Ética para zapateros: de polvos y lodos

Podría decirse que el expresidente Rodríguez Zapatero es un ídolo caído. Termine como termine su caso, parece difícil que consiga remontar el vuelo. La derecha política -y mediática- se frota las manos. Ha venido propiciando un meticuloso escrutinio sobre su vida privada y profesional en el que se mezclan datos reales, insinuaciones, presunciones y opiniones. Un cóctel de ingredientes variados que afecta al ámbito judicial, pero también, de manera destacada, al de la opinión pública. Su imagen y reputación han quedado muy dañadas. Buena parte de quienes lo encumbraron y lo elogiaron como el mejor presidente español desde el retorno de la democracia parecen decididos a derribarlo de su pedestal o incluso a arrastrarlo por el fango.

Decepción, desilusión… No hemos aprendido que sobran los pedestales y que los dioses tienen, casi siempre, los pies de barro. Ni que sería bueno acompañar el odio al delito de la compasión hacia el delincuente. En este caso, además, hablamos de presuntos delitos. Hasta la fecha, al menos.

No entro a valorar si Zapatero ha vulnerado o no la ley. No lo sé. Tampoco soy experto en la materia. Lo que hasta ahora he leído al respecto son, en lo fundamental, relatos. Relatos contrapuestos. Afirmaciones, citas y referencias que no se acompañan de pruebas. Y unas joyas -aquí sí que hay cuerpo del delito– que encontraron investigando otros hechos, y cuyo origen no ha aclarado hasta ahora Zapatero1, a pesar de las reiteradas promesas de que lo haría.

Relato contra relato, tomar partido de uno u otro lado está más bien ligado a la simpatía o antipatía hacia el personaje. El Zapatero, yo sí te creo es producto de la cercanía, de la confianza. Expresa, sobre todo, el deseo de que sus afirmaciones respondan a la verdad y salga bien librado. Del mismo modo que el Zapatero miente está guiado por todo lo contrario.

Lo que cada cual desee, crea o deje de creer, no es relevante. Somos muy libres de proclamarlo a los cuatro vientos, pero lo que vale, tanto judicialmente como en un debate serio, son las pruebas y los datos. Y nadie debería ser condenado sin pruebas, aunque casos bien recientes nos avisen de que no siempre sucede así.

Dejo de lado el apartado judicial. Me voy a limitar a tratar de analizar algunos aspectos del caso Zapatero desde un punto de vista ético. Un intento nada sencillo.

La izquierda suele asociarse a ciertos valores morales y sociales: la cooperación entre seres humanos, la solidaridad, la búsqueda de la igualdad en todos los planos… Me parece que, desde esa óptica, colocar el enriquecimiento personal en el centro no conjuga bien con ellos.

Si la búsqueda del excesivo enriquecimiento personal es mirada con sospecha, aún está peor visto elegir ciertos caminos para alcanzarlo. Que un expresidente aproveche su agenda para facilitar contactos entre las empresas y los responsables de la administración pública que deben tomar decisiones que les afectan no es precisamente estético. No entro, ya lo he dicho, en su legalidad o ilegalidad. No es lo mismo tratar de influir sobre una decisión política -lo hace todo grupo social- que el tráfico de influencias, aunque las fronteras entre una cosa y otra sean, en ocasiones, bastante difusas. Lo que me interesa subrayar es que esas actividades empresariales despiertan desconfianza. Y como la labor de los grupos de presión, de los lobbies, sigue sin regularse en este país, se mueven en un terreno opaco que alimenta las sospechas.

Yo puedo estar de acuerdo con el difunto expresidente de Uruguay José Mugica en que acumular posesiones materiales no es el fundamento de la felicidad humana. Vale. El énfasis del capitalismo en perseguir más y más riqueza es fuente de muchos malestares. Bien. Pero añadiría que eso es así una vez cubiertas las necesidades que permiten una buena vida. Para cada uno y para el conjunto de la población.

Discutir en qué consistirían los medios materiales imprescindibles para esa buena vida abre un melón cargado de subjetividad, íntimamente ligado a experiencias personales y sociales. No es sencillo concretar dónde poner el listón, qué consideramos necesidades humanas, cuáles son los límites aceptables de la riqueza, a partir de dónde comenzaría el exceso… Lo que puede ser superfluo para unos lo pueden considerar básico otros. Hay referentes de las izquierdas que no son ni han sido precisamente menesterosos. El mismísimo Engels, por remontarnos a otra época, era hijo del propietario de una importante fábrica textil de Manchester, de la que llegó a ser copropietario.

