
Cerraba otra puerta. Algo más quizás, porque estaba cortando el último hilo que punteaba, de alguna manera, mi vida al completo, desde el día en que nací hasta el presente. No quedaba ningún otro. Salvo la memoria, con sus claroscuros.
Me deshacía de la casa del pueblo, lo último que conservaba de la herencia de mis padres, un enorme caserón de dos pisos de altura -más la cámara diáfana bajo el tejado-, muros de adobe de casi un metro de espesor, cuadra, bodega subterránea y patio empedrado, situado en una calle céntrica del pueblo. Vivienda familiar y lugar de trabajo, testigo de un modo de vida antiguo en el que se fundían las labores del campo con la vida doméstica. Así lo pregonaban las tinajas de vino y aceite que ocupaban la bodega, la cámara dónde se almacenaba el grano, la cuadra de las caballerías, o el tinado para el ganado. Unos tiempos bien distintos, y no tan lejanos como ahora nos parece, en los que se acostumbraba a reunir bajo el mismo techo varias generaciones o ramas del mismo clan. Añadidos irregulares, repartos de herencias, búsqueda de espacios propios o enfrentamientos habían convertido el caserón en un intrincado laberinto: dos escaleras independientes que partían de costados opuestos, un par de cocinas separadas, tabiques levantados por aquí y por allá cerrando espacios de formas inverosímiles…
Un laberinto que en los veranos de mi niñez me parecía cargado de misterios. Los viejos muebles de madera oscura ocultos bajo sábanas que había que retirar antes de usarlos; la luz escasa que permitían los ventanucos, pensados para defenderse del ardor veraniego y del invierno helado; las estancias que permanecían cerradas bajo llave buena parte del año y que solo se podían abrir -y no siempre- con el estricto permiso de los mayores; los quejidos lastimeros que surgían de quién sabe dónde, en un edificio de madera castigada por el peso de los años…
De niño, me fascinaba adentrarme en sus tinieblas. Lo hacía en cuanto encontraba la ocasión, en solitario, con un nudo en la garganta y lagartijas en el estómago. El placer de la exploración mezclado con el terror a ser abducido por algún viejo fantasma de los que, estaba convencido, surgirían de cualquier rincón oscuro.
Fueron pasando los años. De la infancia a la adolescencia, luego la juventud, después el salto a la madurez… Ahora… ahora es todavía más tarde.
Con el tiempo, mis visitas se espaciaron. La vida me fue arrastrando de acá para allá, de ciudad en ciudad, de un lugar a otro. Explorando el mundo, como de pequeño con la casa del pueblo.
En más de una ocasión, en épocas y coyunturas distintas, me prometí mayor estabilidad, asentarme, clavar los pies en la tierra. Nunca llegué a hacerlo. Ni siquiera en los años en los que creí haber encontrado una buena razón para ello. Echarle la culpa a mi oficio sería sencillo, pero no sé si justo: otros periodistas se las han ingeniado para vivir de manera muy diferente.
De acá para allá, obligado a moverme ligero de equipaje. Sin haberlo previsto, y mucho menos planeado, la casa del pueblo se fue convirtiendo en el depósito donde apilaba todo aquello que no podía transportar conmigo pero que sentía valioso y de lo que no me decidía a prescindir definitivamente. Las distintas mareas de mi vida fueron arrastrando hacia allí objetos de todas y cada una de ellas, completando una especie de cuadro impresionista, unas pinceladas nerviosas que daban cuenta de mis pasos. En el pueblo acabaron centenares de libros y discos, un montón de ropas de variados estilos y épocas, unos cuantos muebles, un par de radios antiguas, un tocadiscos de plato… El caserón, el almacén de la memoria.
Ahora había llegado el momento de cerrar definitivamente la puerta. Hoy mismo tenía que entregar las llaves al comprador.
Cerrar. Cerrar por fuera y perder para siempre de vista la casa, el frágil hilo que me ligaba al pasado campesino de mi familia o a los años de mi infancia. Abandonar también cientos de objetos que habían sido valiosos para mí en distintos momentos. En adelante no tendría dónde guardarlos. Me resistía a tirarlos: que decidiera el comprador.
