
Una amiga me dice que va a construir un refugio subterráneo clandestino para que su hijo se esconda y no tenga que ir a la guerra. Otro amigo protesta al posponer una cena porque hay que vivir al día -¡carpe diem!-, que vaya usted a saber qué puede pasar en los tiempos venideros… ¡Joder, cómo andamos!
Vale, lo dicen medio en broma. Exagerar los miedos, caricaturizarlos, es una forma como otra cualquiera para intentar conjurarlos. Pero la preocupación parece generalizada. El temor está en la calle.
En un periódico local leo ¡en la sección de salud mental! los siguientes titulares: ¿Trump, Irán y Rusia te quitan el sueño? No eres el único. Se llama ansiedad nuclear… Ahí lo dejo. Desconfío de las fórmulas mágicas. Tampoco me interesa dormir a pierna suelta mientras llueven las bombas. Y seguro -digo yo- que no tienen la solución milagrosa para acabar definitivamente con las guerras. Ni para arreglar nuestras vidas, que parecería más sencillo.
En otro periódico, miro una viñeta del Roto: un dibujo del sistema solar en el que se ve cómo arde el planeta Tierra. ¿Chiste? ¿Constatación? ¿Premonición? Me acuerdo, en bucle, de lo de la ansiedad nuclear.
¿Estaré yo también poseído por la ansiedad nuclear? A falta de neuronas, tiro de chuleta. Echo una mirada a este blog. Lo escrito, escrito está. Desde que los tanques rusos invadieron Ucrania, he publicado cuatro entradas sobre esa guerra, otras cuatro -más genéricas- sobre las guerras, un par de poemas sobre Gaza y Palestina, otros tres de temas bélicos, seis o siete textos sobre Trump y sus políticas agresivas -uno de ellos, sobre su amistad con Putin-… hasta un chiste de humor negro con Zelenski y Trump de protagonistas. ¡Pues va a ser que sí! ¡Menuda obsesión!
Más allá de insomnios o ansiedades nucleares, lo cierto es que todos tratamos de entender qué está pasando. Buscamos palabras para interpretarlo, caminos para tratar de enderezar el rumbo. Como si fuera fácil.
Porque resulta que somos peatones de la historia -así nos bautizó Vazquez Montalbán-, ciudadanos del montón, y los peatones de la historia tenemos una capacidad muy limitada para influir sobre los grandes acontecimientos.
Bastante más se podría hacer desde la Unión Europea, pero, como viene siendo habitual, naufraga entre posiciones divergentes que arrastran a la pasividad. Diversidad de países, diferencias políticas… y la ultraderecha al acecho.
Ursula von der Leyen se ha descolgado declarando que Europa ya no puede ser guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y ya no volverá. ¡Lo que nos faltaba, viejo orden, nuevo orden! Siendo, como es, alemana, debería ser más cuidadosa al elegir los términos que utiliza. El Nuevo Orden fue la etiqueta bajo la que los nazis gobernaron sus dominios. ¡Qué mosqueo que vuelva la matraca de lo nuevo! Utilizar la fuerza bruta del poder al margen de cualquier norma no es precisamente muy novedoso, bastaría un vistazo a la historia para comprobarlo. Tiempos nuevos, tiempos salvajes, cantaba Ilegales. Tal vez la explicación de lo dicho por Von der Leyen sea que ha confundido las políticas de cuidados con mostrarse como una salvaje de cuidado.
Ya están aquí los perros de la guerra. Ladran, atacan sin avisar y muerden con fiereza. Buscan su botín, aprietan la mandíbula hasta quedarse con trozos de carne…
Y mientras tanto, los peatones de la historia intentamos explicarnos la sinrazón. O dar con razones que iluminen un presente oscuro. El barco navega a toda máquina en rumbo de colisión y tratamos de movernos, de hacer contrapeso, a ver si así lo rectificamos y esquivamos el impacto. Aunque, la verdad, con lo que pesamos…
No sé si servirá de mucho, seguro que no será decisivo, pero… ¡qué queréis que os diga!: cuando muerden los perros de la guerra, mejor perro Sánchez que perrillo faldero de Trump.
Mucho mejor.