
Una adolescente, no llegará a los quince años, pone morritos y se pinta los labios en plena calle utilizando su móvil como espejo.
Me trae a la memoria el cuento de Blancanieves. En la versión de los hermanos Grimm -la más conocida por estos lares- la Malvada Reina se miraba todos los días en el espejo y le preguntaba luego:
–Espejito, espejito mágico, dime una cosa, ¿qué mujer de este reino es la más hermosa?
–Usted, Majestad, es la mujer más hermosa de este reino y de todos los demás –respondía una y otra vez el espejo que, al parecer, lo veía y sabía todo.
Y aún así, la Reina no se daba por satisfecha. Dale que te pego con la misma copla, insistiendo con la pregunta día tras día.
Llamativa tanta reiteración. ¿Buscaría simplemente que le regalaran los oídos? ¿La impulsaría cierta inseguridad a tener que confirmar continuamente su propia belleza por boca ajena?
En el mundo actual, con el desarrollo del capitalismo tecnológico, muchas de las funciones del espejo han sido sustituidas por el móvil. Nos miramos en él continuamente: en directo, en fotos, en vídeos… Una mirada que va más allá de la apariencia física, porque el espejo digital refleja también nuestros gustos, rutinas, aficiones… hasta la ideología.
Preguntar a un agente externo su opinión sobre nosotros es peligroso: puede que no nos gusten sus respuestas. La Malvada Reina, cuando el espejo mágico le dice cierto día que Blancanieves, su hijastra, es ahora mil veces más hermosa que ella, sufre un ataque de celos de tal calibre que decide asesinar a su rival.
Las empresas tecnológicas se han ocupado muy mucho de arrancar de raíz ese peligro: han suprimido la molesta sinceridad de sus respuestas. Nunca nos llevarán la contraria. A diferencia de lo que le ocurrió a la Malvada Reina, el móvil nos responderá siempre que somos la más hermosa. Los algoritmos, alimentados con millones de datos de nuestras vidas y preferencias, nos guiarán en todo momento por terrenos confortables, se ocuparán de que nos sintamos cómodos. Necesitan tenernos contentos, quieren que sigamos conectados.
Incluso nos ofrecen, por si acaso, la opción de mejorar la imagen que damos en la pantalla a través de todo tipo de filtros y recursos, herramientas que la inteligencia artificial está llevando al extremo. Pero ni con eso les basta: en el mismo paquete nos ofertan perfeccionar también nuestro aspecto real.
Nos invitan a sacar lo mejor de nosotros mismos, como si escondiéramos en nuestro interior algún agraciado alien al que deberíamos liberar. Nos ofrecen muestrarios de imágenes manipuladas para que veamos cómo podríamos llegar a ser en caso de… Y los retoques que proponen no se quedan en la fachada. No se limitan a cambios de peinado, de color de pelo o de dibujo de las cejas. Incluyen programas de transformaciones físicas –adelgazamiento, musculación…–. Y, sobre todo, la guinda del pastel, el negocio más boyante: la oferta de un variado catálogo de operaciones de cirugía estética.
Vivimos en la sociedad de la imagen. El aspecto físico de cada cual es constantemente controlado, vigilado y juzgado desde el otro lado de los espejos digitales. No sabemos si a la Reina Malvada del cuento le fallaba la autoestima. Pero los simples mortales vamos a recibir inevitablemente un montón de mensajes y opiniones de todos los colores una vez expuestos a las redes.
La mirada de los otros es importante para los humanos, no digamos ya si son adolescentes. Como animales sociales que somos, buscamos la aprobación ajena, especialmente la de los nuestros. Sin embargo, alcanzar una belleza perfecta que guste a todos o que nos deje plenamente satisfechos es un objetivo imposible. Intentarlo puede convertirse en una fijación enfermiza. Ahí tenemos el fenómeno Ozempic o el auge imparable de las operaciones de cirugía estética, legales o ilegales. Quienes se operan siguen siendo mayoritariamente mujeres, pero las intervenciones empiezan a ser habituales también entre hombres. Y según algunas fuentes, un porcentaje cercano al 10% son menores de edad, es decir, son operaciones consentidas y/o pagadas por los padres. Se ha frivolizado tanto con el tema que hasta se ofrecen operaciones como premio, o se sortean en concursos. Espejito, espejito, ¿quién es la más bella?
En la versión de los Grimm, el cuento termina con Blancanieves y el Príncipe siendo felices y comiendo perdices. La fórmula habitual. Pero en la boda Blancanieves reconoce a su perversa madrastra. El Príncipe –que ya es Rey para entonces– manda fabricar unos zapatos de hierro, ponerlos al rojo vivo y calzárselos a la Reina Malvada, para que, entre horribles dolores, baile frenéticamente hasta morir.
Los modernos espejos digitales también nos arrastran a un baile frenético. No nos calzan un hierro candente, ni les interesa limpiarnos el forro. Al contrario, se esfuerzan en mostrarnos su cara más amable y nos quieren vivitos y coleando. Pero también es frenético el baile al que nos someten. La red, a través de buscadores o de la inteligencia artificial, es el instrumento fundamental que usamos para decidir nuestras compras. Así que nos bombardean con publicidad personalizada, adaptada a las apetencias particulares de cada uno: últimas oportunidades, lo más vendido en…, lo que arrasa entre…, lo que no te puedes perder, las mejores ofertas… La ilusión –cada minuto, cada segundo– de ser los privilegiados que están en el ajo y las cazan al vuelo.
El consumo como puerta a la felicidad. Colgados del dispositivo en un baile sin fin. Atrapados por imágenes brillantes, por el vertiginoso paso de una pantalla a otra, por ideas que nos llegan resumidas en un flash. Una excitación superficial que exacerba la pulsión por comprar y nos impide pararnos a pensar. Tiempos epidémicos, de símbolos. Difícil mirar qué hay detrás.
¡Danzad, danzad, malditos!