
El uso del burka y del niqab en espacios públicos ha vuelto a la primera línea del debate político. Y, a juzgar por los numerosos y enconados comentarios que suscita, también del debate social. La discusión está en la calle.
Escucho los argumentos de unos y otros. En general -hay excepciones, claro- me satisfacen poco. Abunda la brocha gorda. No sé si es la polarización política, las redes sociales o que el cerebro humano funciona así, pero las opiniones -la gran mayoría- son rotundas: todo el mundo parece tenerlo clarísimo. Nadie plantea dudas, como si tenerlas fuera pecado o hacer el juego al enemigo. Apenas hay matices. No se diferencia entre fondos y formas, entre aceptar algo a regañadientes y darlo por bueno. La tendencia a prohibir todo aquello que no nos gusta viene de lejos…
La ultraderecha viene cargando sobre la inmigración en general y la musulmana en particular la mayoría de los males sociales. Así que cuando arremete contra burkas o niqabs es difícil no ver en sus palabras otro instrumento de esa política.
Pero no es casualidad que hayan elegido este terreno para la confrontación: es un tema incómodo para la izquierda, para ciertos sectores en particular. Corren el peligro de acabar aceptando la subordinación femenina por motivos identitarios y de transigir con la opresión en nombre de la excepción cultural. O de parecer que lo hacen, lo que, en estos tiempos tan marcados por la simpleza y los símbolos, viene a ser lo mismo.
El argumento más repetido a favor del uso de todo tipo de velos islámicos en espacios públicos es el de la voluntariedad. Las mujeres musulmanas se los ponen cuando y porque quieren. Incluso, en algunos casos, añaden la protesta airada -de corte feminista- contra quienes pretenden hacer del cuerpo de la mujer un territorio colonizado, dictando y vigilando cómo deben vestirse.
Vale. La voluntariedad, aislada de cualquier otra consideración, admite poca discusión. Faltaría más.
Pero lo voluntario, por definición, no puede ser obligado. El argumento debería ir acompañado de la defensa explícita y pública de la libertad para no usar el velo. Porque es hipócrita denunciar cualquier limitación a su uso como un atentado contra la libertad individual y, a la vez, guardar silencio cuando se impone por la fuerza.
Habría que recordar, por exactitud, que la libertad de elección de la propia vestimenta está sujeta a limitaciones morales y sociales. En nuestras sociedades, por ejemplo, está prohibida la pública desnudez o vestirse de policía sin serlo.
Y que tras los vestidos hay presiones culturales y grupales. Elegimos libremente prendas o estilos que nos hacen encajar entre los nuestros. Las vestiduras nos identifican con nuestro tiempo, con nuestras sociedades, con los grupos de los que nos sentimos parte. Y el grupo, a su vez, nos presiona para que adoptemos su estilo, bajo la amenaza de repudiarnos o excluirnos.
Porque las vestimentas tienen un marcado carácter simbólico. Son una suerte de indicador de la época, del poder, de la riqueza, de la clase social, de la cultura… y también, de forma especialmente acusada, del género. Los ropajes femeninos han ido evolucionando conforme lo ha hecho el papel social de las mujeres. Ahora, muchas llevan los pantalones. Y los llevarán muchas más.
No en todas partes, no al mismo ritmo. En Afganistán, territorio del burka, las mujeres carecen casi de cualquier derecho. En el Golfo Pérsico, tierra del niqab, siguen a años luz de la igualdad. La utilización del hiyad ha ido creciendo en paralelo al incremento del peso de las corrientes integristas del islam, enemigas declaradas de la igualdad de género. La realidad y los símbolos.
Los velos son vestiduras exclusivamente femeninas. Para los hombres no hay limitaciones en la elección del vestido. La función del velo, y lo copio de un medio islámico, es proteger a las mujeres, defender su modestia y castidad. En algunos casos, ocultan los rostros; en todos, el cabello y los cuerpos. Son sueltos, opacos, diseñados para impedir que se aprecien las formas. Como si las mujeres -y su sexualidad- fueran un tesoro que hubiera que mantener oculto por pertenecer en exclusiva a sus maridos. Najat El Hachmi habla del hiyab en todas sus formas como una marca de misoginia.
