
Hablaba en la anterior entrada sobre el rigorismo moral y el papel que juega en ciertas miradas sobre el caso Zapatero.
El rigorista tiende a hacer un único paquete con la falta y quien la comete. Le cuesta diferenciar entre delito y delincuente. No se limita a condenar actos que se desvían de lo recto, sino que sentencia por entero a quien juzga culpable, incluyendo sus obras pasadas, presentes o futuras.
Sin entrar en valoraciones éticas o políticas de los gobiernos de Zapatero, me parece interesante refrescar la memoria con algunas de sus medidas y leyes. Entre las medidas, la retirada de las tropas de Irak, la negociación con ETA y su tortuoso final, el estatuto de autonomía para Catalunya, la creación de la UME… Entre las leyes, las de Matrimonio Igualitario, Igualdad, Memoria Histórica, Dependencia, la de plazos sobre el aborto, el divorcio exprés…
Al segundo gobierno de Zapatero se lo llevó por delante la crisis de 2007-2008. Una crisis nacida en el sector financiero USA -las hipotecas subprime, el colapso de la burbuja inmobiliaria…- que acabó extendiéndose por todo el mundo y afectando a la economía real. Conviene recordar que Zapatero se resistió a hablar de crisis -recurrió a la socorrida desaceleración-. Y que diseñó unas políticas anticíclicas –la devolución de 400 € a 13,5 millones de contribuyentes o el Plan E- que no voy a calificar. Desde Bruselas se impuso una política de austeridad y recortes que dejó poco margen de maniobra. El profundo malestar social estalló en la protestas del 15-M. Y llegó su contundente derrota electoral.
El balance de los gobiernos de Zapatero -con sus luces y sus sombras- es historia. Lo hecho, hecho está: es imposible modificarlo. Y, sin embargo, ya ha habido voces que han mezclado el caso Zapatero con sus gobiernos, criticando actos pasados porque ya se le notaba que no era trigo limpio.
Parece demasiado pedir separar las ideas o actos de quien las expresa o protagoniza. Cuesta asimilar que la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Para dar por buena una idea no es imprescindible que quien la defienda sea un dechado de virtudes.
Los humanos, como animales sociales y grupales que somos, parecemos necesitar que las ideas o acciones se encarnen en gente que nos sirva de modelo. Ahí están los influencers o los referentes para confirmarlo.
Mientras sea así, más valdría bajar el pistón de las exigencias morales. Las redes son terreno propicio para montajes cada vez más difíciles de distinguir de la realidad. Campañas de desprestigio bien organizadas -en estos tiempos son continuas- pueden despertar dudas sobre cualquiera. En el capitalismo de la vigilancia se controla al detalle la vida de todo el mundo. Nadie es perfecto. Difícil superar un escrutinio minucioso si se hace desde una mirada rigorista.
Las tendencias rigoristas no han llovido del cielo. Tienen unas raíces muy profundas en la sociedad estadounidense. Los peregrinos del Mayflower llegaron a la costa americana decididos a levantar allí una Nueva Jerusalén. Los puritanismos han tenido un peso relevante en la conformación cultural y social de los EEUU. Y desde allí, dada su hegemonía y sus potentes aparatos culturales, el rigorismo se ha ido extendiendo a todo el mundo. En diferentes medidas y con distintas envolturas.
Por otra parte, entre las izquierdas -herederas mayoritariamente de los marxismos- no han abundado las reflexiones específicas sobre ética y moral.
Según el esquema marxista, la moral mayoritaria de cada sociedad es la impuesta por su clase dominante. Frente a la moral burguesa, la revolución socialista traería consigo la moral proletaria. Produciría un hombre nuevo, altruista, solidario, que pondría por delante el bienestar colectivo. Las nuevas generaciones –las nacidas tras la revolución- vendrán libres del pecado original, dejó escrito el Che Guevara1.
Por tanto, el objetivo central -lo verdaderamente útil- sería hacer la revolución. Todo lo demás se daría por añadidura.
Partiendo de esa premisa, el bien se identifica con la causa revolucionaria; el valor supremo, con la entrega y fidelidad hacia ella. Miles y miles, millones, de militantes en todo el mundo han sido ejemplo de abnegación, priorizando las conquistas sociales sobre su bienestar personal. Pero, siendo el fin perseguido tan concluyente y decisivo, ese altruismo ha venido acompañado de una marcada tendencia a justificar cualquier medio, por brutal que sea, para alcanzarlo.
