Sumas y restas

La ruta era peligrosa, eso ya lo sabía, estaba obligado a recorrerla a diario y ya había sufrido varios asaltos. Pero no había alternativa, era el único camino posible. Subir hacia el monte, cruzar el río, atravesar la selva… Cubiertos los tres tramos, habría pasado el peligro, encontraría al fin ayuda y refugio. Hasta entonces… seguro que el enemigo estaría al acecho. Sortearlo, llegar a su destino con el tesoro intacto, ese era su objetivo. Tenía que estar atento, ojo avizor en cada recodo.

Pasó los pulgares por detrás de las correas de la mochila en la que cargaba el material escolar y llenó de aire los pulmones. Lo expulsó luego lentamente. Hoy sí, hoy lo conseguiría.

Para empezar, el sendero que conducía al monte, un terreno habitualmente apacible, por allí no acostumbraba a moverse la tribu enemiga. Estaba bien que fuera así, un poco de calma antes de enfrentarse a la tormenta.

Las calles, llanas al comienzo, se empinaban según se iba alejando del puerto. Las recorrió tranquilo, aunque, por si acaso, mirando una y otra vez hacia los costados.

Luego llegaba el río. Comenzaba el peligro. Por allí se solía esconder el enemigo. Para burlarlo, lo mejor sería dar un rodeo, esquivar la zona, alejarse del agua, pensó. Si le salía bien la jugada y salvaba el río sin incidentes, solo le faltaría cruzar la espesa vegetación que rodeaba el refugio. Y ese era un territorio agreste, en el que, si se movía con tino, podría incluso esconderse y no ser visto. Pasada la selva, encontraría la protección de tribus amigas. Eran mucho más poderosas que sus perseguidores, allí estaría a salvo.

En lugar de atravesar la plazuela de la fuente de los cuatro caños, Sebas se desvió por una calle anterior y torció luego por otra, paralela a su ruta habitual. Había dejado atrás la plaza y respiraba más calmado cuando se topó de frente con ellos: ¡maldición! ¡las ratas caníbales!

El Dani, Ruiz y el Dientes estaban sentados en escalones de piedra, bajo unos soportales. Los tres se levantaron nada más verlo, en un movimiento automático, sincronizado. Le cortaban la calle, no había escapatoria.

Como era habitual, el Dientes llevó la voz cantante:

-¡Hola Sardinilla, muy buenos días! ¡Buenos días tenga usted!

El Dani y Ruiz le rieron la gracia, serviles.

Sebas estaba orgulloso de su abuelo el Sardina, el mejor pescador del pueblo -decían-, toda la vida en el oficio. Lo que le molestaba de aquel Sardinilla jocoso era que también encajaba -no sabía si casual o intencionadamente- con su cuerpo escuálido, su delgadez extrema, con esos nervios incontrolables que no le permitían parar un segundo quieto.

-Vamos a ver -continuó el Dientes-, a ver qué nos has traído hoy.

Dientes de rata. De rata rabiosa. La sonrisa burlona le hacía aún más repugnante, pensó Sebas. Les daría el cebo, el cebo envenenado. Lo había preparado cuidadosamente en su laboratorio secreto. La dosis bastaría para llevar al otro barrio a un elefante. De sobra para los tres. ¡Adiós, Dientes! ¡Hasta nunca, Dani, estúpido payaso sin gracia! ¡Y tú, Ruiz, siempre fuiste un inútil, un segundón, nadie te echará de menos! ¡Se acabó la tribu de las Ratas Caníbales! ¡Borrada para siempre de la faz de la tierra!

Sebas, resignado, abrió la mochila. El bocadillo era hoy de chorizo. La fruta, una naranja. Y, envuelto en papel albal, su tesoro más preciado: un buen pedazo del bizcocho de nata de su madre. Sacó de la mochila la bolsa de plástico que contenía la comida y el Dientes se la quitó de las manos de un tirón. Esto para luego, ordenó el Dientes, y Ruiz guardó en su macuto el bocadillo y la naranja. El bizcocho de nata fue pasando de mano en mano, hasta que, mordisco a mordisco, acabaron con la última miga. ¡Adiós al tesoro!

-¡Qué rico! -elogió el Dientes aún con la boca llena.

-Tienes que decir a la señora Juanita que haga más, ¡está muy bueno! -confirmó Ruiz.

Sebas no dijo ni palabra. Ahí acababa el asalto. Eso era todo por hoy. Cerró la cremallera de la mochila y prosiguió su camino.

-¡Hasta mañana, Sardinilla! -se despidió el Dientes a su espalda.

Poco después, atravesó el denso arbolado del parque que llegaba hasta la escuela. En la puerta del edificio, un buen puñado de padres y madres acompañando a sus pequeños.

Las Tribus Mayores no le habían servido de ayuda, se lamentó. Ni siquiera había conseguido alcanzar la selva para esconderse en ella. El audaz explorador amazónico tenía que estrujarse las meninges, buscar soluciones, no podía rendirse y acabar siendo súbdito de las Ratas Caníbales, obligado a pagarles tributo cada día. No, eso no iba a suceder.

Barajó la posibilidad de convocar a los ancianos de las Tribus Mayores a un cónclave para requerir su protección. De hacerlo, las Ratas Caníbales se cagarían de miedo, huirían como lo que son, ratas miserables. Pero no. Ya no era un crío. No les iba a regalar la victoria de reconocer que no era capaz de defenderse por sí mismo. Mejor un duelo, frente a frente, mano a mano, él y el Dientes. Jefe contra jefe, eso sí que mola. El juicio de dios, derrotarlo en justa lid, ante miles de espectadores… Vencerlo y perdonarle luego la vida, magnánimo. Se le escapó una sonrisa.

Entró al patio. Las Ratas Caníbales. Robar, quitar, sustraer, restar… Una operación aritmética, la resta o sustracción. Poner nombres, más o menos rebuscados a las cosas, a los hechos. Para eso valía la escuela.

A la hora del recreo, se sentó en un escalón, detrás de una portería. Vio cómo sus compañeros -los amigos más cercanos junto a él- sacaban bocadillos, los desenvolvían, abrían bolsas de frutos secos o fritos diversos, pastelillos… Lo habitual.

Lua fue la primera en darse cuenta:

-Otra vez. No te han dejado nada -suspiró. Había traído un sándwich de jamón y queso. Cortó un trozo con las manos y, sin añadir ni una palabra más, se lo pasó a Sebas.

Leo tenía chocolate y le cedió dos onzas; David le dio parte de su bocata de salchichón; Sara, media manzana; Martina, un pedazo de plum cake de frutas; Álvaro, un puñado de almendras… Cuando Mateo le ofreció la mitad de su plátano, Sebas, con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo que muchas gracias, pero que no, que ya no podía más.

El audaz explorador amazónico llegaba herido al poblado. Su tribu lo acogía. Lo cuidarían con mimo hasta que, totalmente recuperado, estuviera preparado para continuar el viaje.

Dar, regalar, agregar, añadir, sumar… Lo pequeño podía hacerse grande, llegar incluso a ser mayor que… Otra operación aritmética, la suma o adición, esta mucho más generosa, hacía que te sintieras bien, realmente bien. También para esto valía la escuela.

Sumas y restas, sumas y restas, se repitió Sebas. Y tuvo la vaga intuición -no fue capaz de ponerla en palabras, ni de medir sus exactas dimensiones- de que estaba rozando algo de incalculable valor para la vida.

El Dientes -pobre imbécil- ya no le daba miedo. Nada de miedo, pero nada de nada, algo de pena, quizás.

Volvió a sonreír.

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