Freddy Krueger

Ha quedado con el Gitano después de anochecer, cuando se extinga la luz y la cortina de sombras ayude a ocultar lo que ocurre en las calles. La noche será su aliada. Ese será el momento.

Hace tiempo que se quitó de encima la carga de la piedad, la arrojó a la cuneta en cuanto comprobó que la vida iba cuesta arriba y le convenía aligerar peso. Por algo es ahora Freddy Krueger, así lo llaman quienes mejor lo conocen. Y el Gitano… ¡qué se le va a hacer! Será su destino, lo llevaría escrito en la palma de la mano. El vendaval no arranca las hojas secas por maldad.

Aún unas horas de espera. Alfredo respira hondo. No va a fallarle el pulso, él no es como los demás. No forma parte del rebaño de corderos que balan a coro mientras los llevan al matadero.

Se ha largado de casa nada más terminar de comer. Hace tiempo que no soporta el ambiente familiar. Está más que harto de los discursos de su padre y de la docilidad con que su madre le sigue la corriente. Su madre, siempre buenas palabras y gestos de apoyo, como si el contrato matrimonial le obligara a ello. Lo dice cada vez que le preguntan y, a menudo, por propia iniciativa: somos una familia, Manuel nos necesita ahora más que nunca. Y el otro, el pesado de su padre, raja que te raja, que si la resistencia obrera, que no nos van a doblegar, que la crisis que la pague el capital…

Debería, piensa Alfredo, guardarse los mítines para la plaza del pueblo, para vocearlos por el megáfono en los días de huelga, como tanto le gusta, subido al quiosco, allí, donde le responden los aplausos enrabietados de la muchedumbre obrera. En casa… mejor que se callara, que lo dejara en paz. Él ya se sabe el cuento, de memoria, y, además, le rebota. Está dictada la sentencia y su padre no se entera. El muy capullo.

Mientras vaga por las calles, se le ocurre que le convendría atar en corto a José. No es precisamente de fiar. Solo faltaría que se fuera otra vez de la lengua, que tuviera alguna de sus salidas inoportunas. Un comentario fuera de lugar podría meterlo en problemas. José lo conoce demasiado bien.

Se imagina por dónde andará. Ayer le pasó la última papela y seguro que estará nervioso, de bajón, desesperado, buscando algo de mercancía, pasos vacilantes, mirada vacía de zombi.

Sube y baja la cuesta. Allí las casas son viejas y precarias, renegridas por años de corrosión del humo ácido de las fábricas. Algunas están deshabitadas y amenazan ruina.

José lleva viviendo un par de meses en la calle. Últimamente se ha instalado en una lonja abandonada a la que le faltan paredes, prácticamente reducida a la estructura de hormigón. La comparte con un puñado de gentes en su misma situación. La caverna de los muertos vivientes, la llama Alfredo.

Se asoma a la lonja. Huele a vómito y orines. Colchones sucios y mantas mugrientas por las esquinas, bolsas amontonadas con ropa y otros enseres, alguna caja de madera a modo de balda, velas a medio consumir en churretosos vasos de vidrio… Pero no hay nadie allí dentro.

Alfredo se aleja, respira hondo para ahuyentar el hedor. Se sacude la ropa inconscientemente, como si se lo quitara de encima. José, su amigo desde niños.

Sigue más y más allá, hasta donde termina la ciudad y empiezan las campas. Abajo, en la distancia, quedan la ría y la industria pesada, chimeneas arrojando nubes sulfurosas, el ruido sordo de motores, los brazos enhiestos de las grúas de los astilleros… Se escucha, de vez en cuando, el estruendo de las coladas de acero. Delante, unas cuantas chabolas levantadas con maderas y chapas entre hierbajos, basura, y aparatos rotos y oxidados. Una tierra de nadie que se extiende hasta la llanura, donde limita con las vallas de las fábricas que ocupan esa zona.

Da por fin con José. Lo ve caminar tambaleante, su habitual mochilita colgada del hombro, la mirada extraviada, tenso, un rictus de desesperación en la cara. Alfredo le saluda con un gesto de la mano y se le acerca. Antes de que pueda decir nada, José se le adelanta. Balbucea, le cuesta sacarse las palabras de la boca:

-Joé… colega, ando seco. Seguro que tú… Pásame algo… Enróllate. Mañana mismo te lo pago, mañana… te lo juro.

