Noche de verano. Tregua del sol y del fuego. Al son del coro de grillos bailan murciélagos gráciles, trazos negros sobre el negro, visto y no visto en el aire.
Noche sin luna. Perfume de sombras, tomillo, jara y romero, aroma de hierba seca. Fragancias de lo profundo, esencia pura del sueño.
El tiempo se ha adormecido. Agostada, ahora descansa la tierra.
En el firmamento, millones de estrellas emiten su luz. Nítida llega. Aquí, hoy, ahora. Cierto.
De entre ellas es probable que algunas estén ya muertas. Se apagaron poco a poco o estallaron en sideral cataclismo: el colapso, luz intensa, luego… nada. Al final, estrellas muertas, muertas son, muertas ahora en su ahora.
Pero en la límpida noche, tibia, huele a verano, sigue alumbrando su luz, asombra aún su belleza.
La presencia de lo ausente. La actualidad del pasado. Recuerdos. Huellas.