Evangelios, políticos, y nosotros

Releo la última entrada de este blog, Evangelios políticos, y su lectura no me deja satisfecho.

No es que esté en desacuerdo con lo que allí escribí -que también podría darse el caso-, sino que me parece que no me he explicado lo suficientemente bien. Por lo que el texto calla, por lo que podría entenderse que sugiere, por dar pie a determinadas lecturas que no comparto en absoluto.

Para empezar, es de escasa finura hablar de los políticos -así, en general- metiéndolos a todos en el mismo saco. Entre los políticos hay, sin duda, gentes muy diferentes, como las hay entre los ingenieros, los deportistas, las mujeres, los españoles, los campesinos, o los vascos. Sobran las generalizaciones. Es más, conviene sospechar de quienes abusan de ellas. Mea culpa.

No pienso que todos los políticos sean igual de superficiales, de demagogos, de populacheros, o de sectarios. Los hay capacitados para las áreas de las que se ocupan y competentes en el desempeño de sus funciones. Los hay, incluso, con ideas propias. Algunos de ellos hasta se atreven a expresarlas en público. Son los conocidos como versos sueltos, aunque es cierto que reciben tanta leña a diestro y siniestro que la mayoría acaba por tirar la toalla. Eso cuando no los defenestran antes de irse. Y creo también, porque así lo afirman ellos y no me considero quién para poner en duda sus intenciones, que muchos se esfuerzan por mejorar la sociedad. Cada cual desde sus coordenadas ideológicas, por supuesto… aunque debo añadir que algunas de esas ideas me parecen tan aberrantes que me cuesta no ver tras ellas una mano negra.

Cuando hablaba de los políticos en la entrada anterior, me refería, en realidad, a los que ejercen habitualmente de portavoces oficiales u oficiosos de sus formaciones. Los que van marcando la línea oficial de la organización repitiendo el mantra -el argumentario lo llaman-, que les han preparado previamente sus asesores. Y para éstos sí creo ajustado lo que escribí: sus discursos son un cúmulo de simplezas, banalidades, naderías, cursilerías rimbombantes, descalificaciones y sectarias visiones de parte. Son repetitivos, previsibles, esquemáticos… Se sabe lo que dirán antes de que abran la boca. Aburren hasta a las ovejas.

Lo habitual es que las formaciones políticas cuenten con un equipo de asesores -expertos en comunicación, dicen- que analizan la evolución social y la acogida en la sociedad de su imagen, sus prácticas, sus discursos, sus propuestas. Chequean continuamente la opinión pública y los estados de ánimo de la población con ayuda de encuestas y estudios sociológicos. Su objetivo, dentro de los límites marcados por sus coordenadas ideológicas, es conseguir el mayor número de votos. A eso se dedican. Es, por tanto, una labor que, en lo fundamental, podemos incluir en el ámbito de la propaganda.

La propaganda nunca se ha llevado bien con la verdad. En el mejor de los casos, porque subraya determinados aspectos de la realidad olvidándose de otros. Muchas veces, porque se empeña en establecer relaciones -la felicidad con el consumo de cierto producto, por ejemplo- claramente ilusorias. Pero es que, en los últimos tiempos, se está ensanchando el foso que las separa. Se multiplican quienes no tienen rubor en recurrir sistemáticamente a afirmaciones y datos falsos tratando de sacar ventaja. No es más que una variante de la vieja mentira, por más que ahora lo llamen postverdad. Como se ha convertido en un lugar común que todos los medios de comunicación mienten, como ya nada es verdad… se ponen al mismo nivel realidades contrastadas y el último bulo de internet. Y no pasa nada cuando la realidad lo desmiente. El mentiroso no paga precio alguno. Los suyos no se bajarán del burro: los que mienten son siempre los otros. Por definición.

Si los gurús de los partidos -y los políticos que interpretan sus proyectos y argumentarios- recurren a las simplificaciones abusivas, al blanco o negro, a demonizar al adversario, a echar la culpa de cualquier error propio al enemigo exterior, a dar leña sin piedad al rival como vía infalible para ganarse el favor de los suyos… si se atreven a dar datos falsos y a seguir repitiéndolos aunque se haya demostrado que son mentira… es porque lo consideran rentable. Si obran así, es porque lo ven útil, funcional, creen que les ayudará a alcanzar sus objetivos.¿Están acaso equivocados?

Las razones para votar, o dejar de votar -o abstenerse-, a una organización u otra pueden ser múltiples y diversas. Pero si hablamos de grandes cifras y masas de votantes, hay que reconocer el éxito de esas estrategias. Un éxito creciente, además. Ocurre aquí y en otros muchos lugares del mundo. Me diréis que la tengo atravesada -vale, pudiera ser-, pero bastaría con recordar el triunfo aplastante de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Esa multitud de ciudadanos seducida por sus promesas de cañitas libertaristas –el muerto al hoyo y el vivo al bollo– y de cero impuestos.

Así que estoy muy lejos de compartir la visión de la buena gente engañada por la malvada casta política. Los expertos de los partidos nos toman por seres simplistas, primarios, ávidos de identidad grupal, propensos a dividir la sociedad entre buenos -los nuestros- y malos -los otros-… Sobre esos perfiles trabajan. Consideran que ese es el camino más rentable para ganarse a un sector social más o menos amplio.

Y lo cierto es que, con los datos en la mano, nos empeñamos en darles la razón. Una parte sustancial de la sociedad responde -¿respondemos?- a esos criterios. Somos nosotros el espejo turbio en el que intentan reflejarse los políticos. No conviene olvidarlo.

Un comentario

  1. Tal vez haya que empezar a pensar que el problema no son los políticos. Si esto fuera así, bastaría con elegir a los buenos y los mejores: Jesús, Mahoma, Buda fracasarían en el intento. Los políticos, integrantes de la clase dirigente junto con sindicalistas y empresarios, son el sostén de un sistema que no da las respuestas que la realidad hoy demanda. El sistema demoliberal de partidos está institucionalizado para que funcione con esa casta. Lo que está mal, lo que no funciona pues es ese sistema, sobre todo en los países que intentan emerger y que llevan demasiados años dando vueltas alrededor de sus limitaciones. Situación creada, solventada, descuidada por esas clases dirigentes. Creo que ha llegado la hora de imaginar nuevas formas de manejo de la cosa pública y la sociedad civil, en donde estamos las inmensas mayorías que padecemos la mediocridad y la corrupción. El primer paso es visualizar el foco del problema; el siguiente, dejar de creer y de darle legitimidad a ese sistema que está agotado (en la nota se habla de no ir a votar, por ejemplo); luego, veríamos. La historia nos ha enseñado, más allá de que por ahí nos olvidemos, que los procesos de cambio se producen más o menos con esa secuencia. Por ahora, lo que podemos hacer es dar esos primeros modestos pasos.

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