Los plátanos y las inercias del pasado

El famoso experimento de los monos y las bananas se atribuye al psicólogo social G. R. Stephenson en la década de 1960, pero la mayoría de fuentes que he consultado sostienen que solo fue un ejemplo que puso para ilustrar sus teorías y destacan que, en todo caso, no estaría bien justificado científicamente.

Así será, pero como tiene su interés -y hasta su gracia-, lo resumo para quienes no lo conozcan:

Unos científicos metieron a cinco monos en una jaula. En la mitad de la misma colocaron una buena cantidad de plátanos encima de una escalera. Una oferta tentadora. Pero cada vez que algún simio intentaba subir por la escalera para hacerse con los plátanos, todos recibían un buen chorro de agua helada. No tardaron en establecer una relación causa-efecto, y cuando cualquiera de ellos trataba de trepar para alcanzar los plátanos, el resto del grupo lo impedía, proporcionándole una buena tunda. La ceremonia se repitió una y otra vez, hasta que los cinco monos -hartos de recibir palizas y no pillar ni un plátano- se resignaron y renunciaron a intentarlo.

Entonces empezó la segunda fase. Los científicos sustituyeron a uno de los monos. Nada más entrar, lo primero que hizo el nuevo fue tratar de llegar a los plátanos. Sin que recibieran agua helada, los demás se abalanzaron inmediatamente sobre él y le obligaron a bajar de la escalera a base de golpes. Tras recibir varias palizas, el nuevo mono dejó de intentarlo. Un segundo mono fue sustituido y pasó lo mismo. Y los hechos se repitieron cuando reemplazaron al tercero, al cuarto y al quinto.

Al final del experimento, ninguno de los cinco monos que quedaban en la jaula había sufrido nunca el castigo del agua helada, pero seguían golpeando fieramente al que intentara subir a por los plátanos. Repetían el comportamiento aprendido, aunque ya no lo justificase ningún motivo real. Lo acostumbrado, los prejuicios… regían su conducta con tanta fuerza que renunciaban a los plátanos. Sin razones, simplemente porque aquí las cosas siempre han sido así.

Fábula, experimento sin rigor científico… En todo caso me parece una buena metáfora. La inercia del pasado nos empuja a repetir muchas veces actos, ceremonias, expresiones… sin plantearnos siquiera por qué lo hacemos.

No hablo de los automatismos y rutinas que facilitan nuestra vida cotidiana. Tener que pararnos a pensar hasta el menor de nuestros actos resultaría agotador.

Pero resulta que también actuamos en base a inercias y prejuicios ante grandes cuestiones o para tomar decisiones trascendentales. Tendemos a repetir lo que siempre se ha hecho aquí, lo que esperan de nosotros, lo que ha definido tradicionalmente a los nuestros… Nos aferramos a mitos, a ceremonias o a ritos tan gastados que, a veces, cuesta encontrarles significado.

El peso muerto del pasado marca nuestra existencia personal, pero más aún los terrenos colectivos, porque las evoluciones sociales son mucho más lentas y costosas. Y no digamos ya el mundo de la política, donde las diversas corrientes están obligadas a recurrir a etiquetas para identificarse, unificarse y diferenciarse.

Los monos no fueron capaces de pararse a pensar. No constataron que la realidad había cambiado. Siguieron aferrados a sus prejuicios. Se quedaron sin plátanos porque aquí las cosas siempre han sido así.

Usar la cabeza no parece tan sencillo. Tampoco para los humanos. El ideal ilustrado de pensar por uno mismo, de someterlo todo a la luz de la razón y al contraste con la realidad, no ha pasado nunca de ser una utopía, un objetivo muy difícil de alcanzar.

Hoy en día, hasta parece dudoso que estemos avanzando en esa dirección. Y no solo porque Kant, la Ilustración y la razón estén en entredicho, señalados por ciertas corrientes como exponentes de la cultura occidental y colonialista. En muchos y diferentes aspectos va ganando terreno lo irracional, lo subjetivo, lo sesgado… Cualquier bobada -entre ellas afirmaciones peligrosas- se coloca al mismo nivel que datos contrastados, porque es mi opinión, tan respetable como la tuya.

Entre las generaciones más jóvenes, por poner un solo ejemplo, vuelve a crecer la identificación con regímenes represivos, criminales, que han causado millones de muertos… Incomparablemente peores que recibir un chorrazo de agua helada.

¿Somos incapaces de aprender algo de la historia? ¿Tenemos que resignarnos a la inercia de que aquí las cosas siempre han sido así?

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