
Llamativa la imagen de Trump asomado a un balcón de la Casa Blanca junto a alguien disfrazado de gigantesco conejo de peluche, el Conejo de Pascua, símbolo de una fiesta de celebración de la primavera muy popular en Estados Unidos.
Ver a adultos bien entrados en años representando papeles tan infantiles me ha provocado, desde siempre, cierta vergüenza ajena. La fotografía me parece más propia de una visita privada a Disneylandia que del acto oficial de un jefe de estado. Pero, bueno, puede que el raro sea yo. Este tipo de escenificaciones se están haciendo cada vez más habituales. Igual es que no tengo instaladas las últimas actualizaciones cerebrales.
Además, debo puntualizar -por contextualizarlo- que el posado fotográfico forma parte de una función destinada a los críos que se ha convertido en tradición de la Casa Blanca. Y que, desde hace años, junto a similares conejos cabezones han posado todo tipo de presidentes, desde Ronald Reagan a Joe Biden, pasando por George Bush, Bill Clinton o Barack Obama. No se ha librado ni dios.
Lo novedoso, lo que diferencia a Trump de los otros, es que utilizó el infantil festejo para anunciar tres días de luto por la muerte del Papa Francisco y aprovechó, de paso, para vendernos el mensaje de que la religión está de regreso a Estados Unidos.
Empezando por esto último, la verdad es que no acierto a comprender cuándo y a dónde se marchó la religión de un país que, por poner un solo ejemplo, ha seguido y sigue enseñando el creacionismo bíblico como si fuera la verdad en las escuelas de varios estados.
Y sobre lo de proclamar el luto oficial junto al grotesco conejote mientras las criaturas buscan huevos de chocolate por los jardines de la Casa Blanca… pues ¡qué queréis que os diga! Me parece confundir el culo con las témporas1. Y nunca mejor dicho: alguien que invita continuamente a que le besen el trasero igual es porque está tan confuso que cree tenerlo cerca de la cabeza. Es, como poco, una prueba de mal gusto. Claro que la buena educación no ha sido nunca un punto fuerte de Trump. Ni la estética. Ni la ética.
El conejo como síntoma. Todo un señor presidente explotando una foto que pretende ser simpática junto a un conejo orejón. Una imagen pueril, una ilustración más del creciente infantilismo que reina en nuestros días. Un fenómeno que no se limita al mundo de la política: se extiende al conjunto de la sociedad y alcanza a las ideas de uso común, cada vez más más simplonas, reduccionistas, maniqueas…
Hollywood, la locomotora de la industria cultural de los Estados Unidos, es un buen termómetro para medir esa evolución. Desde Sed de mal (1958) hasta Barbie (2023) hay un largo trayecto. Ahora, la mayor parte de su producción está dedicada a películas y series de mamporros, persecuciones, explosiones… Pretenden mantener nuestra atención a base de una continua sucesión de impactos. Un espectáculo terriblemente superficial. Son tan reiterativas y simplonas que acaban por aburrir al adulto más pintado. Y ahí tenemos la guinda de la tendencia: la abundancia de películas de superhéroes.
Ciertamente, los superhéroes han cambiado: en la actualidad hay entre ellos representantes de todo tipo de diversidades, sean estas raciales, sexuales, de edad, físicas o psicológicas. Pero el contenido, ¡ay!, sigue siendo el mismo de siempre: la lucha de trazo grueso entre el bien y el mal.
La vida es mucho más compleja. También la política, en consecuencia. Resulta que, muchas veces, los bienes se contraponen entre sí. La libertad, por ejemplo, puede entrar en colisión con la seguridad (otro bien, digo yo). O nos vemos obligados a limitar algún bien para proteger otro: en la pandemia, sin ir más lejos, se restringieron ciertas libertades básicas para priorizar la salud pública. Incluso en ocasiones, y por mucho que nos pese, la única opción que nos queda es acertar eligiendo el menor de los males posibles. En la vida real la casuística es variadísima y los ejemplos, interminables.
Para la mente infantil, los argumentos que justifican sus actos se reducen fundamentalmente a dos: es que yo quiero y es que yo no quiero. Esta manera de razonar está muy presente también entre adultos cuando se absolutizan valores, se cierran los ojos ante otros contrapuestos (y positivos) o se prescinde de cualquier matiz. Yo quiero, yo no quiero: ante los propios deseos carecen de valor las condiciones materiales, las voluntades ajenas, o el reino de lo posible.
Cuando la realidad los asusta o no les gusta, los críos se tapan los ojos. Se sienten así protegidos, como si con ese sencillo gesto consiguieran hacer desaparecer el mundo exterior que los amenaza.
Ojos que no ven, corazón que no siente, decimos. A veces es mejor no saber.
Pero, aunque nos neguemos a verla, la realidad sigue ahí. Caminando a ciegas corremos el riesgo de chocar contra cualquier obstáculo y acabar por rompernos la crisma.
1Las témporas, en este caso, son las sienes. Con la misma procedencia del latín, llamamos temporales a los huesos de ambos lados de la cabeza.
[…] mantener la atención ante estas maniobras tan perversas y ,sobre todo, ante la aparición de nuevos salvapatrias ( MAGX…) porque la seguridad que prometen solo garantiza la suya […]
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