Me detuve en un viejo arcón. Una punzada de nostalgia. Se almacenaban en él varios centenares de discos antiguos de vinilo, anteriores al reinado efímero del CD, antepasados lejanos de los formatos digitales o de la red como fuente directa de música.
No pude resistirme a hurgar entre el material. Aunque conservaba todo aquello en digital, los originales contaban con la magia antigua de las portadas, la música tomaba cuerpo en soportes con peso y volumen… Los discos se podían tocar, oler, acariciar… Un montón de elepés de diferentes estilos, desde los -en su momento- más rompedores al pop melódico, del jazz a los cantautores, de la música clásica al mestizaje del flamenco con el punk… Cada disco guardaba su historia, me hablaba de tiempos y hechos lejanos, de las gentes que me acompañaron y a las que quise o sigo queriendo, de viejas sensaciones, de momentos especiales… la ilusión de poder recuperar una parte, aunque fuera mínima, del pasado.
Casi en el fondo del arcón di con el viejo single agrupado junto a otros de dimensiones similares. En las cuatro esquinas de la funda, de un tono amarillento decolorado por los años, figuraban escritos en negro los nombres del cantante y de la cara A : Cat Stevens, Wild World.
Y en el reverso de la portada, escrita a mano con letra redondeada y un punto infantil, la frase y la firma: Acuérdate de mí, Toñi. Los brazos de la T acababan en una especie de volutas y un círculo hacía la función de punto encima de la i.
Acuérdate de mí. Y tantos y tantos años después, atravesando el océano inmenso de décadas de olvido, la botella con el mensaje había alcanzado la playa, se había posado en la arena y llamado la atención del destinatario hasta conseguir que lo leyera.
Cabría interpretar que había cerrado el círculo y logrado su objetivo: volvía a acordarme de Toñi. Su imagen de aquella época -no la del presente, claro, esa la desconocía- se encendía de nuevo en mi memoria, nítida, a salvo de la erosión del tiempo. Toñi, los lejanos años de mi adolescencia, los viejos amigos… La dedicatoria vencía al olvido, lograba disipar la niebla que el paso de los años acumula sobre cualquier hecho que no volvemos a traer a ningún otro presente.
Aunque, puesto a ser riguroso, lo que en realidad había alcanzado era su objetivo aparente, el que se deduce de una lectura textual. Porque cuando escribimos acuérdate de mí no nos limitamos a conjurar al recuerdo, no pedimos únicamente permanecer en la memoria de la persona a la que nos dirigimos. Estamos reclamando también su afecto, su atención preferente… jamás olvidamos aquello que ha sido importante o decisivo en nuestras vidas. Quien nos lanza un acuérdate de mí nos está pidiendo -puede que hasta exigiendo- un lugar principal en nuestros corazones.
Cat Stevens, Wild World. Un canto de despedida, la chica que se marcha buscando algo nuevo, el chico que se queda hecho polvo, con el corazón destrozado, y que, a pesar de todo, le desea lo mejor en ese mundo salvaje al que se va a enfrentar. Que se cuide, porque muchas cosas bonitas se vuelven malas ahí fuera. Viejas y tópicas canciones de amor -de desamor, más bien-, historias que se han contado mil veces, pero que pueden llegar a tocar fibra si las escuchas en el momento propicio.
Yo también me marché. Dejé mi ciudad y me fui a estudiar a otra. Una ausencia que se suponía temporal, pero que acabó siendo definitiva. Aunque regresé en vacaciones y por alguna que otra temporada, jamás volví a residir establemente en ella.
Es curioso darse cuenta, tantos años más tarde, de cómo vivimos las cosas en el momento en que sucedieron. Cuando Toñi me regaló el disco, no le di mayor trascendencia a la dedicatoria. Seguramente esa es la razón por la que aquello se me olvidó por completo. Me limité a darle las gracias. Lo interpreté como el obsequio de una amiga a un amigo que se marcha. Sin más. Nuestras relaciones se mantenían dentro del grupo, de la cuadrilla. Ni se me pasó por la imaginación que Toñi quisiera ir más lejos. Interpreté su acuérdate de mí literalmente. ¿Tan ingenuos éramos en la adolescencia? ¿Lo era yo, al menos?