¿Ayudaría a la libertad de esas mujeres la prohibición de burkas y niqabs en espacios públicos?
Para empezar, sería complicado tratar de delimitar lo que pretenden prohibir. Por la calle se ven túnicas variadas y distintas prendas que cubren cabeza o rostro. Cualquiera puede llevar la cara tapada con una mascarilla. Intentar regular las vestimentas desprende de por sí cierto aroma autoritario. Resolverlo por el método expeditivo de poner nombre -burkas y niqabs- a lo que se prohíbe, me parece entrar en el peligroso terreno del derecho penal de autor. Se corre el riesgo de socavar la libertad apelando a su defensa.
Por otra parte, sin necesidad de modificar ley alguna, el uso de burkas y niqabs está sujeto a límites. La autoridad tiene derecho a identificar, cuando sea necesario, a cualquier persona, se oculte bajo un pasamontañas o un velo. Y lo principal, lo de mayor peso: cualquier discriminación de la mujer está prohibida aquí por ley. Nadie puede decidir por ella, ni limitar sus libertades. Nadie.
A mí me resulta difícil de comprender que una mujer se resigne a salir a la calle recluida en una cárcel de tela. O que se bañe en el mar vestida de los pies a la cabeza, arrastrando pesados ropajes que una vez empapados… Pero, mientras ellas no exijan el cambio… Mientras no hagan explícito que es contra su voluntad…
Porque es imposible obligar a nadie a ser libre. La libertad no se puede imponer. Mantener secuestrado a alguien es delito, pero no lo es si es él quien decide vivir encerrado.
La subordinación de las mujeres afecta a esferas muy íntimas, parte de ámbitos domésticos y comunitarios. No hay avance posible si ellas no toman la palabra y el protagonismo. Se puede contribuir a romper su aislamiento social y facilitar su integración, poner medios para que conozcan sus derechos y cauces para la denuncia si creen que han sido vulnerados… Pero es imposible sustituirlas.
Los símbolos identitarios, los velos en este caso, no tienen una lectura única, ni nos envían un mensaje exacto y acabado. Son representaciones de cierta globalidad, una etiqueta que abarca numerosos apartados y vertientes, con espacios abiertos, contradictorios incluso.
Tratar la identidad -cualquier identidad- como si fuera algo estático, cerrado, unívoco y acabado nos impide ver los múltiples claroscuros de las realidades que engloba cada una. Las identidades son marcas simplificadoras. Y lo simple es más fácil de manipular.
Un buen ejemplo es la demonización del islam que hace la ultraderecha: lo nuestro y lo extranjero, nosotros y ellos, el catolicismo y el islam. Etiquetas, identidades sustituyendo y ocultando ideas. Porque resulta que, a la hora de la verdad, hay abundantes coincidencias entre los integristas cristianos y musulmanes en sus concepciones sobre la libertad sexual, la sumisión de las mujeres o -salvando las distancias- sobre cómo debería vestirse una mujer honesta.
En otro orden de cosas -sin ánimo de equiparación-, tampoco ayuda al debate de ideas la mirada paternalista y benevolente de otros sectores. No lo facilita pasar de puntillas sobre ciertos temas, porque son sus tradiciones, sus costumbres… porque es su identidad.
Hacer de la religión un componente fundamental de la identidad nacional es siempre peligroso. Mezclar religión y política, un cóctel explosivo. Regular la sociedad conforme a mandatos religiosos es el fin de la democracia. El laicismo, la igualdad de género, el derecho de cada cual a decidir sobre su propio cuerpo, la libertad sexual… son principios irrenunciables, conquistas de valor universal.
Y, en los tiempos que corren, más nos valdría defenderlos con uñas y dientes frente a los integrismos, sean cristianos, judíos, islamistas… o ateos.
[…] también si el debate surgido en algunas provincias del Imperio acerca de la pertinencia de permitir o no el uso de prendas significativamente islámicas forma parte del proceso de liberación femenina o responde a un uso maniqueo de legitimidades […]
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