Cirugía estética y límites éticos: a propósito de Black Alien

En la entrada anterior comentaba el caso de Black Alíen, un joven empeñado en conseguir la apariencia de un alien. Se ha operado la lengua haciéndola bífida, le han cortado las orejas, tiene todo el cuerpo tatuado de negro simulando escamas, le han insertado numerosos implantes en la cabeza para deformarla… Y lo más brutal hasta la fecha: se ha hecho amputar dos dedos de la mano izquierda para que parezca una garra alienígena. Eso, al menos, afirma él en su cuenta de Instagram.

El caso de Black Alien sirve para ilustrar los numerosos problemas éticos que plantean el desarrollo y la generalización de la cirugía estética.

Ciertamente, las intervenciones para modificar la apariencia de los cuerpos humanos se han venido practicando desde tiempos muy lejanos. A algunas de ellas las podríamos calificar de leves, como las perforaciones de narices, orejas, labios y otras zonas corporales para introducir huesos y todo tipo de abalorios. Esta clase de actuaciones se ha llevado a cabo desde la más remota antigüedad en muy diversas culturas, y viven ahora tiempos de apogeo con los piercings. Otras han sido y/o son mucho más agresivas. Es el caso de las mujeres chinas a las que durante siglos se les han reducido los pies, rompiéndoles los huesos de los dedos a los cuatro años. O las modificaciones y prolongaciones de cráneo que se practicaban en diversas civilizaciones precolombinas. O el alargamiento de cuello de las mujeres jirafa en Tailandia –y también en zonas de África-, a base de estirárselo introduciendo progresivamente más y más anillos.

En la mayoría de ejemplos históricos mencionados no existe voluntariedad alguna. Se les impone -desde la infancia, en muchos casos- un modelo estético social y se les obliga a la fuerza a adaptar sus cuerpos al mismo.

Esas imposiciones nos resultan inaceptables hoy en día. Acostumbramos a partir de la base de que cada cual es dueño de su propio cuerpo, al menos en nuestra parte del mundo. Exigir la voluntariedad de cada persona que se somete a estas intervenciones es un progreso moral. Pero, ¿acaso no sigue jugando un papel de primer orden la presión social? ¿No se busca, en numerosas ocasiones, aproximarse a los cánones de belleza marcados por los círculos en que se mueve cada cual? Los condicionantes sociales y las presiones grupales pesan mucho en nuestras decisiones. Demasiado, a veces.

En cualquier caso, y hablando en concreto de las intervenciones de cirugía estética que se realizan en nuestros días, un primer requisito ineludible sería el del consentimiento del paciente. Un consentimiento consciente, informado y expreso. Y para que pueda ser así, este debería ser mayor de edad, estar en pleno uso de sus facultades mentales y manifestarlo con claridad meridiana.

La aplicación de estos requisitos no es tan simple como pudiera parecer a primera vista. Los años a los que se adquiere la mayoría de edad son discutibles. Para los menores, sustituirlo por la autorización de sus tutores legales abre la discusión sobre los límites. Por ilustrarlo con un ejemplo: Black Alien se cortó las orejas. Podrá parecernos bien o mal, pero fue su decisión, la de un adulto. ¿Podría hacer lo mismo un menor de edad si contara con el consentimiento paterno?

Tampoco es evidente cómo se puede aplicar el principio de estar en pleno uso de sus facultades mentales. ¿Quién lo diagnostica? ¿Con qué criterios? ¿Acaso no hay unos gramos de locura -o de inmadurez- en la persecución de un ideal de belleza ajeno o en emperrarse en mantener eternamente la juventud? ¿Y cuando las intervenciones se repiten una y otra vez en la misma persona? ¿No sería necesario un control psicológico más estricto en estos casos?

En cualquier operación de cirugía estética debería medirse el valor del bien perseguido frente a los peligros de la intervención. Y sopesar cuidadosamente que sea más valioso el primero. Cuando la cirugía busca restaurar los daños producidos por enfermedad o accidente, su bondad y conveniencia parecen claras, salvo que implique operaciones de alto riesgo. Tratándose de mejorar la estética personal sin otro motivo que el deseo, el bien pretendido ya no es tan evidente. Aquí deberían tomarse mucho más en cuenta los posibles riesgos de la operación. Y dudo que se esté haciendo así.

Vivimos en un mundo mercantilizado en el que todo tiene su precio. La cirugía estética ha entrado de lleno en el mercado. Para vender más necesita subrayar la bondad de sus soluciones y minusvalorar los peligros que conllevan. Y como se obliga a todo paciente a firmar una declaración asumiendo los riesgos de la operación…

Uno tiende a admitir casi cualquier cosa que un adulto decida hacer con su propio cuerpo. Los criterios sobre belleza y fealdad son discutibles y personales. Allá cada cual con sus decisiones, por estrafalarias que nos parezcan a otros. Bueno, siempre que apechugue luego con las consecuencias de sus actos.

Pero todo tiene sus límites. Que la supuesta cirugía estética persiga directamente un mal y le cause un daño irreparable al paciente va más allá de lo permisible. Es absolutamente inaceptable que se incluya la mutilación entre sus prácticas. Es el caso, por poner un ejemplo evidente -los hay más dudosos-, de la amputación de los dedos de la mano de Black Alien.

Las intervenciones que atentan contra la salud y el bienestar del paciente vulneran directamente el juramento hipocrático que hace todo médico. Son prácticas opuestas a la medicina. Se colocan al margen de la ley. Deberían perseguirse con rigor en cualquier parte del mundo.

Publicado en la prensa el 9 de diciembre de 2021:

Un concurso de belleza de camellos en Arabia Saudí ha acabado con la descalificación de 43 de estos animales al encontrar en ellos inyecciones de bótox o estiramientos faciales.

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