Lo cierto -la historia real, lo que de verdad ocurrió- es que, a las pocas semanas de haberme marchado, Toñi comenzó a salir con uno de mis mejores amigos. Así que, bueno… habría sido un impulso momentáneo, nada demasiado serio, el anuncio de una ausencia de la que se recela, de la que se prevé mucha más carga de dolor que la que nos traerá de verdad. Seguro que Toñi, si alguna vez llegó a recordar aquel acuérdate de mí que había escrito una vez en la contraportada de un disco de Cat Stevens, sentiría sobre todo vergüenza al hacerlo. Seguro que le habría costado más olvidar aquel resbalón, aquella ingenua metedura de pata, que al adolescente de la dedicatoria.
La adolescencia. Tiempos supuestamente felices. La inquietud de cada día. Las noches de aquel verano, vencido el fuego del sol, cuando aprovechábamos el paréntesis de frescor para reunirnos con los amigos. Los tiempos de Cat Stevens y su Wild World. Los encuentros en la terraza junto al río, rock y música melódica en el tocadiscos, un punto de alcohol… La espera, la espera de algo indefinido, quebradizo. Aunque no alcanzásemos a precisar sus contornos, estábamos completamente convencidos de que llegaría y de que sería trascendental. Un suceso mágico que señalaría un antes y un después en nuestras vidas.
Luego, con la luz del día, el hechizo adelgazaba hasta casi desvanecerse, pero jamás desaparecía del todo. Un sordo desasosiego persistía para, a las pocas horas, volver a crecer y ensancharse con la noche. Allí seguía, palpitando entre nosotros, semana tras semana, mes tras mes… Así fueron las cosas hasta que la edad dobló la esquina, nos dio el empujón decisivo, y nos vimos, con sorpresa, en otra etapa distinta. Más maduros, nos decían.
Recuerdos llaman a recuerdos. Tiras de uno y salen otros entrelazados. A esto me había conducido el acuérdate de mí, a un soplo de la sensación de encantamiento de aquellos años.
Cerré el arcón. Adiós a todo. También cerraba esta etapa. Soltaba lastre. Siempre se puede prescindir de las cosas, devolver a la tierra lo que de ella hemos recibido. No iba a llevarme nada. Mejor viajar sin que pese el equipaje, sin que nos impida movernos con agilidad.
Wild World, un mundo salvaje, bien lo sabía yo. Lo había aprendido a la fuerza. Había conocido, registrado y contado la despiadada violencia que reina aquí y allá. La había visto explotar hasta levantar tsunamis de sangre en ciertos lugares y momentos. Las viejas maldiciones de la historia. O la incapacidad humana para liberarse de las ataduras de la noria y escapar de los trágicos destinos.
¿Adónde me mandarían ahora? Tenía experiencia. Había trabajado ya en varios de esos puntos desdichados por los que la humanidad se desangra. Había visto amontonarse los cadáveres hasta contarlos por miles. Había conocido el dolor de las gentes llorando a sus muertos junto al pánico que empuja a sobrevivir al precio que sea. Sí, a cualquier precio, de esa pasta estamos hechos. ¿Y qué valor cabe darle a la vida ajena en esas circunstancias? Morían periodistas en todos aquellos lugares, por decenas en algunos de ellos. Ya conocía el percal.
Salí del viejo caserón. Cerré la puerta. Me senté en la plaza, muy cerca de la fuente, escuchando el borboteo del agua. Saqué el móvil. Respiré profundo y escribí en él: acuérdate de mí.
Me quedé pensativo un buen rato. Acuérdate de mí. No supe cómo seguir. Después de una vida tan larga, aún no tenía claro a quién podría mandarle el mensaje.
O si sería buena idea enviarlo.
