
Todos nos cabreamos. Los enfados son, a veces, difíciles de controlar. Sentimos que nos han faltado, que han actuado en nuestra contra, que determinadas palabras, obras o incluso omisiones han sido inaceptables. Ante esa afrenta -real o imaginada, razonable o irracional, justa o injustificable, eso es lo de menos ahora-, reaccionamos indignados.
La furia puede impulsarnos a rebuscar en el zurrón de la memoria lingüística hasta dar con los términos que consideramos más hirientes para el contrario. Una vez elegidos, se los arrojamos a la cara. Si conseguimos que la irritación que sentimos alcance también al otro bando… ¡bingo!, objetivo cumplido.
Insultamos para hacer daño. Nos mueve la voluntad de agraviar, de causar dolor… de incomodar, cuando menos. Para eso lo hacemos. No somos angelitos, ni vivimos tocando la lira entre nubes de algodón.
Hay términos con fuerte carga peyorativa y que por eso mismo se usan con asiduidad como insulto. Entre ellos, los hay leves y graves, ligeros y pesados, generalistas y especializados. Se adentran, a menudo, en terrenos pantanosos, como la apariencia física, la orientación sexual o los rasgos raciales. Pero, en el contexto apropiado, cualquier expresión puede servir de insulto. Hasta el mayor de los halagos puede utilizarse para ofender a otro si se le lanza en su punto exacto de aliño urticante.
Si partimos de la constatación -que creo difícilmente rebatible- de que la práctica totalidad del diccionario puede utilizarse para insultar, resulta desmesurada la pretensión de quienes intentan obligarnos a cribar las palabras que utilizamos para no ofender a nadie. Negarles la buena voluntad a quienes eso pretenden sería juzgar intenciones. Y las buenas intenciones, en principio, habría que suponérselas a todo el mundo. Pero me parece -además de un exceso de seráfica pureza moralista- un empeño tan destinado al fracaso como el de nuestras santas madres cuando nos reñían para que no dijéramos palabrotas.
De manera más o menos explícita o difusa, y desde muy distintos parámetros ideológicos, se van difundiendo catálogos de palabras malditas cuyo uso se pretende prohibir.
Es el caso de nigger, término que podríamos traducir como negrata. En determinados círculos de los Estados Unidos es una palabra proscrita, hasta el punto de haber retirado de muchas bibliotecas toda obra en la que aparezca. Ha ocurrido, por ejemplo, con Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, novela que difícilmente se podría calificar de racista. Y con otro buen número de textos de toda clase y condición. Mientras tanto, nigger sigue siendo de uso habitual en la comunidad negra. Se escucha en cientos de canciones de rap o hip-hop. Los niños y jóvenes negros se llaman nigger entre ellos de forma coloquial, como aquí se utiliza tío, tronco o colega. Y no es un fenómeno de última hora: el cómico afroamericano -como quieren que digamos ahora- Richard Pryor ya lo utilizaba regularmente en los años 70. Un marcado contraste entre la realidad de la calle y las ínfulas puritanas de algunos.
Sudaca es otro término señalado como incorrecto. Nació en los ochenta -en Madrid, se supone- como recorte de sudamericano, y formado de manera similar a bocata, cubata, mensaca… En sus orígenes se utilizó con relativa normalidad. Entre 1982 y 1984 los argentinos Muñoz y Sampayo titularon Sudor Sudaca una serie de cómic; muy recomendable, por cierto. Por la misma época, el grupo vigués Siniestro Total sacó el tema El sudaca nos ataca, que,aunque no esté entre lo mejor que han hecho, es bastante divertido. Y, sin embargo, el término se fue cargando peyorativamente. El diccionario de la RAE considera sudaca un adjetivo despectivo de uso coloquial.
Hace pocos años, Martín Caparrós defendía lo positivo del término: Sudaca me parece una buena palabra: corta, clara, rotunda, dice lo que quiere decir con la mayor economía. Es una buena palabra y de algún modo la perdimos, se la dejamos a los malos. Ya es hora de recuperarla y poder decir, con orgullo, con sorna, con placer, que sí, somos sudacas, y a mucha honra.
Ahora, un grupo de mujeres latinoamericanas de diversos ámbitos culturales afincadas en España ha abierto en un pueblo de Guadalajara una casa de convivencia a la que ha bautizado como Sudakasa.
En la misma línea, diversos grupos de activistas están rebautizando, en carteles y manifiestos, su movimiento como transbimaricabollo, dejando atrás la rigidez del LGTBIQ+. Comunicativamente… no creo que haya color entre las dos fórmulas. Los términos marica y bollera son mucho más rotundos y contundentes. ¿Hay algo de malo en usarlos como bandera?
Otro caso que recientemente ha alcanzado notoriedad es el de Perro Sánchez. Cambiar de Pedro a Perro el nombre del presidente del Gobierno de España no es precisamente un alarde de ingenio, pero ha sido una fórmula -impulsada por algún vídeo infantil- muy utilizada por las derechas más o menos extremas para insultarle. El giro lo inició un mensaje en twitter –Más sabe el perro Sanxe por perro que por Sanxe– que luego fue retomado por las Juventudes Socialistas. La ola fue creciendo, hasta el punto de que la venta de chapas con el eslogan de Perro Sanxe se convirtió en un buen negocio para el Partido Socialista. Y no se quedaron ahí: lo de Perra Sanxe es aún más fuerte. Y cabría imaginar a un hombretón barbudo y de pelo en pecho llevando puesta una de esas chapas de Perra Sanxe: demoledor.
Pero la palma en apropiarse de términos que se pretende insultantes le corresponde sin duda a Chenta Tsai, un taiwanés de Vallecas, músico y artista multimedia. Chenta Tsai ha elegido Putochinomaricón como nombre artístico. O como nombre de guerra, cabría decir con mayor rigor, porque el seudónimo es en sí mismo todo un manifiesto. ¿Y por qué no? Bien mirado -y ahora voy a insultar yo, os lo aviso- hay que estar muy tarado intelectualmente para tratar de ofender a alguien llamándole chino o maricón.
Pretender erradicar el uso de ciertos términos incluyéndolos en la lista negra de lo ultrajante no lleva a ningún sitio, aunque haya quienes se muestren muy satisfechos ejerciendo esas labores. Yo diría que resulta incluso contraproducente. Las listas negras son catálogos de palabras señaladas como gravemente ofensivas. Una labor de selección que proporciona un buen arsenal a quien desee utilizarlas. Y si se empeñan, además, en proscribir el uso de esas expresiones… aún peor, porque les añaden el aroma de lo prohibido, de lo fuera de norma, de lo que va contracorriente, de lo rebelde. Lo ha entendido muy bien la ultraderecha.
Por el contrario, apropiarse de esas palabras y utilizarlas con naturalidad -con absoluta normalidad, porque es la realidad la que acaba cargando significados-, desarma al atacante. Totalmente, en un solo movimiento, al instante. El insultador fracasa de plano en su objetivo de ofender, por lo que carece de incentivos para seguir usando esos términos en el futuro.
Así que menos ñoñería y más sentido del humor: frente a los insultos, la respuesta más eficaz es, y siempre ha sido, ponérselos por montera.