El Gran Hermano educativo

Hubo un tiempo en el que creímos que la informática nos ayudaría a reducir considerablemente las tareas burocráticas. Los ordenadores podrían realizar muchas funciones mecánicas y nos descargarían así de un montón de trabajos rutinarios.

Nada más lejos de la realidad. La informática, pese a proporcionar herramientas muy útiles -o precisamente por eso-, nos ha condenado a la multiplicación de tareas.

Es un misterio por qué ha sido así. Para mí, al menos. La burocracia parece gozar de vida propia y tener un insoportable horror al vacío. Su objetivo aparente es crecer y multiplicarse, hincharse añadiendo más y más trámites. Y la informática le ha abierto una ventana de oportunidad. Las posibles deficiencias de un papel se subsanan con más papeles; las de un informe, con informes adjuntos. Los impresos a rellenar se reproducen como setas en otoño hasta alcanzar el límite de lo posible, es decir, hasta llegar a ocupar todo el tiempo y el espacio disponibles. Desde Bruselas al ayuntamiento más remoto, el papeleo ha crecido exponencialmente.

Es comprensible que el personal de muchos y diversos ámbitos y pelajes ande agobiado con tanta burocracia. Uno de esos sectores es, sin duda, la enseñanza. El malestar del profesorado -más que harto de dedicar buena parte de su tiempo al desmedido papeleo- lleva años haciéndose notar.

Intentando mitigar el descontento -o aprovechando la ola, vaya usted a saber- el Departamento de Educación del Gobierno Vasco ha propuesto utilizar la inteligencia artificial para aliviar tareas burocráticas.

La verdad es que a uno -el gato escaldado del agua fría huye- le mosquea el mero anuncio.Ya conocemos lo que nos ha traído la informática. Sabemos también que la inteligencia artificial es capaz de redactar en cuestión de segundos informes de cientos de páginas. Podría generar una sobreproducción tan exorbitante de escritos que no habría tiempo material para leerlos, aunque la humanidad al completo se dedicara en exclusiva a ello. ¿Que entonces serían perfectamente inútiles? Vale, evidente. ¿Pero alguien me podría explicar para qué sirve una buena parte de los papelotes que nos obligan a rellenar?

Además de proclamar sus intenciones, el Departamento de Educación del Gobierno Vasco se ha atrevido a poner un ejemplo práctico: grabar las clases para que sea luego la inteligencia artificial la que redacte los pertinentes informes en los que se valore el nivel de cumplimiento de los objetivos y directrices marcados por el Departamento y sus técnicos. El ejemplo se refiere al uso del euskara -lo que toca muchas fibras sensibles-, pero con idénticos argumentos se podría extender a cualquier otra actividad, materia u objetivo educativo.

Ya puestos, podemos imaginar unos centros escolares trufados de cámaras para que ni que un solo rincón escape a su control: aulas, pasillos, patios, talleres, comedores… Todo el centro convertido en un enorme plató donde se graban versiones multitudinarias del Gran Hermano educativo, con miles de implicados tomando parte en él a la fuerza.

Los actos humanos se modifican en función de interlocutores y contextos. Delante de una cámara, al sabernos fotografiados o grabados para la posteridad, todos actuamos de manera diferente: adaptamos el lenguaje, cuidamos movimientos y gestos… posamos. Nos convertimos, de alguna manera, en actores. Es inevitable que el ojo de la lente altere la realidad.

Ante las cámaras omnipresentes, las tareas escolares se transformarían en una continua representación, en un teatrillo en el que el objetivo central sería dar bien en la pantalla. Un ejercicio agotador. Posturas, ademanes y voces al servicio de lograr la imagen deseada. Otra contribución más al cultivo de la superficialidad, de las apariencias, del postureo… o de la hipocresía. Y esta vez impulsada desde el ámbito educativo.

Hoy por hoy, la inteligencia artificial -aunque se le coloque el adjetivo de generativa– lo que sabe hacer es recoger información y aprender patrones y estructuras para luego fabricar otros de características parecidas. En el caso que nos ocupa, no serviría para valorar si las instrucciones del Departamento de Educación son o no adecuadas. Su labor se limitaría a comprobar si estas se ejecutan.

Y esa función sí que la podría cumplir a rajatabla, porque nada escapa al ojo de la cámara. Permitiría un control total, absoluto, permanente, continuo. En toda ocasión y respecto a cualquier materia. Los informes de la inteligencia artificial podrían no solo constatar la lengua que utilizamos en cada instante, sino extenderse a muchos otros aspectos: evaluar si damos en todo momento la respuesta precisa y apropiada -por su contenido o emocionalmente-, si usamos los términos que consideren correctos, si nuestros gestos y tono de voz son los convenientes…

Como toda obra humana, las directrices y objetivos que marcan los técnicos del Departamento de Educación o las leyes que rigen al respecto son siempre incompletas, discutibles, mejorables… además de estar mediatizadas por la ideología. Ninguna norma puede abarcar la complejidad de la realidad, por lo que necesita dejar cierto margen a la interpretación para adaptarse mejor a los innumerables terrenos grises de lo real. Es de una soberbia inaudita pretender que solo hay una manera correcta, exacta hasta en sus mínimos detalles, de desarrollar y aplicar las normas. Y desprende cierto aroma totalitario intentar imponer y controlar el cumplimiento riguroso de esa mirada única decidida por la autoridad.

Entre el universo que describe Orwell en su novela 1984 y la propuesta del Departamento de Educación hay paralelismos inquietantes. En la novela, se vigila continuamente si lo que hace cada cual es acorde con la ideología y mandamientos del poder, el control que ejerce la Policía del Pensamiento es absoluto, se persigue y anula cualquier discrepancia… la tecnología, al servicio del Partido y del Gran Hermano.

La sociedad distópica que dibuja 1984 es una crítica al estalinismo. El Partido que aparece en la novela es una caricatura extremada de los viejos partidos comunistas. En Euskadi, sin embargo, hablar de El Partido -en singular y con mayúsculas- es hablar del PNV, el partido de la actual Consejera de Educación.

No pretendo, ni mucho menos, sostener la comparación. Sería excesivo. Lo me parece inquietante es que a alguien con responsabilidad en la administración se le haya ocurrido una idea tan peligrosa y que nadie, desde la propia Consejería, haya salido de inmediato a desautorizarlo. O que no haya habido dimisiones por proponer tamaña barbaridad. O, lo peor de todo, que nos quede la impresión de que algunos piensan que basta con invocar al euskara para que cualquier cosa les esté permitida.

Stephen Hawking llegó a decir que la inteligencia artificial es una amenaza para la supervivencia de la humanidad. Más tarde, en octubre de 2016, en una entrevista para la BBC, lo matizó afirmando que el surgimiento de la poderosa inteligencia artificial será lo mejor o lo peor que le haya pasado a la humanidad. Todavía no sabemos cuál.

En esas seguimos. No sabemos de qué lado caerá la moneda. Incluso es posible que, como tantas otras veces, caiga de canto. Nos jugamos muchísimo con los desarrollos y usos de la inteligencia artificial.

Por si acaso, conviene decir bien alto y claro que ponerla a vigilar, controlar y evaluar (¡a juzgar!) a seres humanos, además de ser una absoluta necedad, abriría un melón extremadamente peligroso.

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