La vida en doce horas


Se despierta de la siesta, la cabeza un tanto espesa, sin conseguir alzar del todo el velo de tinieblas. Tantea la mesilla de noche hasta dar con el reloj: las cinco de la tarde.

Tengo tiempo aún, se dice, pero se tira inmediatamente de la cama, decidido.

Las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde, eran las cinco en punto de la tarde, eran las cinco en todos los relojes… va recitando camino del cuarto de baño. Bueno, sería en todos los que estuvieran en hora, matiza mientras expulsa de su vejiga una larga y oscura meada. Tira de la cadena. Se mira en el espejo. Se frota el pelo con las dos manos. Necesita activarse.

Siente la boca pastosa y va a la cocina a por un vaso de agua. Ayer bebí demasiado, se lamenta. Una vez más. Moderación, Borja, te estás pasando.

Se ducha con agua ardiendo, todo lo caliente que es capaz de soportar. La piel se le va enrojeciendo. Permanece largo rato bajo el chorro, busca espabilarse.

Se viste luego sin prisa. Calzoncillos limpios, por lo que pueda pasar, piensa, y se le escapa una sonrisa que se le congela al instante. Mucho tendría que torcerse la cosa para que hoy ligase, repite la frase tan habitual en su cuadrilla. Elige con esmero la ropa: vaqueros negros, de marca, y una camiseta blanca de manga corta, bastante nueva. Lo duda unos instantes y añade luego una chupa de algodón color teja. Empieza a refrescar por la noche.

Vuelve al cuarto de baño para mirarse al espejo. Vale. No está tan mal: el pelo largo, bien cortado, y peinado ahora con un elegante toque de descuido; de sus ojos ha desaparecido el cansancio, o, al menos, no percibe sus huellas; su piel conserva el bronceado de los días de playa. Más no puede hacerse, piensa, y luego suspira.

Sí, intenta animarse, hoy puede ser mi gran noche.

Se le están acabando las vacaciones. Le persigue la incómoda sensación de haberlas malgastado. Sin moverse del pueblo, de fiesta en fiesta, mucho alcohol, bastantes canutos. Poco más. Lleva tiempo pensando que debe sacudirse las telarañas: viajar, conocer otras gentes, encontrar algo que lo excite de verdad, que le ponga como una moto. Dar un vuelco a su vida. Desde que dejó los estudios y se puso a trabajar, tiene tan solo un mes libre al año. Le jode desperdiciarlo.

Bueno, hoy son fiestas en Bilbao, la Semana Grande. Ha quedado allí con dos antiguos amigos del instituto. Se promete a sí mismo que beberá menos, necesita mantener el control para no dejar escapar la oportunidad de… Si es que llega a presentarse, claro.

Prepara café. No tiene apetito, pero se obliga a comer un par de huevos fritos.

Ha quedado a las nueve, aún hay tiempo de sobra. Sin embargo se pone en camino, prefiere ir con calma. El cuatro latas que le pasó su tío no está en muy buen estado y tampoco es cuestión de meterle caña. Mejor ir despacito que arriesgarse a que le deje tirado.

Enfila la autopista hacia Bilbao. Abre de par en par las ventanillas.  Pese a la escasa velocidad, el motor ruge furioso. El viento contribuye también al estruendo, levantando un tornado de bolsillo en el interior. Aún así, pone música en el casete. Tiene que subir el volumen a tope para poder escucharla: Me asomo a la ventana eres la chica de ayer… la canción le despierta un puntito de nostalgia y la quita. Introduce otra. Hoy va a ser la noche de que te hablé… brama ahora el aparato. ¡Eso sí! ¡Este es el espíritu! ¡Tiene que conseguir eso, no sabe bien qué, pero tiene que alcanzarlo antes de que acaben los ochenta! ¡Hoy va a ser esa noche!

Se reúne con sus amigos fuera del recinto festivo. Uno le palmea los hombros, ¡tiempo hace! Otro amaga unos golpes de boxeo, como haciendo sombra, ¡bienvenido a la capi! Ellos siguen estudiando, ahora en la universidad. Él se puso a trabajar. Se volvió al pueblo donde nacieron sus padres. 

Se cuentan cómo les va la vida, llevan mucho sin verse y ponerse al día da para un rato. Luego, va tomando cuerpo la distancia que se ha abierto entre ellos. Languidece la conversación.

Ya quedaron atrás los viejos tiempos, cuando estaban todo el día juntos y los llamaban Los Tres Mosqueteros. Claro que algún envidioso los rebautizó después como El Ménage à Trois, le parecería gracioso al muy capullo.

Es molesta la sensación de tener ya poco que decirse y buscan la ayuda del alcohol. Lían también un par de canutos antes de entrar a la zona de las txosnas y pedir la primera ronda.

