¡Ho-ho-ho-hó!

¡Ding dong! Sonó alegre el timbre de la puerta.

Flor, como había tomado por costumbre desde hacía un par de meses, acudió corriendo a abrir. Zancada torpe, equilibrio inestable, dando bandazos, todavía le costaba mantener la línea recta en la carrera. Sacó la lengua y reunió todas sus fuerzas para hacer girar la manilla al impulso de sus muñecas. Al ver que la cerradura obedecía, sonrió satisfecha. ¡Ya está! Empujó después la hoja de la puerta, que se abrió en un ángulo de noventa grados. 

Ahí fuera estaba un gigante, un coloso en rojo y blanco. A duras penas le llegaba a la cintura. Desde su escasa estatura lo miró moviendo el cuello hacia lo alto. Los zapatos marrones no reclamaron su atención. Más arriba, pantalones colorados, casaca del mismo color con remates blancos en la botonadura, el bajo y los puños; cinturón negro apretando su gruesa panza… Un gorro rojo le cubría el pelo, blanco según proclamaban los mechones que sobresalían por los costados. Apenas se le veía el rostro, oculto tras espesas cejas y larga barba, blancas también las unas y la otra. Y, lo más importante, lo definitivo a los ojos de Flor: llevaba un abultado saco a la espalda.

Se lo quedó mirando, la boca abierta de admiración. 

-¡Santa Claus! -gritó luego alborozada mientras se abrazaba a sus piernas.

-¡Ho-ho-ho-hó! -contestó el barbudo, dando a su réplica una entonación musical.

-¡Regalitos! ¡Regalitos! -le llenó de babas los pantalones al pretender besarlo.

-¡Ho-ho-ho-hó! ¡Ho-ho-ho-hó! Regalos sí, muchos regalos, pero solo para los niños que se hayan portado bien. ¿Cómo te has portado tú, Flor? -dejó el saco en el suelo, tomó a la niña en brazos y la puso a la altura de su cara.

-¡Muy bieeeen!

-No sé, no sé. Me ha dicho un pajarito que a veces has sido desobediente, que a tus padres…

-¡Noooo! -le interrumpió la niña. Se le torció el gesto, como si lo oscureciera una nube negra-. ¡Buena, buena, he sido muy buena!

-Sí, sí, buena… ¡buena pieza! ¡Ho-ho-ho-hó!

Flor bajó la cabeza. No supo qué contestar. A falta de palabras, estuvo a punto de echarse a llorar.

El gigantón vestido de rojo debió de percatarse, porque recogió velas al instante:

-Bueno, bueno… Si me prometes que de ahora en adelante… Tus padres te quieren mucho y…

-Sí, sí -no le dejó terminar la niña-. Voy a portarme bien. Seré muy buena. ¡Muchííísimo!

-Vale, vale. Pues entonces… -depositó a la cría en el suelo. Hizo un gesto como si fuera a abrir el saco, pero se interrumpió de pronto. Alzó la vista. En la mitad del pasillo un niño, dos o tres años mayor que Flor, lo miraba con aparente desconfianza.

-¡Pero mira a quién tenemos aquí! ¡Tu hermanito! ¡Acércate! ¡No seas tímido!

El crío continuó inmóvil. En lugar de acudir a la llamada, volvió la vista hacia atrás, como si buscara protección: unos metros más allá, en la puerta de la sala, se encontraba su hermana mayor. Sus miradas se cruzaron. Los tres hermanos escalonados, unidos por una recta imaginaria, como figuras de un futbolín ensambladas en la barra. Flor, encantada, al lado del gigante; Iker a mitad del pasillo, mirando receloso; la hermana mayor -Alba- al fondo, junto al salón, con gesto serio.

Algo sorprendido por la reacción de los niños, el hombre de rojo trató de volver a tomar la iniciativa. Avanzó por el pasillo bamboleándose, su enorme panza parecía estorbar sus movimientos.

-Iker, te llamas Iker, ¿verdad? Eso ponía en la carta.

Se acercó al niño y le acarició el pelo intentando congraciarse con él.

-No seas tímido, Iker. Sé que este año te has portado de primera, que has sacado buenas notas… Te mereces los regalos que te he traído…

Lejos de tranquilizarse, Iker rehuyó el contacto y corrió a refugiarse detrás de su hermana mayor, que abrió los brazos en un gesto protector, como si quisiera cerrar el paso a alguna amenaza.

El hombre resopló inquieto. Flor lo tomó de la mano:

-Es muy vergonzoso, Santa, muy vergonzoso. Vamos a la sala, dame los regalitos. En un rato se le pasa. Ya verás.

Se dejó llevar hasta el salón, el saco sobre sus espaldas. En un movimiento casi acompasado, Iker y su hermana se fueron retirando hacia el fondo de la habitación. La pequeña se detuvo sobre una alfombra en el centro de la estancia.

-¡Mis regalitos! ¿Qué me has traído? -le dijo-. ¡Dame, dame! ¡Quiero jugar!

El gigante suspiró. Miró a los dos mayores, abrazados, probablemente asustados. No era como se lo había imaginado. ¿Qué podía hacer? Lo más sensato era hacerle caso a Flor, darles tiempo. Depositó el saco sobre la mullida alfombra. 

La niña se había sentado allí. Empezó a aplaudir con sus minúsculas manitas:

-¡Regalitos, regalitos, Navidad!