Aunque la ética esté indudablemente ligada con otros aspectos sociales -la economía, la historia, la evolución cultural, el peso de las religiones…- es también un espacio autónomo que exige análisis particulares y reflexiones propias. No abordarla en su especificidad contribuye a dejarse arrastrar a terrenos pantanosos. A cometer excesos o a pecar por defecto. A defender una línea en unas cuestiones y la opuesta en otras.
¿Ese vacío, esa falta de reflexión, tiene que ver con el avance de rigorismos entre ciertas izquierdas? ¿Y con el ímpetu prohibicionista en tantos terrenos de los herederos del prohibido prohibir de mayo del 68? ¿Y con las oscilaciones entre absolutismos y relativismos morales? Porque se dan también esos bandazos.
Llamo absolutismo moral a tomar algún bien como valor absoluto y exigir llevarlo estrictamente a la práctica, caiga quien caiga, desentendiéndose de las consecuencia negativas -a veces catastróficas- que podría acarrear su aplicación. Una postura que no toma en cuenta que un bien, muchas veces, se opone o entra en conflicto con otros bienes. Una posición, sesgada y parcial, poco acorde con la complejidad de las cosas de este mundo. Que tiende a sustituir las propuestas de acción política por la proclamación de elevados principios morales.
Los relativismos morales -y culturales- sostienen que cada comunidad tiene sus propios valores y principios, en pie de igualdad con los de cualquier otra. Ninguno sería superior a otros, ni podrían generalizarse ni considerarse universales. Claro que, si no acepásemos jerarquía alguna entre los valores, si descartáramos todo progreso moral, merecería igual calificación cortar las manos a un ladrón que enviarlo a la cárcel, sacrificar ritualmente a los enemigos que abolir la pena de muerte… Una mirada, creo yo, profundamente amoral. Los relativismos, además, contradicen la propia idea de progreso -de mejora, de perfeccionamiento-, aspiración que ha sido el cimiento sobre el que se ha levantado lo que hoy llamamos izquierda.
Desde el relativismo tampoco tendría sentido sacar a relucir la supuesta superioridad moral de la izquierda. Y sin embargo, se habla a menudo de ella. De un lado, para sacar pecho y alabarla; del otro, para ridiculizarla o denunciarla como pura y llana hipocresía. Zapatero sería un blanco perfecto de ese cruce de miradas: un discurso político igualitario y de protección de los débiles, frente a unas prácticas dirigidas a llenarse los bolsillos.
Creo que la superioridad moral de la izquierda es más que una frase hecha. Valores como la cooperación, la defensa de la igualdad, la protección para quienes la necesitan… me parecen muy superiores a sus contrarios. Contribuyen a mejorar los grupos humanos, a cohesionarlos, a que el bien crezca y se extienda a más gentes…
Quienes, desde otras posiciones, atacan esa superioridad moral suelen apuntar a aspectos de distinto calado: el moralismo de ciertas izquierdas, sus excesos, la vigilancia constante de la pureza ideológica, la hipocresía del progresista cuando su vida no es acorde con los códigos que proclama… Desde hace años, la revolución se ha ido desplazando del plano político al personal. Cuanto más estrictas sean las normas impuestas por el rigorista de izquierdas, más posibilidades hay de que él mismo las incumpla. La figura evangélica del fariseo, símbolo universal de la hipocresía, es francamente repulsiva.
Pero… volvamos a Zapatero. Me parece que ciertas prácticas del expresidente en el mundo de los lobbies, los cuantiosos fondos recibidos de grupos empresariales por labores poco transparentes, encajan mal con valores de izquierdas. Es cierto también que, en todo el mundo, son numerosos los expresidentes que han pisado esos mismos charcos. Y que solo se los cuestiona cuando son de izquierdas, porque si son de derechas esos actos parecen acordes a su ideología. Bien mirado, una curiosa distinción.
La tentación de aprovechar la agenda de contactos de un expresidente para conseguir dinero fácil debe ser poderosa. Esa coyuntura no se nos presentará jamás a nosotros, simples ciudadanos de a pie. Pero… ¿Qué haríamos enfrentados a ese dilema? ¿Renunciaríamos a un puñado de millones por principios? ¿Incluso si fuera perfectamente legal?
Como nunca tendremos la ocasión de comprobarlo, preferible no tirar la primera piedra. La tentación del dinero es poderosa. Los humanos somos contradictorios. Capaces de lo mejor y lo peor. También de la absoluta mediocridad.
Nos vendría bien una vuelta de tuerca, poner en práctica aquello de vive y deja vivir. Vivir conforme a la propia moral sin caer en la tentación -tan antipática- de descargar sobre los otros el implacable rigor moralista.
1 El Che Guevara La formación del hombre nuevo. Siglo XXI editores. 1977.