Arde allí la noche entre luces de colores. El ruido es ensordecedor y cuesta entenderse. Cada una de las casetas lanza a todo volumen su propia música, ska, punk-rock o hardcore en la mayoría de los casos, la ola avasalladora del rock radical vasco. La gente se agrupa bajo los bafles, danzando a ritmos frenéticos. De las estructuras de mecanotubo cuelgan pancartas reivindicativas. El suelo está cubierto de restos de vasos de plástico y empapado de un líquido viscoso que apesta a alcohol rancio. Sudor, saltos y adrenalina. Así es la fiesta.

Tras unos cuantos tragos van recuperando la conexión. Apenas consiguen intercambiar palabra, pero eso importa poco. No necesitan hablar para que el calor de la amistad suba muchos grados. Menos mal.

Son casi las doce y comienzan a sentir apetito. Están pensando a dónde ir a por un bocadillo, cuando les llega la primera señal. Es un ruido sordo, como la explosión de un petardo a distancia, al que no dan ninguna importancia. Mientras deciden hacia dónde moverse, se repiten los estallidos. La gente intercambia miradas nerviosas a su alrededor, algo está pasando y no entienden qué. Poco después ven pasar a alguien corriendo. Entonces se hace la luz en el cerebro de Borja: ¡Claro, la guerra de las banderas! Repara al instante en que es viernes, el día grande.

El Ayuntamiento tiene en ese día la obligación legal de izar las banderas oficiales -la de Bilbao, la ikurriña y la española- en la fachada. Desde hace años, desde que se implantó el nuevo modelo festivo en realidad, basta con que coloquen la enseña española para que grupos de jóvenes nacionalistas vascos intenten arrancarla, intervenga la policía  y  todo acabe como el rosario de la aurora. Se ha hecho tan habitual que se dice que grupos de radicales europeos, italianos principalmente, acuden cada año para participar en la batalla, como si los violentos incidentes formaran parte del programa oficial de fiestas.

Borja no tiene ganas de líos. Vámonos antes de que esto se ponga feo, propone a sus compañeros.

Pero no les da tiempo. Cuando intentan alejarse, son engullidos por una multitud que corre enloquecida.

Borja pierde de vista a sus amigos. Corre todo lo rápido que le permiten sus piernas, sin saber hacia dónde. Una oleada de gente lo arrastra hacia el muelle de la ría. Enseguida llega otra que lo empuja en dirección contraria. Atruenan los disparos de pelotas de goma. Alguna bola negra y brillante choca no sabe contra qué y después de varios rebotes la ve rodar mansamente por el suelo. Borja va y viene de un lado a otro, incapaz de elegir su propio rumbo. Hasta que, harto de correr como un pollo sin cabeza, se refugia detrás de un árbol.

Respira hondo. Al menos desde allí puede ver lo que pasa sin que lo arrollen. Le tiemblan las piernas. La policía le despierta un terror irracional, incontrolable. Los uniformes oscuros, los hombres sin rostro, los cascos brillantes, el estruendo de los disparos, el ruido rítmico de las botas militares contra el asfalto, las voces de los mandos… Sabe que provocar miedo es un efecto buscado, que forma parte de su trabajo porque desalienta la resistencia. Se obliga a usar la cabeza: a ti no te puede suceder gran cosa, algún porrazo a lo sumo; duele, pero se pasa; tú no has hecho nada, solo has quedado atrapado en esta locura. Pero está realmente acojonado. La razón sirve de poco en las pesadillas. No consigue ahuyentar el pánico.

Observa de pronto que se ha abierto un claro en torno suyo. Mira a un lado y a otro. No ve a nadie. Un curioso remanso de paz entre el furioso oleaje. Decide aprovechar la tregua para abandonar su refugio. Camina unos metros mirando inquieto a su alrededor. Gira por detrás de una caseta y casi se da de morros con varias decenas de policías que avanzan caminando por un costado.

Se le escapa un grito de terror, da media vuelta de un salto y corre como si en ello le fuera la vida. No mira hacia atrás. De haberlo hecho, habría comprobado que los policías siguen al paso, sin molestarse en perseguirlo. Pero no lo hace y continúa su escapada febril. Alcanza el borde de la ría, está en un tris de tirarse de cabeza, mejor el agua turbia que la policía. En el último instante descubre los escalones de un antiguo embarcadero. Cambia de idea en una décima de segundo y baja por ellos hasta pisar el fango, al borde del agua. Se hunde en el lodo hasta los tobillos, pero no le importa.

Piensa que es el escondite perfecto. Está baja la marea y entre los arcos del muelle se abren huecos en los que cobijarse. Ningún policía bajará por allí. O al menos no podrían disparar pelotas de goma en un espacio tan reducido. Y si llegara a aparecer alguno… Ahí está el agua.