El hombre desató la cuerda que lo cerraba y abrió el saco:

-¿Qué tenemos aquí? -trató de animarse engolando la voz- ¿Qué tenemos aquííí?

Metió la mano hasta el codo, como si tuviera que revolverlo todo para dar con lo que buscaba. Sacó un paquete envuelto en papel de regalo, decorado con una cinta dorada. La niña se lo arrancó prácticamente de las manos. Apartó la cinta y rasgó el envoltorio con cierta dificultad.

-¡Un puzzle! ¡Ho-ho-ho-hó! -canturreó el hombre.

Flor depositó la caja de cartón sobre la alfombra y levantó la cabeza de inmediato. El gigante de rojo creyó leer en sus ojos cierta decepción. Se apresuró a sacar otro paquete del saco:

-¡Tachán-tachán…! ¡Ho-ho-ho-hó! ¡Otro regalo para la niña buena!

Bajo el envoltorio apareció esta vez un libro. La niña se limitó a mirar unos segundos la portada y lo dejó sobre el papel en el que venía envuelto. Era un cuento desplegable, al abrirlo se irían alzando los animales y plantas de una espesa selva. El hombre de rojo dudó si mostrárselo. Pero, en lugar de hacerlo, respiró hondo y volvió a meter la mano en el saco:

-¡Tachán-tachán…! ¡Ho-ho-ho-hó! ¡Magia potagia! ¿Qué saldrá ahora?

Al rasgar el papel, apareció un caballito de madera, un potro a manchas negras y blancas con largas crines y una estrella sobre la testuz.

-¡Caballito, caballito! -aplaudió la niña riéndose ruidosamente.

Cogió el juguete con su mano derecha y, caminando a cuatro patas, lo paseó sobre la alfombra, haciéndole dar saltos mientras imitaba los sonidos del galope y los relinchos.

El gigante de rojo suspiró aliviado. Dirigió la mirada al fondo de la sala. Ahí seguían abrazados Iker y Alba. Al menos se había ganado a Flor.

-¡Caballito, caballito! -Flor lo obligaba a dar saltos hasta la altura que le permitía su brazo-. ¡Al bosque, caballito al bosque!

La pequeña abandonó la alfombra con su juguete en la mano y siguió por el salón hasta la puerta de la terraza. La empujó, se abrió y continuó fuera con su juego. El caballo de madera galopaba por encima de unas jardineras, entre flores de pensamiento que hacían las veces de árboles.

El hombre la siguió con la mirada. Se agradecía el sol de invierno. No hacía demasiado frío. Suspiró resignado. ¡Que jugara donde quisiera!

Mientras pensaba cómo actuar con los hermanos mayores, oyó gritar a Flor desde la terraza:

-¡El caballito, el caballito!

Acudió en su auxilio. Enseguida se percató de lo ocurrido. El caballo de madera se le había escurrido de la mano, se había caído por fuera de la barandilla de la terraza y se había quedado depositado sobre la cercana cornisa. La niña lloraba con estrépito, mientras metía la mano entre los barrotes tratando de alcanzar el juguete.

-¡El caballito, el caballito!

Aquello podía ser peligroso. ¡Lo que faltaba!

-¡No, Flor, déjalo! ¡Ya me ocupo yo!

Intentó calmar a la niña con un gesto, la apartó, ocupó su lugar y estiró el brazo todo lo que fue capaz, tratando de alcanzar el juguete. Consiguió tocarlo con la punta de los dedos, pero desde allí sería imposible agarrarlo. Flor seguía berreando junto a él, desconsolada.

-¡El caballito, el caballito!

Tenía que hacer algo. Si pasaba al exterior… total, podría agarrarse firmemente a la barandilla. Sería solo un momento. La niña se calmaría y se convertiría en un héroe a sus ojos.

Pasó una pierna por encima. No era para tanto. Con las manos aferradas con fuerza a la barra superior, pasó luego la otra. Ya estaba fuera. ¡Cuidado, mucho cuidado! La cornisa estaba húmeda y era un sexto piso. Poniendo toda su atención en no soltarse, se agachó para coger el caballito. Ya estaba, lo tenía en su mano. Ya solo faltaba…

Un golpe brutal le hizo crujir los dedos de la mano con la que se sujetaba. Se le soltaron en un movimiento reflejo. Alguien le empujó con la fuerza suficiente para que resbalase sobre la cornisa y se desplomara al vacío. Seis pisos de vuelo rápido hasta reventar contra el embaldosado.

Alba se asomó y miró hacia la calle: una mancha roja sobre la acera. Imposible distinguir la sangre, en el caso de que la hubiera. Dejó el tiesto en el suelo. Muy sólido, ni siquiera se había roto con el impacto contra la mano del intruso. Dirigió, ya más tranquila, una mirada a sus hermanos. Luego los envolvió en un abrazo protector. Todo el mundo sabe que Santa Claus no existe.  A saber qué querría ese pervertido que se había presentado en casa aprovechando la ausencia sus padres.

Sus padres. Estaba deseando que volvieran. Sobre todo, no recobraría la paz hasta no volver a ver a papá. ¡Es que el degenerado ese llevaba puestos los zapatos marrones de su padre! De eso estaba segura. ¿Cómo había conseguido quitárselos? ¿Le habría hecho algo malo a papá?

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