-Tenemos que hablar del Gitano -Alfredo va al grano, a eso ha venido.

-Joé, tronco, no aguanto más -intenta colgar los brazos de los hombros de Alfredo, no está claro si para guardar el equilibrio o para impedirle escapar.

Alfredo le sujeta los brazos. Se lo quita de encima con firmeza.

-Escucha con atención: supongamos que te llega algo sobre el Gitano, algo gordo -le dice-. Tú no sabes nada, así que no intentes buscarle tres pies al gato. No te inventes historias extrañas, mantén la boca bien cerrada. Ni palabra, ¡júramelo!

Le mira fijamente a los ojos:

-¡Júramelo ahora mismo! Y yo, a cambio… -se echa la mano a un bolsillo y la mueve como si buscase algo allí dentro.

José parece despertar. Se le enciende de pronto una lucecita en la mirada. La baba blanquecina que se le acumula en las comisuras de los labios brilla ahora de humedad. Mira a Alfredo sumiso, ojos de perro apaleado.

-Joé, Freddy, tío, cojonudo. La última y me pongo al día, te lo juro, al día. Tengo un bisnes que…

Alfredo le interrumpe:

-¡El Gitano! ¡Tú no sabes nada! Una sola palabra sobre él y te corto el suministro. Te lo corto para siempre.

-Vale, vale… yo no te fallo, colega. Boca cerrada, que no entren moscas.

Ya está. Se lo ha jurado. ¿Se puede fiar de él? No está demasiado seguro, aunque le parece poco probable que alguien vaya a tomarse en serio a un puto yonqui. Pero tampoco ahora va a… No de momento, al menos.

Le coloca la papelina en la mano, se da media vuelta y se aleja. Conoce la ceremonia, la preparación minuciosa de la sustancia, el fuego calentando la cucharilla, la goma apretando el brazo, la aguja clavada en la carne, el bombeo del líquido hasta mezclarse con la sangre… Está de más el espectáculo, a él le sobra. No hay nada personal, ni siquiera con José, que ha sido su amigo desde la infancia.

Mientras se aleja, en el tiempo muerto que se vuelve a abrir ante él, se acuerda del Escarolo, de José bautizándolo como Freddy Krueger y, todavía más atrás, de los años del instituto: José, Sandra, Maite… sobre todo Maite. Tan jóvenes, hermanos de sangre para toda la vida, como siempre se cree cuando calienta el fuego de la amistad.

Se diría que han transcurrido siglos desde aquellos tiempos, aunque el calendario señale que, en rigor, han sido muy pocos años. ¡Ha cambiado tanto todo! ¡Son tan distintos ellos mismos!

El Escarolo. Puede que de no haber existido tampoco las cosas hubieran sido muy diferentes. Pero, en cualquier caso, supuso un giro radical en sus vidas. En las de Maite, José y Sandra, sobre todo, pero también en la suya.

El Escarolo, todavía joven, melena rizada, sonrisa perfecta, verbo fácil… A la mayoría -de las alumnas, principalmente- le parecía interesante, incluso guapo. Para casi todos era, cuando menos, un profesor enrollado: no suspendía a nadie, abordaba debates cercanos y, aunque a veces no se le entendiera mucho por la jerga filosófica que utilizaba, parecía sintonizar con la onda oscura de la ciudad industrial que se desmoronaba.

A Alfredo le cayó mal desde el principio. Un pavo real abriendo en abanico su plumaje de colores para exhibir sus encantos. El profesor moderno, heredero del mayo del 68. Experiencias ultrasensoriales, trascender la realidad, adentrarse en universos paralelos, unas gotas de mística oriental… ¡Cuánta palabrería! Máscaras culturales, cuando el hijoputa solo quería follárselas. Y lo peor de todo era que también tenía a Maite en su punto de mira.

