La cara(dura) de la distopía

Lo primero fue la aparición de una enorme cabeza de niña en la ría de Bilbao, cerca del monumento a Las Sirgueras, junto al paseo que une el museo Guggenheim con el Casco Viejo de la ciudad. Una escultura anclada en el lecho de la ría que quedaba sumergida bajo el agua en la pleamar para ir luego emergiendo de nuevo según descendía la marea. Inquietante.

Simultáneamente -o quizás algún día después, no lo puedo asegurar- salpicaron las paredes de Bilbao de carteles que alertaban sobre un negro horizonte. Reproduzco, ordenados por la fecha de la predicción, la mayoría: En 2029 tu futuro lo dictará un algoritmo; en 2033 cerrará la última tienda de barrio; en 2033 serás un refugiado climático; en 2035 será más caro el agua que tu ropa; en 2039 cerrará el último hospital público; en 2040 el Athletic pertenecerá a un empresario indio; en 2042 compartirás tu sueldo con otro trabajador…

No hay nada nuevo en anunciar distopías. Las predicciones apocalípticas han sido, desde la más remota antigüedad, una fórmula infalible para atraer la atención pública. No sobra recordar la multitud de profecías que nos han venido señalando el fin del mundo: las numerosas alrededor del año 1000; la de los mormones que situaron el Armagedón antes de 1900; la de Nostradamus, que lo predijo para 1999; las diversas atribuidas a los mayas… Fechas todas ellas ya pasadas, y que, como hemos podido comprobar, no eran acertadas. Aquí seguimos, dando guerra.

También en la literatura se ha recurrido a menudo a la distopía. Por poner un par de ejemplos, ahí están el 1984 de Orwell, o Un mundo feliz de Huxley, situado en un hipotético 2049. Aunque, más que arriesgar pronósticos sobre el futuro, en ambos casos se tratara más bien de denunciar ciertos males del presente: el totalitarismo, la manipulación, el estrangulamiento de la libertad, el control sobre los seres humanos…

La acuática escultura y los consiguientes anuncios apocalípticos fueron objeto de todo tipo de hipótesis, comentarios y chascarrillos en la ciudad. El misterio duró poco. Enseguida se supo que todo respondía a una campaña publicitaria de la Fundación BBK, la antigua caja de ahorros incluida ahora en Kutxabank. Una campaña que pretendía, según sus autores, reivindicar lo local, denunciar los actuales modelos socioculturales y económicos que priman la globalidad sobre todo lo demás, defender el bienestar social, alertar sobre los desastres del cambio climático… Así, al menos, nos la explicaban.

No cabe ninguna duda del éxito de la campaña. Consiguió pasar de los espacios de publicidad pagada a las páginas informativas de bastantes medios de comunicación. Suscitó numerosos comentarios y conversaciones. Mirado desde ese punto de vista, felicidades.

No voy a entrar en la verosimilitud de sus predicciones. Aunque se apoyen en tendencias reales, intentar adivinar el futuro lleva siempre aparejado el riesgo de equivocarse. Más aún cuando se le pone fechas y estas son tan relativamente cercanas. En estos pronósticos a la bilbaina, además, son patentes las incoherencias temporales. Si en 2033 seremos refugiados climáticos, no se entiende que para 2040 el Athletic llegue a ser propiedad de un empresario indio. A no ser que todos los bilbainos emigremos juntos en alegre biribilketa a Groenlandia en busca de climas menos sofocantes y el Athletic sea entonces el de Nuuk.

También sería muy sencillo denunciar las incoherencias del mensajero. Que la enorme cabeza de niña anclada en la ría fuera obra del escultor mexicano Rubén Orozco hirió el orgullo de mucho artista local. Que la BBK haya pasado de ser una caja de ahorros de la ciudad -y luego provincial-, a transformarse en un banco con fuerte implantación en Andalucía y que busca extenderse por toda la península nos habla de los tiempos de globalización que vivimos. Que Kutxabank te cobre una comisión de 160€ al año si no gastas un mínimo de 300€ al trimestre con su tarjeta de crédito es una curiosa manera de combatir el consumismo. Para colmo, en las mismas fechas en las que se desarrollaba la campaña de la Fundación BBK, trabajadores del banco se manifestaban por las calles de Bilbao contra los recortes de plantilla y el cierre de oficinas que supone, señalaban, menos atención personal, más digitalización y poder para los logaritmos que dictarán nuestro futuro. ¿Dónde queda la defensa del bienestar social?

Ya sé que este tipo de campañas tiene como objetivo mejorar la imagen de la entidad, pero uno está más que harto de que los grandes bancos o empresas pretendan fabricarse imágenes corporativas cercanas a las de cualquier ONG. Y de que además se empeñen en vendernos el peine.

Lo que me interesa subrayar -y discutir- es la fórmula que proponen para combatir tanto mal: porque en sus mensajes colocan el futuro en manos de nuestras decisiones personales ligadas, en su mayoría, a hábitos de consumo.

No pretendo decir que las acciones personales de cada cual carezcan de importancia. Contribuimos con pequeñas cosas. Es lo que podemos. Bien hecho está. Pero es muchísimo más decisiva la acción política. Eso me parece lo sustancial.

Más que largarnos discursos buenistas, lo exigible a cualquier banco, gran empresa o corporación es que pague impuestos como debe. Entre 1990 y 2017 el impuesto de sociedades se ha reducido nada más y nada menos que en una media del 15% en todo el mundo. Las grandes compañías digitales no llegan a pagar en impuestos el 10% de sus beneficios; en determinados casos, ni el 5%. ¿Acaso esto no tiene nada que ver con el deterioro de los servicios públicos? ¿Tampoco tiene que ver que la especulación mueva 10 veces más capital en el planeta que la economía productiva?

La globalización ha provocado la deslocalización de numerosas empresas. Ello se debe, en gran medida, a las jornadas interminables y penosas condiciones de trabajo que sufren en buena parte del mundo, lo que permite producir mucho más barato. Conseguir unas condiciones dignas de trabajo en todos los países no es solo cuestión de justicia elemental, sería también un instrumento para reequilibrar geográficamente producción y consumo.

Tampoco el cambio climático podrá frenarse, no digamos ya revertirse, sin medidas y regulaciones globales.

Y pasa lo mismo con la protección de la privacidad y la libertad en internet, por terminar con la lista de temas que nos propone la distopía de la Fundación BBK.

Vivimos tiempos en los que los estados se muestran impotentes para hacer frente a los grandes problemas de la humanidad, en los que las fronteras tradicionales han quedado obsoletas. Más que conformarnos con lo que cada cual pueda aportar individualmente en su vida privada, necesitamos la acción de grandes colectivos a escala planetaria o, al menos, que agrupen bloques con suficiente peso. Es urgente conseguir una agenda política global.

Algo, tal y como están las cosas, ciertamente difícil. Pero no imposible.

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