto a marcar con rapidez su propio territorio. Algo inevitable en política. La cohesión de sus apoyos -con Junts como elemento más disruptivo- se está mostrando como el principal talón de Aquiles del Gobierno.
El tiempo dictará sentencia. Dentro de pocos días veremos si lo sucedido influye en los resultados de las elecciones catalanas, y -en caso de que así sea- en qué medida y hacia dónde.
Para mí, lo más interesante de lo ocurrido es el debate abierto sobre la máquina del fango, una cuestión que va mucho más allá del día a día de la politiquilla.
La máquina del fango es un término acuñado por Umberto Eco en su última novela, Número cero, publicada en 2015. En ella traza un análisis de las relaciones entre periodistas y políticos, un mundo turbio de intereses cruzados. El título, Número cero, hace referencia a los números cero que cierto periódico elabora no para publicarlos, sino para chantajear a los adversarios políticos amenazándoles con lo que podría difundir en su contra. Son denuncias falsas, pero que, en caso de ver la luz, provocarían un tremendo escándalo.
No me parece casualidad que Umberto Eco escribiera esta novela desde la Italia de Berlusconi, el primero de una estirpe de políticos de la derecha populista que ha triunfado luego por todo el mundo.
¿Existen las máquinas del fango? Me parece evidente que sí. Ni siquiera son un fenómeno nuevo. Basta repasar la historia de las estrechas relaciones, ambivalentes y complejas, entre direcciones de medios de comunicación y líderes políticos. Lo que sí son nuevas son algunas de sus características, al menos en dos aspectos: los medios que utilizan y el sesgo del clima ideológico global.
Sobre el papel de Internet y las redes sociales se ha hablado hasta la saciedad. Son territorios sin reglas, fuera de control, donde lo verdadero y lo falso se presentan al mismo nivel. Hasta las audiencias se manipulan con ejércitos de bots; hay empresas que se dedican a eso.
Los mecanismos del fango repiten patrones similares. Primero se publica una noticia en un medio digital -bueno, también, a veces, en alguno más serio– sin necesidad de pruebas o datos convincentes. Es habitual -para no pillarse los dedos y evitar denuncias por difamación- que la redacción sugiera más de lo que afirma. Estas informaciones serán luego recogidas y amplificadas por las redes, determinados tertulianos y otros medios afines. Se va hinchando la bola hasta acabar llegando al Parlamento -o a los tribunales- en donde se exigirán explicaciones sobre las noticias aparecidas en la prensa. Difícil ahuyentar la sombra de la sospecha.
Lo más preocupante no son este tipo de actos, tan viejos como el mundo, sino el eco que alcanzan hoy en día. Son multitud quienes los elevan automáticamente a la categoría de verdad. Y para considerarlos así lo decisivo no es la solidez de las pruebas presentadas -inexistentes muchas veces-, sino la adscripción ideológica del creyente. La verdad se convierte en cuestión de bandos: la verdad es lo nuestro; la manipulación, lo de los otros.
Esto nos llevaría a preguntarnos si la verdad existe y cuáles serían sus requisitos, si podemos llegar a alcanzarla, si hay verdades universales que podamos compartir todos los seres humanos… Problemas filosóficos muy interesantes que dejo para quienes sean capaces de abordarlos con rigor.
Estamos asistiendo -impulsado desde sectores distintos o incluso enfrentados- a un auge de lo irracional, de lo subjetivo, de la primacía de lo sentido y percibido por cada cual… Se coloca a las creencias en el mismo plano que a las verdades, se da igual valor a una opinión que a un hecho contrastado… Se niega, incluso, la posibilidad de que haya verdades, criterios y valores universalmente compartidos.
Como no me quiero ir por los cerros de Úbeda, recurro a dos ejemplos para explicarme mejor. Y los tomo de los USA, por ser casos muy evidentes y para que la distancia nos permita analizarlos, tal vez, con mayor frialdad.
Afirmar que existen sociedades secretas que utilizaban las vacunas (contra la covid) para conectar a los negros a un ordenador maestro, es una necedad conspiranoica. Y lo es, aunque el autor -Kyrie Irving, estrella de la NBA- haya participado en el Black Lives Matter y luchado contra el racismo. Una idiotez es una idiotez, venga de donde venga. Y sería aún peor tratar de justificarla por el rechazo de la medicina blanca occidental o la denuncia del negocio de las grandes corporaciones farmacéuticas.
El 70% de los votantes de Trump continúa creyendo que hubo fraude electoral en la victoria de Biden. Se ha investigado hasta la saciedad -incluso en los tribunales- y no se han encontrado datos que lo avalen. Pero eso da igual. Una creencia se puede mantener sin ningún respaldo en la realidad. Lo que prima aquí es la identidad, la comunión con los tuyos, con ellos te identificas y a ellos sí que los crees. El fraude electoral se ha convertido en una verdad republicana.
Pero la verdad existe y buscarla es lo que nos hace humanos. Algo es verdadero cuando es acorde con la realidad, cuando se comprueba y confirma con los datos que obtenemos de ella. Y aunque nunca llegaremos a poseer la verdad al completo, nos podemos ir acercando más y más si conocemos mejor la realidad. La mirada de cada cual influye sobre a qué prestamos atención y lo que vemos, por supuesto, pero hay una mirada humana, global, que será más completa en la medida en que incluya todas las particulares.
Para que haya espacios sociales compartidos es imprescindible partir de un pensamiento lógico acorde con la realidad, el retorno de la razón. Sobre creencias no hay debate posible: se cree o no se cree. Arrinconando la razón solo queda la lucha a brazo partido entre grupos e identidades, arrojarse a la cabeza verdades, valores y normas que no se pueden discutir ni compartir. Difícil tejer la democracia con esos mimbres.
Vivimos tiempos de cambios acelerados. En nuestras sociedades se abre paso una sensación de vértigo ante lo desconocido. La globalización y sus víctimas, el aumento de la desigualdad, el desgaste de las instituciones públicas enfrentadas a sus limitaciones para hacer frente a problemas globales, los choques culturales, el papel de lo digital, el cambio climático…
Hay bases materiales para el desconcierto, por supuesto. Pero las máquinas del fango avanzan también sobre el terreno previamente minado por el asalto posmoderno a la razón.