
Los fuertes frente a los débiles. Los principios éticos. La justicia. La violencia y la guerra, las razones o sinrazones que se esgrimen para recurrir a ellas… Temas de rabiosa actualidad, pero a los que se les ha dado mil vueltas a lo largo de la historia.
Diversos autores, tratando de llegar a un público más amplio, recurrieron a las fábulas para reflexionar sobre ellos. Es el caso de Esopo. Hace veintisiete siglos, nada más y nada menos, escribió la fábula del lobo y el cordero:
Un lobo miraba a un cordero beber en el arroyo y se le despertó el apetito.
Como deseaba comérselo, lo acusó de enturbiarle el agua y de que, al hacerlo, el muy malvado le impedía beber.
El cordero, sorprendido, le explicó que eso era imposible, porque él estaba aguas abajo y el lobo bebía aguas arriba.
Con un gruñido, el lobo buscó de inmediato otro pretexto:
-El año pasado injuriaste a mis padres -le acusó.
-¡Pero si en aquel entonces ni siquiera había nacido! -protestó el cordero.
El lobo, irritado, puso fin a la conversación:
-¡Basta! Da igual lo que digas. No te dejaré ir. Vas a ser mi cena.
Un montón de siglos más tarde -y a diferencia del lobo de la fábula- los poderosos confiesan sus intenciones con descarnada claridad. Vivimos tiempos salvajes en los que ni siquiera se sienten obligados a cuidar las formas o a buscar justificaciones -más o menos creíbles- para sus actos.
Trump, tras la operación militar en Venezuela, dijo -sin que se le moviera un solo pelo del tupé- que lo que necesitamos de Delcy Rodríguez es acceso total. Acceso total al petróleo y a otras cosas en el país que nos permitan reconstruirlo. Y añadió poco después: Me complace anunciar que las Autoridades Provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad y autorizado a los Estados Unidos.
Su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, aprovechando la ola del éxito de la intervención y trasplantándola a otros territorios, afirmó que utilizar al Ejército estadounidense (para hacerse con Groenlandia) es siempre una opción a disposición del comandante en jefe.
Stephen Miller, uno de los principales asesores de Trump, no se quedó a la zaga. Empezó defendiendo que el gobierno de Trump podría apoderarse de Groenlandia si quisiera: Nadie va a enfrentarse militarmente a Estados Unidos por el futuro de Groenlandia. Y remató sus palabras colocando sus posiciones ideológicas en un marco global: Vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos.
Una línea de pensamiento, por cierto, muy similar a la de Putin, cuando afirmó: nosotros tenemos una vieja regla, no es un proverbio ni una parábola. Allí donde pisa un soldado ruso es nuestro.
Según muchos comentaristas, esa franqueza descarnada sería de agradecer. Bueno, es evidente que nos evita perder el tiempo en especulaciones, en tratar de encontrar lo que de verdad ocultan tras las florituras verbales. Pero esa sinceridad brutal presenta también aristas terribles.
En la fábula de Esopo, el lobo tiene tomada desde el principio la decisión de comerse al cordero. Y, sin embargo, se toma la molestia de intentar argumentarla, de fundamentarla en motivos y razones, de tratar de justificarla.
¿Por qué actúa de esa manera? En la escena no se está dirigiendo a ningún juez ni testigo, están ellos solos. Cabe concluir que pretende una suerte de autoengaño. Busca blanquear ante su propia conciencia el acto violento que se dispone a realizar.
Pero al obrar de ese modo está reconociendo implícitamente que lo que va a hacer es injusto. Va a actuar conforme a sus intereses de parte -por supuesto-, pero acepta que eso supone vulnerar valores morales superiores. Los infringe, se los salta a la torera, pero con sus justificaciones los está admitiendo.
En ese sentido, la fábula entronca con muchos siglos de evolución de la humanidad, de rechazo del poder de la fuerza bruta como único argumento.
Montesquieu, siglos después, defendió la separación de poderes argumentando que todo hombre que tiene poder se inclina por abusar del mismo; va hasta que encuentra límites. Para que no se pueda abusar de este, hace falta disponer las cosas de tal forma que el poder detenga al poder.
O la Carta de las Naciones Unidas, que pretendió limitar el uso de la fuerza, prohibiendo las amenazas o su uso contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. El estado más fuerte no tiene derecho a abusar del más débil. Se rechaza esa posibilidad como manifiestamente injusta y se coloca a quien lo haga fuera de los límites del derecho internacional.
Y ahora, en pleno siglo XXI, los modernos autócratas no se molestan en tratar de encajar sus actos en valores morales o en principios de derecho. Dejan de lado siglos y siglos de civilización, de debates, de intentos de regular las relaciones entre los ciudadanos y en la esfera internacional.
Proclaman con total desvergüenza que su interés -el único- se reduce al dinero. Defienden el derecho del más fuerte a apoderarse de todo aquello que le convenga y la obligación del débil de someterse a sus pretensiones. Para ellos el poder se materializa en un puñado de directivos de multinacionales repartiéndose los frutos del saqueo tras la operación militar.
Y, sin embargo, la riqueza de los pueblos es frágil cuando está basada en los cañones y la rapiña. Basta con analizar la historia para comprobar que depende, en mucha mayor medida, de la creatividad, de la investigación, de los desarrollos tecnológicos, de la cultura de la población, de los aprendizajes, de la cooperación, de los lazos solidarios, de los acuerdos con mutuo beneficio entre diferentes, de las ayudas recíprocas…
Entender la paz como el sometimiento del débil ante el poderoso conduciría a un mundo sumamente inestable. Sobre ese principio se irían acumulando odios y rencores que, más tarde o más temprano, acabarían por explotar. Por el contrario, una paz sólida y duradera solo puede asentarse sobre el respeto entre grupos humanos y naciones, sobre la convivencia, la democracia, la igualdad, el respeto a unas reglas reconocidas por las partes…
El uso descarnado de la fuerza que proponen nos empuja a terrenos peligrosos, porque -de aceptar su premisa- la única respuesta posible para no ser sometidos sería responder también por medio de la fuerza.
Desde su atalaya de poder, tienen la ilusión de que el desarrollo de la tecnología militar les va a permitir repartir mamporros desde lejos, sin mancharse las manos pisando los territorios en conflicto. La intervención a distancia puede servir para chantajear, pero difícilmente para tomar el control real de los países. En este punto, Putin es mucho más realista cuando afirma que para que un territorio sea suyo debe pisarlo un soldado ruso.
Claro que pisar el terreno supone empezar a contar bajas en las propias filas. Y, a lo largo de la historia, han sido numerosas las ocasiones en las que el más débil en apariencia ha acabado por derrotar al poderoso. Eso sí, pagando todas las partes un alto precio de sangre y dolor. ¿A ese futuro nos empujan?
En épocas pasadas, ciertos dirigentes políticos trataban de blanquear sus actos con discursos tramposos. Buscaban pretextos que justificaran sus actos. Sus pretendidos argumentos trataban de encajarlos en lo que universalmente se juzgaba justo. De ese modo, aceptaban lo que debería ser, aunque ellos mismos no lo respetaran. Daban por bueno que podría haber un horizonte mejor: haz lo que digo, no lo que hago.
¡Qué tiempos los presentes, en los que acabaremos echando de menos la hipocresía de los poderosos!