
Hace ya muchos años, tuve un amigo -un conocido, más bien- al que apodábamos el Sistema. Y no precisamente por ser complaciente con el orden y fundamentos de esta sociedad, sino por adjudicar siempre al sistema la responsabilidad de todos los males habidos y por haber.
Si hablábamos de la persistencia de las guerras, la culpa era del sistema. Si el tema era la extensión de la pobreza, eso era fruto del sistema. La crisis industrial… pues los peajes del sistema. La inflación desbocada, los desastres ecológicos, la subordinación de las mujeres, el fracaso escolar, el racismo, los grupos de ultraderecha -muy activos y violentos en aquellos años-, el paro, las herencias del franquismo… Para él, había un solo responsable universal de todas las catástrofes sociales: el sistema. Una sombra que veía planear, omnipresente, sobre cualquier circunstancia de nuestras vidas.
Lo repetía tanto y tan a menudo, que -aparte dar origen a su apodo- se convirtió entre nosotros en chiste fácil. Si perdía el equipo local… culpa del sistema. Si llovía o hacía frío… el sistema. Y así con la gripe, el dolor de cabeza, una persistente resaca, llegar tarde a una cita, olvidar un recado o no acertar los catorce en la quiniela. Era muy socorrido señalarlo como causa última (y única) de cualquier suceso desagradable. Sustituía la búsqueda de razones -a veces complicadas o que nos hubieran dejado en mal lugar- por una broma. Un gran invento, sin duda, tener a mano un recurso explicalotodo.
Más allá del cachondeo, siempre me pregunté qué entendería mi colega por el sistema, qué significado exacto le daría a aquel comodín que utilizaba tan a menudo. Y no solo él, porque el término era -y sigue siendo- de uso común en política.
Continúo sin saber con precisión a qué llaman el sistema. Dudo, incluso, de que tenga un significado compartido, útil para poder entendernos.
Se emplea como un término globalizador, que lo abarcaría todo: economía, política, grupos de presión, organizaciones o instituciones… alcanzaría hasta a las ideas. Sugiere la unicidad del poder, una homogeneidad sin contradicciones ni tensiones internas. Una especie de dominación monoteísta, de modo que si derribáramos su templo todos los problemas se solucionarían por añadidura.
Claro que un simple vistazo a la realidad nos muestra que esta es infinitamente más compleja. Por no alargarme, un par de pinceladas.
Un mismo sistema económico -el capitalista, con su evolución y variantes- se ha desarrollado y se desarrolla bajo sistemas políticos diferentes, democráticos en unos casos, autoritarios en otros. En China, bajo la continuidad del mismo régimen político -poder absoluto del PCCh- han pasando de una economía socialista planificada al capitalismo desbocado. Política y economía no tienen por qué ser dos caras de la misma moneda.
Y respecto a ser la causa de todos los males y desigualdades… Que la depredación capitalista ha causado daños terribles al medio ambiente es un dato irrefutable. Pero en la antigua URSS, con economía planificada, se consumaron catástrofes ecológicas tan monstruosas como la práctica desecación del mar de Aral, reducido a un 10% de su superficie. En la China maoísta decidieron acabar con los gorriones, porque se comían las cosechas: su exterminio produjo tal plaga de insectos que trajo una gran hambruna. Y -cambiando de tema, pero continuando en el mismo país- basta con comparar una foto del Comité Central del PCCh con la de cualquier parlamento europeo para preguntarse sobre la posición de las mujeres en cada espacio.
Sirve de poco reducirlo todo a la etiqueta del sistema. Parece más ajustado indagar en cada tema concreto, analizar sus causas, revisar las políticas que se han aplicado, comprobar sus frutos…
Durante años, la denuncia del sistema -ser, por tanto, antisistema-, fue patrimonio de las corrientes de izquierda, especialmente de las más radicales. A pesar de su significado poco o nada definido -o precisamente por eso-, antisistema se hizo sinónimo de una suerte de antitodo, la impugnación al completo de la sociedad real. El sello de la izquierda verdadera.
¡Quién le iba a decir a mi amigo el Sistema que llegaría el día en que las corrientes antisistema más potentes serían las de ultraderecha! ¡Quién nos iba a decir a nosotros -con lo listos que nos creíamos- que la matraca del sistema perdería toda la gracia!
Podemos considerar sistema como un significante vacío, uno de esos términos que por carecer de un significado sólido pueden contener diversas interpretaciones. Para Ernesto Laclau y sus seguidores, los significantes vacíos son útiles en política, porque sirven para unir bajo un mismo término gentes, intereses y demandas variadas. No son pocos quienes han pretendido articular así un populismo de izquierdas. Aunque parece excesivo que, como ocurre en este caso, se pueda agrupar bajo el mismo significante vacío –antisistema– una diversidad que abarque desde la ultraderecha a la ultraizquierda.
Y es que las etiquetas, las consignas, los símbolos… son útiles cuando se utilizan para identificar una corriente que tiene objetivos diferenciados y explícitos. Y son una bomba de relojería cuando su contenido se reduce a la propia etiqueta. O cuando no se sabe con exactitud qué guarda debajo.
Los tiempos reclaman claridad. Cuando los cambios pueden ser a peor, se hace imprescindible explicar a favor de qué se apuesta en todos los ámbitos: libertades, sistema político, economía, en cada tema concreto, en la esfera internacional… Sobre la oscuridad, alimentados por los nacionalismos y la xenofobia, han ido creciendo los monstruos.
No basta con envolverse en un halo de pureza, identificar malestares o denunciar airadamente problemas sociales. Una línea antitodo no da alternativas, no señala horizontes. Se puede manipular con facilidad.