José Mugica, por seguir con el ejemplo, vivió en una austeridad extrema y donó buena parte de lo que poseía a las causas que eligió. ¿Ese es el modelo exigible a todos los políticos de izquierdas? Y si la respuesta fuera afirmativa… ¿Vale también para los activistas? ¿Y para los simples votantes o gentes ideológicamente afines? Porque, al poner el listón en un nivel de austeridad rayano en la pobreza, entramos en terrenos muy próximos al rigorismo moral, por no decir que nos adentramos en él. Quien se lo exige a otros debería empezar por aplicárselo a sí mismo. Y si solo obligase a los políticos y no a los ciudadanos de a pie, estaríamos usando un doble rasero, un dudoso criterio moral.

Aunque no haya ningún instrumento para medirlo con exactitud, creo que las izquierdas, o al menos un sector de ellas, se han contagiado de rigorismo moral. Han ido extendiendo detallados y exhaustivos mandatos sobre lo bueno y lo malo a todas las esferas de la actividad humana. El lenguaje, las relaciones personales, el trabajo, la alimentación, el consumo, el ocio, los viajes, los gustos, la cultura… Cada palabra, cada decisión, cada acto… es sometido a un minucioso escrutinio para comprobar si supera el fielato de la corrección.

Entiéndase bien lo que quiero decir. No discuto -en absoluto- que deba haber coherencia entre las ideas de cada uno y su forma de vivir. Ni que sea despreciable el grano de arena que pueda aportar cada cual en sus prácticas diarias.

Hablo de rigorismo moral. Una severidad excesiva. La aplicación estricta de normas y principios para todo, sin matices ni excepciones. El olvido o el desprecio de las circunstancias y contextos de cada caso. Los juicios inflexibles sobre lo que es correcto y lo que no, rechazando cualquier otra posible interpretación. Esta rigidez viene acompañada, como ocurre siempre en este tipo de tendencias, de un batallón de moralistas dedicados en cuerpo alma a señalar y denunciar cualquier vulneración de las normas.

Igual se entiende mejor lo que quiero decir con un ejemplo. Está tomado de una serie inglesa. Elijo que no sea real para evitar discusiones sobre las circunstancias de personas de carne y hueso. Una periodista es sometida a chantaje: tienen una foto suya disfrazada de la princesa Pocahontas y la amenazan con publicarla. Cede al chantaje y la obligan a cometer diversas maldades, porque si se difundiera la fotografía -piensan los chantajistas y asume ella-, estaría acabada su carrera. El caso reúne todos los ingredientes: una banalidad convertida en mal absoluto, la interpretación obligatoria del hecho como una afrenta a los pueblos originarios, la condena al destierro social de quien lo ha cometido… Ya digo que es ficción. Pero si lo usan los guionistas es porque resulta creíble. En Inglaterra, al menos. Aquí no hemos llegado aún tan lejos, aunque haya gentes empeñadas en empujarnos por ese camino. Recuerdo la encendida y reciente polémica cuando cierto político se pintó la cara de negro en un desfile navideño.

El ejemplo viene también como anillo al dedo para destacar que una severidad tan acentuada acaba inevitablemente centrándose en lo superficial, en fórmulas, en ritos y eslóganes. Porque lo superficial es comprobable, controlable… Y las ideas de fondo, por el contrario, son escurridizas, complejas, discutibles… El moralista busca señalar el mal con su dedo inflexible, no enredarse en un debate.

El rigorista tiende a hacer un único paquete con la falta y quien la comete. Le cuesta diferenciar entre delito y delincuente. No se limita a condenar actos que se desvían de lo recto, sino que sentencia por entero a quien juzga culpable, incluyendo sus obras pasadas, presentes o futuras.

