
Ha pasado el 12 de Octubre y, en torno a sus diversas conmemoraciones, se han recrudecido, una vez más, las polémicas sobre la Conquista de América, la colonización, su balance histórico, sus consecuencias, las características de las naciones que surgieron tras los diversos procesos de independencia…
Uno, en su ingenuidad, pensaba que estos debates se habían ido atemperando y clarificando con el tiempo.
Hace ya treinta años, el premio Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz hacía el siguiente resumen:
Si las pérdidas fueron enormes, las ganancias han sido inmensas. Para juzgar con equidad la obra de los españoles en México hay que subrayar que sin ellos (…) no seríamos lo que somos. Seríamos, probablemente, un conjunto de pueblos divididos por creencias, lenguas y culturas distintas.
Hace unos días, el profesor de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona Bernat Hernández afirmaba en elDiario.es:
Existe amplio consenso historiográfico sobre cómo se produjo la conquista, sus luces y sus sombras, sobre la heterogeneidad del mundo indígena… Por supuesto que hubo aspectos positivos en los más de tres siglos que duró la colonización y, al mismo tiempo, hubo matanzas y agresiones de todo tipo contra los pueblos indígenas. Por ello hemos de tener claro que la conquista significa destrucción y construcción. Así de claro.
Pero una cosa son los niveles de acuerdo entre historiadores y estudiosos y otra, muy diferente, las opiniones y el pulso de la calle. O su utilización para batallas políticas del presente.
Lo peor es que tengo la sensación de que las posiciones se van extremando hasta la caricatura. No sé si es mi impresión subjetiva debida al éxito mediático del escándalo y la brocha gorda. O puede que sea el signo de unos tiempos marcados por el auge de los populismos, de la división radical del mundo entre buenos y malos.
Son polémicas complejas, marcadas, desde hace muchos años, por la lucha por el relato entre nacionalismos contrapuestos. Los hechos históricos se entrecruzan con mitos nacionales, símbolos, identidades, sentimientos, intereses políticos, sesgos ideológicos… Un puzzle complicado.
Hace poco, en la pared de un viejo monasterio reconvertido en hotel, vi la reproducción de un grabado de Hernán Cortés blandiendo la espada frente a un indígena americano atado en una especie de altar, preparado para ser sacrificado. A la derecha, en segundo plano y dispuestos a inmolarlo, figuraban otros indígenas. Debajo de la imagen, un breve texto rezaba que, admirados por el valor del héroe, los verdugos renunciaron a la ejecución y tomaron a Hernán Cortés como líder.
Los sacrificios humanos en buena parte de la América precolombina -buscando aplacar la ira o conseguir el favor de los dioses- están suficientemente documentados por la arqueología y la historia. Pero el grabado es del siglo XIX. Representa la Conquista como una empresa gloriosa que llevó la Religión Verdadera (la católica, por supuesto) y la Civilización (la propia) a territorios salvajes. Considerar la Conquista de América como obra de héroes y santos forma parte de la iconografía del nacionalismo español.
Merece la pena contrastar ese grabado con los conocidos murales de Diego Rivera sobre la historia de México y la Conquista. La versión es aquí muy diferente: lanzas, caballos, sangre, látigos… cuerpos de indígenas ejecutados, martirizados o esclavizados. Una denuncia del insaciable ansia de riquezas de los conquistadores, de su violencia y crueldad.
Que diferentes grupos indígenas fueron sometidos y esclavizados por los conquistadores, o que estos llegaran a Las Indias movidos fundamentalmente por el ánimo de enriquecerse -o de sobrevivir- es acorde con la realidad histórica. Incluso las leyes de protección de los nativos que se promulgaron fueron muchas veces incumplidas.
Pero los murales de Diego Rivera están pintados en el Siglo XX. Miran los hechos desde la óptica del nacionalismo mexicano que -aunque dirigido fundamentalmente por criollos- pretende remontar la identidad nacional a los mexicas, habitantes del Valle de México antes de la llegada de los europeos. Según su relato, el pueblo mexicano fue oprimido bajo el yugo español durante trescientos años y la independencia supuso liberarse y reencontrarse con su verdadero ser.
Las dos narrativas pertenecen a una misma época. Ambos nacionalismos (el español y el mexicano) se desarrollaron a comienzos del siglo XIX. Y en España y buena parte de Latinoamérica acabaron consiguiendo en fechas similares el objetivo de crear sus naciones-estado. Unas entidades políticas que, en sentido estricto, nacieron entonces.
Los mitos nacionales siguen conservando su fuerza popular. Los relatos que se entretejieron -magnificando ciertos hechos más o menos históricos, pretendiendo unas raíces milenarias y reivindicando identidades que ha sobrevivido a través de los siglos- siguen pesando en los imaginarios colectivos.
La cuenta de X de la Casa Rosada argentina -con el visto bueno de Milei, se supone- celebró el Día de la Raza (sic) y consideró que la llegada de las Tres Carabelas supuso un hito que marcó el inicio (sic) de la civilización en América.
Nicolás Maduro afirmó que el 12 de octubre para toda América, sobre todo para nuestra América, es el día en que empezó (sic) el genocidio, el exterminio, el esclavismo, el colonialismo.
El inicio de la civilización o el comienzo del mal. Como si las culturas precolombinas estuvieran al margen de la civilización. O como si, hasta la llegada de los europeos, en América no hubiera habido sociedades teocráticas y fuertemente estratificadas, ni esclavitud, ni guerras, ni matanzas, ni pueblos que conquistaron territorios, sometiendo o exterminando a otros.
Tras una historia anterior de siglos, buena parte de Latinoamérica formó parte durante trescientos años de la Corona de Castilla. Han seguido otros doscientos como estados independientes. A lo largo del siglo XX las naciones latinoamericanas continuaron recibiendo una abundante emigración procedente de Europa y, en menor medida, de Asia. A la vez, durante muchos años, población de origen africano fue esclavizada y llevada allí a la fuerza. Una suma de herencias y relaciones que explica su complejidad cultural y el alto grado de diversidad y mestizaje de su población.
Pero la mezcla de rasgos culturales provenientes de cualquier punto del globo, o la diversidad de su población real se dan también en muchos países europeos y de todo el mundo. En este siglo XXI, por ejemplo, se ha invertido la dirección principal del flujo y ahora son diversos países europeos los que reciben migración latina. Buscar la identidad -siempre simbólica- en la pureza de grupos del pasado y en el rechazo de los otros supone adentrarse en terrenos pantanosos. En América, y no digamos ya, en Europa.
La historia humana es una historia de violencia, de migraciones y conquistas, de guerras, de exterminios, del dominio y explotación de las mayorías sociales por minorías poderosas, de marginación y opresión de las mujeres… Podemos lamentarnos por ello y condenar nuestro pasado. Vale. A mí me parece mucho más útil tratar de entenderlo. Analizar qué condiciones materiales, qué necesidades o ambiciones lo produjeron y qué ideologías lo impulsaron y justificaron.
En todo caso, resulta llamativo el retorno de esencias, categorías y miradas del pasado cuando los viejos estados nacionales están mostrando sus límites para enfrentar muchos problemas de este mundo global y se hace urgente encontrar fórmulas de colaboración, o incluso de articulación, internacionales.