Abducciones robóticas

En esta vida nos vemos obligados muchas veces a tener que hacer cosas irritantes. Intentar comunicarse con una máquina suele ser una de ellas. Hoy por hoy, al menos. Ya veremos hasta dónde llegan sus habilidades en el futuro.

Compañías de toda clase y condición han puesto máquinas al control de sus centralitas para ahorrarse así un puñado de sueldos. Cuando entra nuestra llamada, una voz metálica va acotando nuestro objetivo: nos obliga a marcar un número; luego, otro; más tarde, un tercero; después… Sin más alternativa que tragar o tirar la toalla, agachamos la cabeza y vamos obedeciendo una orden tras otra, como si la musiquilla con que nos amenizan ejerciera un extraño poder hipnótico sobre nosotros. Tras obedecer todos los mandatos del robot -y si nos acompaña la suerte- podemos conseguir que nos coloquen a la espera de que quede libre algún operador humano. Ese paso aún puede demorarse bastante hasta que logremos escuchar -¡por fin!- la voz de una persona de carne y hueso. ¡Menudo alivio! ¡Qué tiempos aquellos en que se comenzaba directamente por aquí!

La comunicación, aun entre seres humanos, es complicada. Las brechas entre lo que pensamos, lo que alcanzamos a decir (o a callar), y lo que descodifica la otra parte son, en numerosas ocasiones, difíciles de salvar. Entre personas, esos agujeros se rellenan con gestos, con miradas, con monosílabos, con la entonación… Son muletas que nos ayudan a avanzar, que nos empujan a dar explicaciones complementarias o a matizar al instante lo dicho. Avanzamos en zigzag, por tanteo, el propio receptor nos indica si vamos por el camino correcto… hasta conseguir hacerle llegar, más o menos, el mensaje que deseamos.

La conversación con una máquina es mucho más limitada. A menudo se convierte en un diálogo de besugos, que vaya usted a saber qué ha hecho el pobre pez para tener tamaña fama de torpe y necio.

La palma de esos diálogos imposibles se la llevan los chats contestados por máquinas. Asistentes virtuales, los llaman, puede que con un punto de ironía. No hay compañía que no los haya incluido en su web o aplicación, son una auténtica plaga. Y lo más llamativo es que nos los ofrecen como herramienta de ayuda, es decir, para cuando no nos ha servido el funcionamiento normal de la web o la aplicación.

Has tenido un problema, recurres al chat y le explicas lo que necesitas. No he entendido a qué te refieres, te responde el robot. Y se atreve, incluso, a ponerte ejemplos de cómo deberías hacerlo. Bien empezamos. El maldito asistente virtual te exige utilizar las palabras exactas que entiende o las preguntas concretas a las que sabe responder.

Tratas de atenerte a ellas sin desviarte ni un milímetro. Has aprendido que, si excedes las capacidades para las que está programado, caerás en un agujero negro. Recurres, entonces, a preguntas genéricas. El chat te responde esta vez sin protestar, pero te devuelve a la misma página que anteriormente no ofrecía soluciones. Genial.

Intentas de nuevo concretar lo que quieres. No he entendido a qué te refieres, responde el asistente virtual. Y te repite la lista de posibles preguntas.

Entras de ese modo en un bucle infinito. El robot es inagotable. Podría pasarse horas y horas repitiendo lo mismo. Tú aguantas mientras te dura la paciencia, hasta que, desesperado, te rindes y lo dejas.

Pero resulta que la máquina es educada y se pretende simpática: se despide deseándote un buen día y lanzando un ¡ánimo, ya falta menos para el viernes!

¡Hasta aquí hemos llegado! Te puede la mala leche y le largas: muy graciosa, máquina inútil. A lo que vuelve a contestar: no he entendido a qué te refieres, y te propone otra vez la lista de cosas que sabe hacer. ¡Arggg…! ¡Entre las cosas que sabe hacer no está la de facilitarte la vida, eso seguro!

Repetir siempre lo mismo, incapacidad para salirse de lo programado, no saber responder a preguntas fuera de guión, no entender al interlocutor, no aceptar matices… ¡Joder, debo de tener alguna tara, porque estas características me recuerdan cantidad a las de muchos políticos actuales!

No, si al final va a resultar que la mayoría de nuestros políticos han sido abducidos por algún poder extraterrestre y están siendo reemplazados por robots replicantes.

Un comentario

Deja un comentario