Sin entrar en valoraciones éticas o políticas de los gobiernos de Zapatero, me parece interesante refrescar la memoria con algunas de sus medidas y leyes. Entre las medidas, la retirada de las tropas de Irak, la negociación con ETA y su tortuoso final, el estatuto de autonomía para Catalunya, la creación de la UME… Entre las leyes, las de Matrimonio Igualitario, Igualdad, Memoria Histórica, Dependencia, la de plazos sobre el aborto, el divorcio exprés…

Al segundo gobierno de Zapatero se lo llevó por delante la crisis de 2007-2008. Una crisis nacida en el sector financiero USA -las hipotecas subprime, el colapso de la burbuja inmobiliaria…- que acabó extendiéndose por todo el mundo y afectando a la economía real. Conviene recordar que Zapatero se resistió a hablar de crisis -recurrió a la socorrida desaceleración-. Y que diseñó unas políticas anticíclicas –la devolución de 400 € a 13,5 millones de contribuyentes o el Plan E- que no voy a calificar. Desde Bruselas se impuso una política de austeridad y recortes que dejó poco margen de maniobra. El profundo malestar social estalló en la protestas del 15-M. Y llegó su contundente derrota electoral.

El balance de los gobiernos de Zapatero -con sus luces y sus sombras- es historia. Lo hecho, hecho está: es imposible modificarlo. Y, sin embargo, ya ha habido voces que han mezclado el caso Zapatero con sus gobiernos, criticando actos pasados porque ya se le notaba que no era trigo limpio.

Parece demasiado pedir separar las ideas o actos de quien las expresa o protagoniza. Cuesta asimilar que la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Para dar por buena una idea no es imprescindible que quien la defienda sea un dechado de virtudes.

Los humanos, como animales sociales y grupales que somos, parecemos necesitar que las ideas o acciones se encarnen en gente que nos sirva de modelo. Ahí están los influencers o los referentes para confirmarlo.

Mientras sea así, más valdría bajar el pistón de las exigencias morales. Las redes son terreno propicio para montajes cada vez más difíciles de distinguir de la realidad. Campañas de desprestigio bien organizadas -en estos tiempos son continuas- pueden despertar dudas sobre cualquiera. En el capitalismo de la vigilancia se controla al detalle la vida de todo el mundo. Nadie es perfecto. Difícil superar un escrutinio minucioso si se hace desde una mirada rigorista.

Las tendencias rigoristas no han llovido del cielo. Tienen unas raíces muy profundas en la sociedad estadounidense. Los peregrinos del Mayflower llegaron a la costa americana decididos a levantar allí una Nueva Jerusalén. Los puritanismos han tenido un peso relevante en la conformación cultural y social de los EEUU. Y desde allí, dada su hegemonía y sus potentes aparatos culturales, el rigorismo se ha ido extendiendo a todo el mundo. En diferentes medidas y con distintas envolturas.

Por otra parte, entre las izquierdas -herederas mayoritariamente de los marxismos- no han abundado las reflexiones específicas sobre ética y moral.

Según el esquema marxista, la moral mayoritaria de cada sociedad es la impuesta por su clase dominante. Frente a la moral burguesa, la revolución socialista traería consigo la moral proletaria. Produciría un hombre nuevo, altruista, solidario, que pondría por delante el bienestar colectivo. Las nuevas generaciones –las nacidas tras la revolución- vendrán libres del pecado original, dejó escrito el Che Guevara2

Por tanto, el objetivo central -lo verdaderamente útil- sería hacer la revolución. Todo lo demás se daría por añadidura.

Partiendo de esa premisa, el bien se identifica con la causa revolucionaria; el valor supremo, con la entrega y fidelidad hacia ella. Miles y miles, millones, de militantes en todo el mundo han sido ejemplo de abnegación, priorizando las conquistas sociales sobre su bienestar personal. Pero, siendo el fin perseguido tan concluyente y decisivo, ese altruismo ha venido acompañado de una marcada tendencia a justificar cualquier medio, por brutal que sea, para alcanzarlo.

Aunque la ética esté indudablemente ligada con otros aspectos sociales -la economía, la historia, la evolución cultural, el peso de las religiones…- es también un espacio autónomo que exige análisis particulares y reflexiones propias. No abordarla en su especificidad contribuye a dejarse arrastrar a terrenos pantanosos. A cometer excesos o a pecar por defecto. A defender una línea en unas cuestiones y la opuesta en otras.

¿Ese vacío, esa falta de reflexión, tiene que ver con el avance de rigorismos entre ciertas izquierdas? ¿Y con el ímpetu prohibicionista en tantos terrenos de los herederos del prohibido prohibir de mayo del 68? ¿Y con las oscilaciones entre absolutismos y relativismos morales? Porque se dan también esos bandazos.

