Miseria de la globalización

La globalización tiene muchas caras, desde la universalización de internet y las costumbres hasta la economía. La información -o su sucedáneo en las redes-, la música, la moda, numerosos productos culturales… son accesibles desde cualquier punto del planeta en los términos exactos en que fueron creados. Salvo allí donde lo impide la censura, claro. Basta con mirar la procedencia de un montón de artículos de consumo -naranjas sudafricanas, textiles indios o vietnamitas, la asombrosa proliferación de productos chinos…- para comprobar que, en lo tocante al comercio al menos, vivimos en un solo mundo.

No volverán los viejos tiempos. La globalización -en muchos terrenos- es irreversible. Y no está de más recordar que, nostalgias aparte, los tiempos pasados tampoco fueron mejores.

En su vertiente económica, empresas multinacionales y megarricos están siendo los grandes beneficiarios de la globalización. Veamos.

  • El impuesto de sociedades suponía hace tres décadas alrededor del 40% de los beneficios de las empresas a escala mundial. Los porcentajes han caído de forma dramática, especialmente los tocantes a las multinacionales. Según la OCDE, hay más de dos billones (sí, con b) de beneficios de grandes gigantes corporativos -una tercera parte de lo que ganan- que tributan a tipos inferiores al 15%.
  • El Observatorio Fiscal de la UE señala que hay 12 billones (otra vez con b) de dólares en activos financieros en paraísos fiscales. Para hacernos cierta idea sobre una cifra tan desorbitada, supondría diez veces el PIB de España.
  • Y por igual camino transitan las fortunas de los megarricos. Hoy en día solo pagan entre un 0 y un 0,5% en impuestos de renta o patrimonio. Una miseria. Y eso que en los últimos 25 años se han hecho el triple de ricos, frente al 3% que ha crecido la riqueza media global.
  • Siguiendo con el informe del Observatorio Fiscal de la UE, en la UE se deja de ingresar un 20% de los impuestos de las multinacionales a causa de sus maniobras fiscales. En España, el porcentaje es del 16%.
  • Según datos de la Agencia Tributaria, el tipo efectivo que pagan las mayores empresas españolas oscila entre el 11,2 y el 4,6%, gracias a las numerosas exenciones de que gozan. Además, las multinacionales españolas pagan ya el 66% de los impuestos por beneficios en otros países.

Los paraísos fiscales, la competencia a la baja, el dumping fiscal -la ideología neoliberal empuja para abrir brecha- … están dañando gravemente la recaudación en muchos lugares. El dinero se mueve a su libre albedrío por todo el planeta, hasta dar con los desagües de la globalización por los que escurrirse. Y el brazo de la mayoría de los estados nacionales no alcanza a taponar esos agujeros.

Frente a la globalización, las respuestas de la izquierda fueron divergentes desde un principio. Una parte de la socialdemocracia apostó por lo que llamaron la tercera vía, en el sentido que Tony Blair dio al término. Aunque sus perfiles no son claros, marcaron cierta tendencia a enfrentar las prestaciones sociales con el espíritu emprendedor, y a plantear una acción política que no obstaculizara los mercados. Menos prestaciones sociales, más libre mercado… no es de extrañar que gentes como Alain Touraine, por ejemplo, opinaran que la tercera vía era una fórmula para legitimar a los partidos de centro-izquierda para hacer políticas de centro-derecha.

Desde otras izquierdas más radicales se impulsó el denominado movimiento antiglobalización. Su nombre lo dice todo. Los actos más llamativos fueron las protestas convocadas ante diversas cumbres mundiales. Hoy en día ese movimiento está prácticamente desaparecido y la globalización más presente que nunca.

No parece que dejarse arrastrar por la corriente o tratar de poner puertas al campo anclándose en las soberanías nacionales sean alternativas sólidas.

Los viejos estados están mostrando sus límites para enfrentarse a los retos de un mundo global. Son demasiado pequeños, demasiado débiles para controlar a las gigantescas multinacionales o para enfrentarse a la competencia de los grandes polos económicos. No hablemos ya del cambio climático. Estas, y otras muchas cuestiones, desbordan sus hechuras.

Así que se hacen imprescindibles nuevos instrumentos para encauzar y gobernar la globalización. Se requerirían instituciones internacionales con poder efectivo para regular mercados, frenar la especulación, acabar con los paraísos fiscales, fijar impuestos mínimos, marcar unas condiciones de trabajo dignas para la toda la humanidad… Hoy por hoy estas instituciones o no existen o son poco operativas.

Sin renunciar a irlas construyendo, es urgente alcanzar acuerdos que vayan empujando hacia formas de gobernanza global.

En ese largo camino, la UE, la OCDE, hasta la ONU en los últimos tiempos, han apadrinado iniciativas para poner un suelo mínimo universal del 15% a los impuestos sobre beneficios de las empresas. Supondría un paso adelante, siempre que se limitara la actual maraña de exenciones para que los impuestos efectivos no pudieran ser inferiores a ese 15%.

Ya veremos si se avanza algo. Las resistencias están siendo feroces. No son solo las empresas: también algunos países y regiones se benefician del dumping fiscal.

Los discursos populistas sobre bajar y eliminar impuestos siguen funcionando electoralmente. Gozarán de viento de cola mientras pagar impuestos sea cosa de clases medias y de pobres, mientras no se haga realidad algo tan básico como que sean los más ricos los que pagan más.

Se puede acentuar el rigor en los marcos nacionales, ciertamente. Pero terminar con los privilegios de los gigantes corporativos y los megarricos requiere de ámbitos más amplios que puedan cerrar las vías a las fugas interesadas.

Y es que los problemas globales del mundo actual llevan tiempo exigiendo una izquierda global.

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