Maite, el puto amor desbocado de sus años juveniles. La conoció en el instituto. Viviendo en el mismo pueblo, le pareció imposible no haber sabido de su existencia hasta entonces. Y, más aún, haber podido vivir sin ella durante todo ese tiempo. Maite, el cabello rubio y rizado, los ojos claros y una sonrisa capaz de iluminar las tinieblas. El cielo era su presencia; el infierno, su ausencia. Así de colgado estuvo.

Es difícil controlar al detalle lo que sucede en un centro de estudios: se cruzan allí centenares de vidas. Quizás se dieran más casos, él lo ignora. Lo que sí sabe -de primera mano- es lo ocurrido en el viaje de estudios. José y él se las habían ingeniado para compartir habitación en aquel destartalado hotel de la costa mediterránea. Lo mismo hicieron Maite y Sandra. El cielo al alcance de la mano, el comienzo de un viaje al infierno.

La invitación del Escarolo a probar una nueva experiencia, la encendida discusión con sus amigos, él contra los otros tres. De un lado, la curiosidad, la excitación, la rebeldía de la edad, la búsqueda de un placer desconocido frente a la vida que te arrincona… Del otro, del suyo, el único argumento de la desconfianza, del rechazo hacia el profesor del que sospechas sus intenciones. Era inevitable que, al final, los tres acabaran por aceptar la invitación. Él se negó en redondo. Pasó una de las noches más tristes de su vida, encerrado en la habitación del hotel, despierto, solo, sin Maite, recelando de las agujas, esperando, esperando… hasta el amanecer.

Y luego siguió la caída, dejarse llevar, adentrarse en zonas cada vez más oscuras, más profundas, de casi imposible retorno. Meses de ir de mal en peor, mientras la ciudad se retorcía en su prolongada agonía.

Aparecían jeringuillas usadas por cualquier rincón; a menudo, fruto de la impericia, manchadas de costurones de sangre. Jóvenes con crestas de colores o pelo rapado al cero, botas militares, cuero negro, imperdibles o remaches metálicos, danzaban enloquecidos al ritmo de una música acelerada y salvaje. En paralelo, despidos y cierres de fábricas, huelgas, manifestaciones y barricadas, el fuego cortando carreteras y vías férreas… El humo de la ira obrera se mezclaba con la rabia juvenil y las emanaciones tóxicas de las chimeneas, un cóctel endiablado. La ciudad se agitaba furiosa, como la cola de una lagartija que aún no es consciente de que ha sido ya separada del cuerpo.

Tras un par de años de búsqueda sonámbula por las calles, de préstamos jamás devueltos, de continuos robos en cuanto dejaban algo al alcance de su mano… Maite se marchó, dicen que a la capital. Antes había agotado la compasión de amigos y familiares. Solo su madre, una santa, la aguantó hasta el final.

Sandra compartió la caída con José. Uña y carne, iban juntos a pillar, pero se peleaban como perros rabiosos si el botín era escaso y no alcanzaba para los dos. Luego se reconciliaban, atados por la costumbre, o quizás por el dolor y el desamparo.

Alfredo dejó de estudiar. Eligió el dinero fácil que afloraba en los márgenes del derrumbe, allí donde el agua estancada se pudría. Tenía contactos, sabía moverse por las calles, repartía en fiestas, casas ocupadas, conciertos… Con discreción, evitando hacer ostentación de la pasta que tenía. El Gitano le pasaba la mercancía. Poco a poco, se fue ganado su confianza y haciéndose con su propio círculo, hasta llegar a tener una pequeña red a su servicio.

Una tarde de invierno se tropezó por casualidad con el Escarolo, cuando su antiguo profesor salía del instituto. Había ya oscurecido. El Escarolo caminaba apresurado, solo por las calles desiertas, el cuello del abrigo subido, las manos en los bolsillos. Lo vio y la furia retenida entró en erupción. Tomó la decisión en aquel mismo instante. Apuntó el día de la semana. No habría testigos.

En la primera tentativa, el Escarolo salió acompañado de dos profesoras. A la segunda, tras su saludo rutinario al conserje, lo vio abandonar el instituto, de nuevo solo por las calles vacías. Alfredo esperó, oculto en un portal. Lo dejó pasar y, cuando lo tenía ya a un par de metros, levantó la voz a su espalda:

-¡Eh tú, Escarolo!