Claro que el refugio tiene también su parte mala. El fango es asqueroso. Huele fatal, desde luego. A saber qué contienen estos lodos, todo tipo de residuos industriales y mineros, seguramente tóxicos muchos de ellos. Y mientras está pensando en ello, se resbala, cae, y se reboza el costado derecho, de los pies a la cabeza, en la masa pringosa. ¡Joder, se le va a caer la piel a cachos con esa mierda repugnante!

Es tal el pavor de Borja a la policía que permanece más de dos horas agazapado en su escondrijo, atento a los sonidos que le llegan del muelle y la zona de fiestas. Los pelotazos siguen un buen rato, pero se van alejando primero, espaciando después. Tarda en hacerse el silencio. Cuando llega, el vacío le resulta a Borja aún más opresivo, le da la impresión de que hubieran calcinado la vida en la zona. Bastante después, empieza a escuchar alguna que otra conversación en voz baja. Supone que se va recuperando la normalidad.

Mientras tanto, ha ido subiendo la marea. El agua le llega por encima de los tobillos y amenaza con alcanzar las rodillas. Un líquido también tóxico; concentrará todos los venenos industriales vertidos a la ría. Llega un momento en el que se siente tan incómodo que no puede aguantar más y decide enfrentarse a sus miedos. Bueno, hace más de una hora que han cesado los pelotazos, todo estará tranquilo ahora, se dice tratando de animarse.

Sube las escaleras. Ni rastro de la policía. La fiesta empieza a reanudarse con timidez, pero son más de las tres, ya no va a remontar el vuelo. Tampoco él tiene ninguna gana de marcha. Está solo, empapado, cubierto de fango maloliente, tiene frío aunque la noche sea templada. Llegar a casa, ducharse, limpiarse bien el lodo, dormir… esos son sus deseos. Espera que no le salgan erupciones en la piel. No quiere ni pensar en nada peor. Esa mierda es asquerosa, quizás corrosiva.

Camina como un zombi, intentando evitar a los grupos que retornan poco a poco a la fiesta. Llega al coche, sube, lo arranca, se pone en camino hacia el pueblo. No soporta la ropa mojada, se está quedando helado y se muere de asco. Tirita y le dan arcadas. Piensa, además, que debe limpiarse el barro cuanto antes, se imagina que el magma viscoso le perfora la piel y llega hasta el hueso.

Para en un área de la autopista. Se quita toda la ropa. Lleva una caja de pañuelos de papel en el coche y se frota vigorosamente el cuerpo con ellos hasta agotarlos.

Solo se calza las zapatillas. No se va a volver a vestir con esas ropas repugnantes y empapadas. Lo duda un instante y decide que los calzoncillos tampoco. Total, es de noche, es difícil ver el interior de un vehículo, nadie se va a dar cuenta de que conduce como dios lo trajo al mundo, no le faltan tantos kilómetros para llegar a casa.

Reanuda la marcha en pelota picada. Pone la calefacción, y el calorcillo lo reconforta. Mucho mejor así.

Suspira al llegar al peaje. Ya está, en cinco minutos en casa. Una noche para olvidar. Le alienta imaginarse limpio y seco entre las sábanas.

La ventanilla del peaje tiene una luz mortecina. Suficiente, sin embargo, para que la cobradora distinga el interior de los vehículos. De primeras, queda tan sorprendida que no acierta a reaccionar. Deja pasar el coche. Luego piensa que debería hacer algo. Un tipo va desnudo hacia el pueblo, vete a saber qué pretende, no se lo perdonaría si luego sucediera cualquier cosa. Por si acaso, decide avisar a la policía municipal.

En la comisaría hay una pareja de guardia. El cabo ha cenado caracoles a pesar de saber de sobra que no le sientan bien a la noche, pero como la va a pasar trabajando… Está peleando con una digestión pesada y no le hace ni pizca de gracia recibir el aviso. A pesar de que tuerce el morro, llama a su compañero y se ponen inmediatamente en marcha. El deber por encima de todo.

Borja está ya en la recta de entrada al pueblo. Le queda tan poco para pasar la página de esta noche desdichada que se pone a silbar. Ve entonces una luz azul intermitente al fondo. Encima le hacen señas para que pare. No sabe cómo reaccionar. Lo último que hubiera esperado. ¡Tan cerca! A ver cómo les explica ahora… Se le dispara la adrenalina y reacciona impulsivamente: gira en redondo y huye en dirección contraria. Ve por el retrovisor a la pareja de policías subir a su vehículo a la carrera.

