¡Plandemia!

La foto está tomada en una calle de Bilbao, pero supongo que podrían encontrarse pintadas similares, salvando las diferencias de idioma, en cualquier otro lugar del mundo global en que vivimos. Activismo negacionista. Algunos de entre ellos están tan convencidos de sus creencias que se entregan a la propaganda y el proselitismo en busca de músculo social. La vieja ilusión de salvar al mundo.

En realidad, el término negacionista engloba una abigarrada constelación de pequeños grupos, muy distintos entre sí, que coinciden en rechazar lo que consideran la verdad oficial sobre la pandemia. Las políticas con las que los gobiernos de aquí y de allá han tratado de hacer frente a la covid han sido variadas, divergentes, enfrentadas a veces, y caben muchas críticas razonadas y razonables al respecto. Todo se puede matizar y discutir. Pero los negacionistas van un paso más allá: no ponen en tela de juicio medidas concretas, sino que plantean enmiendas a la totalidad.

Lo hacen en base a enfoques muy distintos: algunos son negacionistas en sentido estricto -niegan que exista la pandemia-; otros, anti-vacunas; bastantes, fundamentalistas de corte religioso o laico… Los hay simplemente cursis, como esos que escriben los abrazos también curan y nadie los receta. ¡Qué guay, oye!

Dentro de ese complejo microcosmos, creo que la consigna de plandemia ocupa un lugar central. Con el juego de palabras nos señalan lo que consideran esencial: no se entiende que una conmoción de ese calibre no haya sido causada por algún plan humano. La covid debe ser obligatoriamente el fruto de una conspiración, aunque tampoco se pongan de acuerdo sobre autores y objetivos: para unos es una estrategia china para dominar el mundo; según otros, un proyecto de Bill Gates para inyectarnos un microchip a través de las vacunas; hay quienes nos alertan de la puesta en marcha de un nuevo orden mundial dominado por potencias oscuras; para los menos grandilocuentes es tan solo una trama de las grandes farmacéuticas para forrarse… Un pescadero de la plaza donde acostumbro a comprar me informó de que respondía a un plan del Sistema (así lo llamó él) para deshacerse de miles de ancianos y aliviar así la carga de las pensiones públicas. En fin, dejémoslo aquí.

Volvamos a la realidad.

Resulta sumamente humillante que una minúscula partícula de código genético haya saltado desde los murciélagos a los seres humanos y haya conseguido, ¡ella solita!, poner patas arriba nuestra forma de vida. Los virus ni piensan, ni trazan planes, ni tan siquiera está claro que se les pueda considerar seres vivos. Pero necesitan infectar la célula huésped y usar sus componentes para hacer copias de sí mismos y, a menudo, la dañan o la matan. La covid-19 ha tomado a la especie humana como el receptáculo que necesita para replicarse. Una ofensa insoportable para los autores de tantos relatos en los que nos describimos como reyes de la creación y centro del universo. El maldito coronavirus nos devuelve a nuestro humilde rincón. Somos sumamente frágiles.

Cuando se ha cumplido ya un año desde que comenzara la pesadilla, el balance es desolador: dos millones y medio de muertos, más de cien millones de infectados, un derrumbe sin precedentes de la economía con un crecimiento brutal del desempleo y la pobreza… También los privilegiados que hemos esquivado los golpes más directos llevamos encima el peso de tanto sufrimiento. Todos estamos hartos de este vivir amputado.

Desde la más remota antigüedad, los seres humanos hemos inventado grandes relatos para tratar de cargar de sentido a lo que nos rodea. No son sencillos los caminos del conocimiento. Cualquier hecho presenta zonas de sombra; los datos son siempre incompletos; nuestros instrumentos, limitados. Acercarse a la verdad es trabajoso; alcanzarla por completo, imposible. Por eso importa poco que esos grandes relatos no encajen con la realidad o incluso que se den de tortas con ella. Sus funciones son otras: disipar el malestar de la duda, aparentar orden en el caos, proveernos de un arsenal de respuestas que recitar, dictarnos normas que regulen nuestras vidas… Así han sido las cosas y, en gran medida, siguen siendo hoy en día. ¡El que esté libre de grandes relatos balsámicos que tire la primera piedra!

Por eso, en medio de la pandemia, no me sorprende la proliferación de teorías negacionistas. Más bien al contrario: me resulta llamativo el escaso eco que han encontrado entre nosotros.

Cartel en las calles de Bilbao. Marzo de 2021

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