El profesor giró en redondo, retador, imaginando la afrenta en boca de algún alumno insolente, decidido a cantarle las cuarenta. Pero lo que se encontró frente a él fue un encapuchado, vestido de negro de los pies a la cabeza, con un bate de béisbol en las manos. Abrió la boca sorprendido, sin emitir sonido alguno. En ese mismo instante recibió en la cabeza un golpe brutal, antes de que tuviera tiempo para protegerse con los antebrazos. El impacto fue terrible. Cayó redondo al suelo. Medio inconsciente, oyó la voz de su agresor murmurando algo así como ¡ay, Escarolo, Escarolo! Y, al momento, sintió que tiraba de él y lo colocaba boca arriba. Luego llegó otro salvaje golpeo en la rodilla izquierda acompañado del crujir de huesos rotos y, mientras se llevaba las manos a la articulación maltrecha, más porrazos de bate en la otra rodilla, feroces, despiadados.

Allí quedó el Escarolo, tumbado en la calle, incapaz de moverse, las rodillas destrozadas, gimiendo de dolor en la fría tarde de invierno. Alfredo se alejó caminando despacio. Cuando consideró que la distancia era suficiente, se quitó la capucha. Varias calles más allá, se sacó el bate que ocultaba en la cazadora, lo limpió cuidadosamente y lo arrojó a un contenedor, envuelto en una bolsa.

Cuando Alfredo recuerda aquella noche, todavía le jode no tener constancia de las consecuencias exactas de su acción. Desearía haberlo dejado cojo, o al menos renqueante, para toda su puta vida. Ni siquiera llegó a saber si hubo denuncia. A él nunca le preguntaron nada, ni conoce a nadie que fuera interrogado sobre ello. Lo único que sabe a ciencia cierta es que el Escarolo estuvo de baja todo ese curso escolar y que, al siguiente, no volvió ya al instituto. Desapareció, se esfumó, nadie del pueblo volvió a tener noticias suyas, al menos entre quienes él controla.

Y lo de actuar en solitario para no tener testigos y que nadie pudiera atribuirle el ataque…. Bueno, pues tampoco es que alcanzase gran éxito. A los pocos días, cuando la noticia se había extendido por el pueblo y era la comidilla entre los círculos juveniles, José le entró directamente:

-Joder, tío, eres como un mal sueño, una pesadilla, Freddy Krueger.

Así pasó a ser conocido como Freddy Krueger, Freddy para los amigos, la peor pesadilla de un mundo que se iba internando paso a paso en la oscuridad.

Ya es de noche, las calles están vacías, le espera el Gitano. La suerte está echada, solo falta cumplir el encargo.

Es él quien se ha buscado la ruina, se dice. Es peligroso mezclar negocios y placer, se lo explicó muchas veces. Y no le hizo ningún caso.

Empezó a tener que sustituirlo en envíos y repartos. De vez en cuando al principio, con mayor frecuencia según transcurría el tiempo. Alfredo estaba siempre dispuesto y cumplía las órdenes con eficiencia, sin queja alguna. Hasta que se hizo imprescindible.

La paciencia de los jefes acabó por agotarse. El negocio empezaba a resentirse. Había que dar un giro radical. Y el Gitano sabía demasiado.

Cierto día tantearon a Alfredo: si faltase el Gitano, si desapareciera del mapa…. él sería el sustituto adecuado, el eslabón que volvería a hacer funcionar con precisión la cadena. Lo entendió a la primera.

Ve surgir al Gitano de entre las sombras de la calle. Viene solo, se tambalea un poco, colocado, como tiene por costumbre.

Se acerca y le da una palmadita en el hombro:

-Hombre, Johnny… ¿qué tal? Tenemos que hablar. Un bisnes de los buenos. Vamos a un lugar tranquilo y te cuento.

El Gitano lo abraza. El aliento le huele a cerveza, pero seguro que se ha metido algo más:

Freddy, el payo bueno, mi mano derecha, ¿qué haría yo sin ti? -sonríe y enseña su boca desdentada-. ¡Negocios, negocios! Un trago, en plan tranqui, unos tiritos… ¡Nada de caballo, te lo juro!