Llamo absolutismo moral a tomar algún bien como valor absoluto y exigir llevarlo estrictamente a la práctica, caiga quien caiga, desentendiéndose de las consecuencia negativas -a veces catastróficas- que podría acarrear su aplicación. Una postura que no toma en cuenta que un bien, muchas veces, se opone o entra en conflicto con otros bienes. Una posición, sesgada y parcial, poco acorde con la complejidad de las cosas de este mundo. Que tiende a sustituir las propuestas de acción política por la proclamación de elevados principios morales.

Los relativismos morales -y culturales- sostienen que cada comunidad tiene sus propios valores y principios, en pie de igualdad con los de cualquier otra. Ninguno sería superior a otros, ni podrían generalizarse ni considerarse universales. Claro que, si no acepásemos jerarquía alguna entre los valores, si descartáramos todo progreso moral, merecería igual calificación cortar las manos a un ladrón que enviarlo a la cárcel, sacrificar ritualmente a los enemigos que abolir la pena de muerte… Una mirada, creo yo, profundamente amoral. Los relativismos, además, contradicen la propia idea de progreso -de mejora, de perfeccionamiento-, aspiración que ha sido el cimiento sobre el que se ha levantado lo que hoy llamamos izquierda.

Desde el relativismo tampoco tendría sentido sacar a relucir la supuesta superioridad moral de la izquierda. Y sin embargo, se habla a menudo de ella. De un lado, para sacar pecho y alabarla; del otro, para ridiculizarla o denunciarla como pura y llana hipocresía. Zapatero sería un blanco perfecto de ese cruce de miradas: un discurso político igualitario y de protección de los débiles, frente a unas prácticas dirigidas a llenarse los bolsillos.

Creo que la superioridad moral de la izquierda es más que una frase hecha. Valores como la cooperación, la defensa de la igualdad, la protección para quienes la necesitan… me parecen muy superiores a sus contrarios. Contribuyen a mejorar los grupos humanos, a cohesionarlos, a que el bien crezca y se extienda a más gentes…

Quienes, desde otras posiciones, atacan esa superioridad moral suelen apuntar a aspectos de distinto calado: el moralismo de ciertas izquierdas, sus excesos, la vigilancia constante de la pureza ideológica, la hipocresía del progresista cuando su vida no es acorde con los códigos que proclama… Desde hace años, la revolución se ha ido desplazando del plano político al personal. Cuanto más estrictas sean las normas impuestas por el rigorista de izquierdas, más posibilidades hay de que él mismo las incumpla. La figura evangélica del fariseo, símbolo universal de la hipocresía, es francamente repulsiva.

Pero… volvamos a Zapatero. Me parece que ciertas prácticas del expresidente en el mundo de los lobbies, los cuantiosos fondos recibidos de grupos empresariales por labores poco transparentes, encajan mal con valores de izquierdas. Es cierto también que, en todo el mundo, son numerosos los expresidentes que han pisado esos mismos charcos. Y que solo se los cuestiona cuando son de izquierdas, porque si son de derechas esos actos parecen acordes a su ideología. Bien mirado, una curiosa distinción.

La tentación de aprovechar la agenda de contactos de un expresidente para conseguir dinero fácil debe ser poderosa. Esa coyuntura no se nos presentará jamás a nosotros, simples ciudadanos de a pie. Pero… ¿Qué haríamos enfrentados a ese dilema? ¿Renunciaríamos a un puñado de millones por principios? ¿Incluso si fuera perfectamente legal?

Como nunca tendremos la ocasión de comprobarlo, preferible no tirar la primera piedra. La tentación del dinero es poderosa. Los humanos somos contradictorios. Capaces de lo mejor y lo peor. También de la absoluta mediocridad.

Nos vendría bien una vuelta de tuerca, poner en práctica aquello de vive y deja vivir. Vivir conforme a la propia moral sin caer en la tentación -tan antipática- de descargar sobre los otros el implacable rigor moralista.

1     Con posterioridad a la publicación de este artículo, Zapatero ha declarado que fueron regalo del rey saudí, lo que añade otro elemento de crítica: además de ser una práctica sospechosa y poco edificante, contradice el código ético que aprobó su propio gobierno.
2      El Che Guevara La formación del hombre nuevo. Siglo XXI editores. 1977.


Deja una respuesta