
Salomón, según la mayoría de expertos, fue un rey israelita del siglo X antes de Cristo, un personaje histórico. Además de aparecer en la Biblia, la Torá o el Corán, se han encontrado restos arqueológicos que confirmarían su existencia. Así será, los historiadores sabrán.
Harina de otro costal es si en verdad fue tan sabio, justo y poderoso como nos lo pintan. Porque, con el paso de los años, es habitual que la historia -especialmente la antigua- se reescriba, se recree, y vaya engordando con añadidos dudosos hasta transformarse en mitología. Así que puede haber un enorme trecho entre la realidad histórica de la persona y lo que, muchos siglos después, se escribió sobre el personaje.
La anécdota más conocida del rey Salomón -la que se suele esgrimir como prueba irrefutable de su sabiduría- es la de las dos madres que reclaman a un mismo niño como su hijo. Os refresco la memoria, por si acaso:
Dos madres recientes se presentaron ante el rey Salomón pidiendo justicia. Una de ellas, mientras dormía y sin querer, había ahogado a su crío. Ambas sostenían que el vivo era el suyo, y el muerto, el de la otra.
El rey propuso un reparto aparentemente equitativo: mandó traer una espada y ordenó que partieran en dos al niño vivo y que dieran la mitad a cada una.
Entonces, una de las madres, llorando estremecida, suplicó al rey que no lo matara, que renunciaba al niño, que consentía que se lo dieran a la otra.
La segunda madre, por el contrario, dio por bueno el reparto.
Al ver sus reacciones, el rey Salomón dictó sentencia de inmediato: dadle el niño vivo a la primera, ella es su verdadera madre.
Cuando de pequeño escuchaba la historia, me dejaba pasmado la absoluta seguridad con la que Salomón emitía su juicio. ¿Tenía alguna prueba? ¿Acaso era tan evidente? A mí, desde luego, no me lo parecía. Y tampoco me lo parece ahora.
A la madre verdadera la denominaríamos hoy en día madre biológica. Y despejaríamos cualquier duda al respecto analizando los ADN. En tiempos del rey Salomón no existía ese recurso, por supuesto, pero comparar el parecido físico de la criatura con las dos mujeres hubiera sido una vía -aunque no concluyente- ligada a la biología. El monarca, sin embargo, toma su decisión basándose en palabras. Y las palabras pueden servir tanto para decir la verdad como para ocultarla.
De las palabras de las dos madres -salidas del corazón, se supone- se trasluce que el futuro de la criatura solo le preocupa a una de ellas. Es altruista, prioriza la vida del niño a su propia felicidad, la defiende aunque lleve aparejado el inmenso dolor de tener que cedérselo a la otra. ¿Pero esa generosidad, esa renuncia a la posesión, significa necesariamente que sea la madre biológica? ¿No pueden existir madres biológicas tan posesivas que prefieran ver a su hijo muerto antes que abandonarlo en manos ajenas? ¿Y no es posible que sea justamente la otra mujer la que, por arrepentimiento o por piedad, haya reculado?
Sin ir más lejos, en la obra de Bertolt Brecht El círculo de tiza caucasiano -basada, según dicen, en otra del chino Li Xingdao- se cuenta una historia similar, pero de desenlace distinto: demuestra merecer al niño, por amarlo más, la que no es su madre biológica. Y es que ningún derecho de sangre está por encima de los méritos de cada cual. Hay multitud de madres y padres verdaderos que no lo son biológicos.
Méritos, herencias históricas o de sangre… la disputa sobre lo verdadero también está presente en las polémicas de las izquierdas. El reclamo de la autenticidad. La ambición de quedarse con la criatura. El prurito de ser los únicos justos. La imposible discusión sobre etiquetas, sin que se nos explique con claridad qué contiene cada una.
Hay izquierdas tan posesivas que actúan como si su presencia lo justificase todo y como si nada pudiera ser recto en su ausencia. Hay sectores que parecen preferir el sacrificio de la criatura antes de verla en otras manos. Escucho sus palabras airadas, pero ignoro sus razones de fondo: no sé si creen que, de llegar a consumarse el desastre, ellos se convertirían en la única alternativa. O que a su grupo le iría mejor, al menos. Recuerdo a los espíritus puros que afirmaban que Biden y Trump eran lo mismo.
A estas alturas, no pretendo convencer a nadie. En el juicio de Salomón -y en la obra de Bertolt Brecht es parecido- consideran madre verdadera y mejor alternativa para criar al pequeño a la compasiva, a la que pone por delante la vida del niño, a la que está dispuesta a sacrificarse por él incluso renunciando a su tutela. Cada cual sabrá si comparte o no el juicio.
Aunque, por desgracia, el de la política no parece ser el terreno más propicio para que florezcan en él la generosidad y el altruismo.
Vicente Huici Urmeneta, un amigo, acaba de publicar 1978 -un libro de memoria, historia y relato sobre un año tan agitado y decisivo- en la editorial PAMIELA.
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