Alfredo lo mira fijamente. El payo bueno, Johnny lo llama siempre así. Su mano derecha. No podría hacer nada sin él. Eso es lo que no funciona, se dice, depender de otros, perder el control. El Gitano es demasiado blando para los tiempos que corren. Por eso es ya pasado.

-Mejor al fresco. Hace una noche cojonuda. Conozco el sitio perfecto, nos hacemos unos chirris y hablamos.

-Vale, Freddy, tú mismo -el Gitano lo coge del hombro y caminan juntos-. Relájate un poco, chaval. Que la vida se va volando. En un tris tras.

Poca gente por la calle. Pasa a su lado una ruidosa cuadrilla de jóvenes enredada en sus asuntos. Aun así, Alfredo inclina la cabeza como si se dirigiera al Gitano, de manera que no les vean las caras a ninguno de los dos. Llegan al final del asfalto y, por un agujero de la valla, se adentran por una estrecha franja de terreno sin edificar, salpicada de piedras blanquecinas alrededor de las cuales crecen hierbajos y algún matorral. Están encima de la antigua cantera. A sus pies, la montaña cortada en vertical. En la negrura de la noche, se adivina bajo ellos una caída a pico de más de treinta metros.

-Aquí no nos molestará nadie -dice Alfredo.

Se sientan sobre una piedra.

-¡A ver esa china, so vinagres! -se anima el Gitano-. Si fueras más animado, serías para mí como un hermano. Freddy, mi hermano payo.

Alfredo se levanta. Se acerca al borde de la cantera. Sopla un templado viento nocturno, más intenso allí, sobre la pared vertical. Alza los brazos abiertos al cielo, deja que el aire le acaricie la cara y le revuelva los cabellos.

-Mira, Johnny, ¿ves las luces del valle ahí abajo? Se pierden en el horizonte, pueblos, ciudades… hasta donde alcanza la vista. ¿No has sentido nunca que todo esto puede ser tuyo algún día? Te espera, será para ti si lo agarras fuerte, si no lo dejas escapar.

-¿Y para qué, Freddy, para qué? No quiero nada que no me quepa en los bolsillos. Un buen rato, musiquita, los colegas… eso sí que sí, eso sí que mola.

-Ven aquí, ven un momento y verás el mundo a tus pies. Míralo y dime lo que sientes.

El Gitano duda un momento, luego se encoge de hombros y se levanta, tambaleante. Está oscuro y camina con tiento.

Alfredo sabe que ha llegado la hora. Le sorprende su sangre fría. Puede razonar con claridad. La violencia es solo un instrumento, un arma que hay que utilizar cuando es imprescindible. No siente ninguna emoción especial, nada más que ganas de terminar de una vez, muchas ganas.

-Aquí, a mi lado, levanta los brazos. Siente la fuerza del viento, absorbe su energía. ¡Los dueños del universo! ¡Tú y yo! ¡El mundo es nuestro!

El Gitano obedece y se planta junto a él. Alfredo está sereno, el otro tiene embotados los sentidos. Nada le advierte del peligro, allí, al lado del payo bueno, su mano derecha, no sabría qué hacer sin él. Un violento empujón y el Gitano pierde pie. No hay lucha. Cae al vacío, rígido como un muñeco, sin un solo grito. El vuelo es breve, aunque a Alfredo se le haga eterno. Luego, un golpe sordo, apagado. Nada más.

¡Qué sencillo! ¡Con qué facilidad se apaga una vida! ¡Qué poco significa! ¡Qué fácil le ha resultado cruzar la línea!

Alfredo mira hacia abajo. En la oscuridad, solo acierta a ver sombras confusas. Seguro que alguna de ellas será el cuerpo desmadejado del Gitano.

Es igual, no importa, se dice. Nadie podría sobrevivir a semejante caída, habrá reventado contra las piedras del fondo, no le cabe ninguna duda.

Mañana encontrarán el cadáver. Un conocido drogadicto, hasta las cachas de todo tipo de sustancias, aparece muerto. Pensarán que ha sido un accidente. Incluso si se levantase alguna sospecha, no le darían excesivas vueltas: yonqui bueno, yonqui muerto.

La vida se va volando, lo ha dicho el Gitano hace pocos minutos. Un profeta el tal Johnny, un verdadero profeta.

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