
En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales portuguesas, como pronosticaban las encuestas, el candidato socialista, António José Seguro, se ha impuesto a André Ventura, fundador y líder supremo de la ultraderechista Chega.A falta de escasas papeletas por escrutar, el 66,82% de los votos han sido para Seguro y el 33,18% para Ventura. 3.482.473 sufragios frente a 1.729.381. Una victoria clara, inapelable, de eso no cabe duda.
Pero 1.729.381 votos son muchos votos. Ha conseguido el de uno de cada tres votantes. Demasiados, cuando la propuesta es tan extrema. Así que los números siguen dando motivos de preocupación. La ola ultraderechista continúa batiendo Europa, el mundo entero en realidad. ¿Cómo se explica ese auge? ¿En torno a qué prácticas y postulados se articula?
Detenerse en el personaje de André Ventura ayuda a ilustrar lo que está pasando. El candidato de Chega es de esos que afirma no tener pelos en la lengua y representar a una derecha sin complejos. Para sus seguidores, un valiente que suelta verdades como puños. Para el resto, un demagogo, un bocazas.
Sus eslóganes en esta campaña resumen con precisión las ideas fuerza y las tácticas que ha venido utilizando para impulsarse como un cohete en la arena política portuguesa: esto no es Bangladesh; los portugueses primero; los emigrantes no pueden vivir de subsidios; los gitanos tienen que cumplir la ley…
Estas consignas tienen dos niveles diferentes de lectura. El primero, el estrictamente literal, sirve de envoltorio, de camuflaje. El segundo, lo que dicen sin decirlo, es el verdadero mensaje.
Es evidente que Portugal no es Bangladesh. Ni Hawai, ni la Costa Azul, ni… La aclaración roza lo ridículo en boca de un candidato a presidente que debería conocer su propio país. Que los gitanos -y los payos, los lisboetas o los turistas- tienen que cumplir la ley es otra obviedad. Como también lo es que si la mayoría de la población viviera de subsidios -sean de donde sean los que los perciben- la sociedad sería difícilmente sostenible. La afirmación de los portugueses primero resulta más oscura si no nos aclaran en qué serían los primeros, en dónde, para qué, conforme a qué requisitos… En cualquier caso, la realidad de las cosas es que la plenitud de derechos -el derecho a voto suele ser el último peldaño- va unida en todas las legislaciones a la ciudadanía y que en ningún caso se le regala al primero que pasaba por allí.
Lo peligroso es que tras ese puñado de obviedades se están difundiendo doctrinas muy agresivas. Sin decirlo explícitamente, se apunta que los emigrantes viven de subsidios, que a los gitanos se les exime de cumplir la ley o que la emigración está robando los recursos a los auténticos portugueses. Se apunta -y se dispara- contra esos colectivos. Se les convierte en chivo expiatorio de los males sociales.
El uso y abuso de obviedades es consciente. Sirve para jugar con ventaja en el debate social. La propia campaña nos ha dado ejemplos. Atendiendo a la denuncia de seis ciudadanos, la justicia ordenó a Chega la retirada inmediata de los carteles contra los gitanos por su significado implícito discriminatorio. La respuesta de Chega y de Ventura fue la esperable: escandalizarse por la censura, ampararse en la libertad de expresión, mostrar asombro por que no se pueda recordar públicamente que todos estamos obligados a cumplir la ley, presentarse como paladines de una igualdad que no admite excepciones… Lo han denunciado como otra prueba más de la persecución que sufren los patriotas a manos de las élites corruptas.
Y es que la política de la provocación es tramposa: o gano yo, o pierdes tú. Si cuela, polarizo la campaña y me presento como el defensor de verdades elementales que nadie más se atreve a decir en voz alta. Si la suspenden, me pongo la careta de víctima y gano protagonismo. Las aparentes obviedades de la ultraderecha son otra cristalización de la banalidad del mal.
Las derechas extremas europeas, americanas o mundiales se articulan fundamentalmente en torno al objetivo de salvar a la nación. Salvarla de la decadencia o de su desaparición y destrucción definitiva. Lo propio se convierte en sinónimo del bien; lo ajeno –lo extranjero-, del mal. Por eso ven la emigración como una grave amenaza.
Si escarbásemos un poco en el concepto y la historia de lo propio –esas costumbres, tradiciones y características que consideramos generalmente como nuestras-, comprobaríamosque, en una aplastante mayoría de los casos, fueron importadas en épocas más o menos lejanas. Y que entre lo propio y lo ajeno hay todo un tejido de relaciones que muchas veces hace difícil separarlos. El conocimiento y progreso humanos han ido sumando elementos de todas las procedencias posibles. Por su valor, sin tener demasiado en cuenta de dónde vienen.
Pero, bueno: eso importa poco, son florituras intelectuales. Hay que limpiar Portugal, hay que salvarlo, esto no es Bangladesh. Hay que salvar y limpiar cada una de las patrias a lo largo y ancho del mundo. Ellos -las élites, la casta- son la corrupción con la que hay que acabar. Nosotros -el pueblo llano, la gente sencilla- estamos llamados a esa gloriosa misión. El líder nos guiará. Y con esta demagogia populista se están convirtiendo, en numerosos países, en la corriente principal de las derechas. La derecha civilizada empieza a ser un anacronismo.
La bola ha ido creciendo tanto que parece difícil detenerla. Imposible, me parece a mí, sin entrar a fondo en todos y cada uno de los debates que proponen. A estas alturas, sirve de poco negarse a discutir con ellos, o recurrir al tan repetido argumento de que abordar tal o cual tema es aceptar el marco conceptual de la ultraderecha. Tampoco valen los simples discursos morales. No queda más remedio que, como proponía Machado, escuchar las razones del diablo y discutirlas una por una. Analizarlas, contrastarlas con datos. Tratar de comprender qué se esconde tras el voto extremo de sectores de la población que no son, ni mucho menos, privilegiados. La política consiste en actuar sobre la realidad, en implementar políticas coherentes que la mejoren. Una labor compleja, no vale la brocha gorda.
Y hacerlo conociendo de antemano las dificultades. La desigualdad ha ido creciendo en nuestras sociedades al ritmo en que los poderosos han ido reduciendo los impuestos que pagan y se ha ido debilitando el estado del bienestar. Y el terreno de juego principal -las redes sociales, internet- es un territorio salvaje, propiedad de tecnobros que son parte interesada en el resurgimiento de los nacionalismos extremos. Buscan fragmentar el mundo, evitar que surjan poderes públicos con el suficiente peso internacional para poder poner límites a su voracidad.
En esas estamos.