Es consciente de que ha metido la pata hasta el fondo. No le apetece nada a estas horas de la madrugada una persecución motorizada. Tampoco se considera buen conductor y en cuanto al cuatro latas… Mejor intentar darles esquinazo. Antes de que consigan poner en marcha el coche policial, gira por detrás de un bloque de viviendas y, cuando los ha perdido de vista, da un volantazo y se escurre por una calle secundaria. Tiene la suerte de encontrar un sitio libre y aparca allí entrando de morro. Ahora solo le falta atravesar a pie el parque aledaño para llegar a casa. Espera que tarden en localizar el coche. Sabe que se ha metido en un buen lío. Es tan absurdo… Lo que tenga que aclarar, mejor mañana, bien descansado.

El pueblo está dormido. Coge las ropas sucias bajo el brazo y se pone en marcha. El parque es pura sombra. Ve al fondo el edificio en el que vive. Allí estará en unos minutos. Suspira.

Mientras cruza los jardines, oye voces cercanas. Imagina que serán los policías y sufre un ataque de pánico. Se tranquiliza al instante. A pesar de la oscuridad, adivina cuatro siluetas, dos más grandes y las otras dos mucho más pequeñas. ¡Una familia, qué leches estarán haciendo aquí a estas horas! Se esconde detrás de un arbusto para esperar a que pasen.

Una de las pequeñas no puede aguantar las ganas de mear. Ha bebido demasiados refrescos en casa de la abuela, territorio libre en el que le conceden todos los caprichos. Los padres le piden varias veces que aguante, pero al final se resignan a que lo haga allí mismo. Total, no circula nadie por el pueblo a esas horas. Aunque sea un parque público, no pasa nada por que orine al resguardo de un matorral. Por desgracia, la niña elige el mismo en el que está oculto Borja.

Aterrado, la ve ponerse en cuclillas, levantarse la falda. Escucha después el ruido del chorrillo contra la tierra. Tiene a la criatura a un par de metros. Duda qué hacer, y decide tratar de poner distancia de por medio. Hay otros arbustos cerca y piensa que allí estará a salvo. Intenta alejarse sin hacer ruido, pero hay mucha hojarasca seca sobre la hierba y los crujidos son inevitables. La niña levanta la vista, adivina la silueta cercana de un hombre. Suficiente para que lance un alarido de pánico.

Borja intenta tranquilizarla, sisea, la invita a callar con un dedo vertical sobre los labios. Se acerca unos pasos, pero enseguida comprende que ha cometido otro error: la niña se da cuenta entonces de que va desnudo y se dispara el volumen de sus gritos. Atronadores. Decide escapar a la carrera. 

No le da tiempo. Una mano de acero le agarra del cuello, otro brazo le empuja con fuerza. Da con sus huesos en el suelo.

El padre de la criatura empieza a golpearlo con saña. En pocos segundos se suma la madre. Una lluvia de patadas y algún que otro puñetazo. Mientras le pegan con toda la violencia de que son capaces, no paran de gritar: ¡Mi niña! ¡Cochino exhibicionista! ¡Toma! ¡Ahí! ¡Cerdo!

Borja los entiende perfectamente, en otras circunstancias estaría de su parte. Cualquier animal se convierte en una fiera cuando se trata de defender a sus crías. ¿Qué podría reprocharles? Se limita a protegerse la cabeza con los brazos y a repetir un no-no-no cada vez más débil.

No es capaz de calcular lo que dura el tormento, a él se le hace interminable. Hasta que le llegan voces de ¡Basta ya! ¡Ya está bien! ¡Paren de una vez!

El agradecimiento de Borja es infinito, a pesar de que se percata al instante de que son los policías.

Lo levantan del suelo. Sospecha que pueda tener alguna costilla rota, apenas consigue mover el brazo izquierdo, tiene el labio superior partido y un ojo semicerrado. Le han dejado para el arrastre.

No está en condiciones de prestar mucha atención a la conversación. Solo retiene frases sueltas. Nos hacemos cargo nosotros. Los comprendo, por supuesto. Mañana en la comisaría. Poner la denuncia. La denuncia, la denuncia. Borja no sabe de qué pueden acusarle. No he hecho nada malo, de verdad, les diría de buena gana si reuniera las fuerzas necesarias para hacerlo.

Lo conducen esposado, desnudo, cada policía llevándolo de un brazo.

Entran a la comisaría. El cabo sigue de pésimo humor, con tanta agitación no termina de digerir los caracoles. Protegido por las cuatro paredes se anima a propinar un pescozón al detenido: Se te va a caer el pelo, degenerado. Te vas a pudrir en la cárcel.

Borja solo quiere llegar a la celda. Ni tomas de declaración, ni curas de primeros auxilios. Nada de nada. Que le dejen en paz. Dormir un poco. Ni siquiera se atreve a pedir que le permitan lavarse. Ya se verá qué ocurre mañana.

Menuda nochecita. Mira el reloj que preside la sala: las cinco de la madrugada. ¡Han pasado doce horas! ¡La medida de la eternidad!

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