La izquierda, en el diván

No creo necesario dar un aluvión de datos para concluir que las derechas extremas están viviendo una época de esplendor. En la pequeña parte del mundo gobernada por regímenes que podríamos llamar democráticos, la ultraderecha ha ganado las elecciones y alcanzado el gobierno en varios países, amenaza con hacerlo en otros cuantos, y marca la agenda política en la mayoría.

Las consecuencias del auge de la derecha radical -o de las diferentes derechas radicales, siendo más preciso- son aún difíciles de medir. No sabemos hasta dónde podrían llegar. Pero lo que parece indudable es que el ambiente social está cambiando, se está tensionando, se están forzando muchas costuras sociales, se llegan a cuestionar principios democráticos básicos que creíamos firmemente asentados.

Como reacción, se ha abierto un amplio debate sobre qué podríamos y/o deberíamos hacer.  En él está implicado el conjunto de sectores que defienden la democracia, pero la discusión es más intensa en la izquierda. Y no por casualidad: son las corrientes que más están acusando el desgaste.

El mero hecho de abrir el debate me parece positivo. Supone, en cierta medida, reconocer que algo no ha funcionado bien desde hace tiempo, cuestionar algunas inercias y modos de actuar del pasado…

Lo complicado, lo más difícil, es que nos sirva de algo. El peligro evidente es que volvamos a asistir a la repetición de lo que cada cual viene diciendo desde hace años. Es difícilmente evitable, la verdad. Todos nos repetimos. Yo también, por supuesto.

Los cambios radicales solo ocurren en las fábulas. Pablo de Tarso, un judío del grupo de los fariseos, se cayó del caballo y pasó de perseguir cristianos a hacerse un fervoroso creyente. Una historia atípica, porque lo más común es que sigamos cabalgando, incluso cuando el caballo ha dejado de existir hace muchísimos años. Sobran los ejemplos.

Más allá de las creencias, las identidades o las fidelidades de grupo, si queremos que la discusión progrese, debería fundamentarse en el esfuerzo por tratar de conocer mejor la realidad y las enormes transformaciones que se han venido produciendo en el mundo en las últimas décadas. Y empezar por aclarar qué entendemos por izquierda.

Sin entrar en profundidades, llamo izquierda a las corrientes que apuestan por la igualdad entre los seres humanos por encima de todo tipo de barreras -sociales, de sexo, de género, de etnia…-, que propugnan un mejor reparto de la riqueza, no abandonar a nadie a su suerte, fomentar la colaboración social como mejor método para enfrentar los problemas…

Y, entre las balizas fundamentales que marcan el territorio de la izquierda, subrayo tres que la ofensiva ultra ha señalado como objetivos a batir:

-La defensa de la democracia frente a una ultraderecha que quiere sacrificarla en nombre de valores superiores (la constitución destruye la nación, dicen).

El sostenimiento y perfeccionamiento del estado y de los servicios públicos. La ultraderecha -y la derecha no tan ultra- apuesta por privatizar los sistemas de salud, educación o pensiones. Y una parte de ella, los  anarcocapitalistas principalmente, hasta las policías, los ejércitos, las cárceles…

-El impulso a uniones, alianzas, estructuras o instituciones supranacionales que ayuden a gobernar y encauzar la globalización. Dinamitarlas, como pretenden las ultraderechas nacionalistas tipo Trump, es dejar libre el terreno a las grandes corporaciones y poderes mundiales. La izquierda del siglo XXI será global o no será.  

Un viejo amigo solía poner como metáfora de la situación de las izquierdas la extinción de los dinosaurios. Los dinosaurios dominaron la tierra durante 160 millones de años, ahí es nada. Erupciones volcánicas, caída de meteoritos, sus impactos en el clima global… fueran las que fuesen las causas exactas, lo cierto es que el medio natural cambió radicalmente. Los dinosaurios no pudieron adaptarse a esa mutación acelerada y desaparecieron.

El cambio radical del mundo en las últimas décadas ha sido la globalización. Un fenómeno no solo económico, ligado al libre comercio y al intercambio de mercancías entre países muy alejados: tiene también vertientes culturales, sociales, ideológicas… Vivimos ya en un solo mundo a muy diferentes efectos.

Una parte sustancial de la producción se ha desplazado a países en los que la mano de obra es mucho más barata; los capitales se mueven por todo el planeta en busca de los puntos donde reciben un servil trato de favor; las compañías multinacionales -las grandes tecnológicas a la cabeza- han alcanzado dimensiones y poder descomunales… El mundo se ha convertido en un único tablero, sí, pero un tablero muy inclinado a favor de los que más tienen: están forzando la competencia a la baja para conseguir trabajadores a precio de saldo o para reducir -o suprimir- los impuestos que pagan.

El universo digital se ha expandido hasta englobarlo y devorarlo todo. La red es omnipresente. Las tecnológicas espían y controlan cada paso que damos, actividades que serían absolutamente ilegales realizadas por una persona física. Utilizando esas informaciones nos convierten en nuestros propios agentes comerciales, nos empujan a una continua pulsión consumista, y hasta se permiten el lujo de personalizar los precios cobrándonos más por lo que más necesitamos.

La red es un instrumento útil para propagar bulos y mentiras sin  control. Pero su impacto va mucho más allá: le vende a cada uno la ilusión de ser el centro del universo, lo recluye en su burbuja, protegido frente a cualquier información u opinión que le pueda perturbar. Contribuye a una simplificación brutal del pensamiento. Fomenta un individualismo feroz, eliminando intermediarios entre cada ciudadano y el gran hermano global. Se va extendiendo así la figura del ciudadano-tirano, ese que piensa que el universo al completo debe de estar a su servicio y es incapaz de escuchar a quienes tienen intereses u opiniones diferentes de los suyos.

No voy a extenderme más sobre los efectos de la globalización. Lo dejo en estos brochazos.

Lo que me interesa resaltar es que los estudios sociológicos confirman que se está abriendo un foso entre las fuerzas de izquierda y las preocupaciones y aspiraciones de las clases bajas y un buen sector de las medias. La ultraderecha amenaza con ser -o lo es ya en varios países- la opción preferida entre las capas trabajadoras y los que menos tienen. Un fenómeno que hemos visto crecer en Francia desde hace años -los bastiones comunistas pasados al lepenismo- y que alcanza ahora, en diversos grados y medidas, a buena parte del mundo.

Esos mismos estudios de sociología electoral nos dicen que una parte de la izquierda -sobre todo la teóricamente más extrema- se ha convertido en una opción de clases medias urbanas con cierto nivel de estudios. Un tema que merecería por sí mismo una profunda reflexión.

La deslocalización de buena parte de la producción industrial ha contribuido a que las concentraciones obreras -y sus organizaciones sindicales- hayan perdido peso en el primer mundo. Las clases trabajadoras están aquí y ahora mucho más fragmentadas. La precariedad en el trabajo -aumentada por la espiral de las redes- fomenta el sálvese quien pueda y complica cualquier acción colectiva. La base social tradicional de las izquierdas se ha fracturado y debilitado.

Datos ciertos, pero que hacen más imprescindible aún el intento de volver a tomarle el pulso a la sociedad, de conectar con sus problemas y preocupaciones reales.

De comprenderla y de lograr, de paso, hacernos comprender: es demoledor escuchar a gente sencilla decir, refiriéndose a los líderes ultras, que a esos sí que se les entiende.

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Replica a Izquierda (el futuro de la), por V. Huici Urmeneta – Javier Eder Cancelar la respuesta