Machado y las verdades del porquero

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, escribió Antonio Machado en su Juan de Mairena, las reflexiones de un profesor apócrifo.

La máxima se suele citar con cierta frecuencia, aunque en muy pocas ocasiones completa. Porque, después de la conocida sentencia, Agamenón responde: Conforme; pero el porquero concluye: No me convence.

No podemos preguntar a Machado por el significado que quiso dar a ese brusco final. Lo que queda en nuestras manos es tratar de interpretarlo, lo que, por otra parte, es lo mismo que nos pide cualquier texto.

Machado no pone en cuestión la existencia de la verdad, no duda de su carácter objetivo más allá de miradas personales, sean la de Agamenón o la de su porquero. Reivindica el carácter fuerte de la verdad, lo que puede resultar chocante en estos tiempos de verdades alternativas y de pensamiento débil que pone el valor en creencias, sentimientos, relatos…

En otro texto muy conocido, Machado diferencia la Verdad” de “la verdad de cada cual” (La tuya, guárdatela, dice) y, por si fuera poco, invita a ir juntos a buscarla. Así que su posición al respecto es clara.

¿Por qué, entonces, no convence al porquero la afirmación de que, al margen de quién la diga, la verdad es la verdad?

Podemos intentar ponernos en la piel del porquero. Es indudable que de su boca pueden salir ideas sabias y que de la del más famoso filósofo, alguna completa necedad. Y, sin embargo, el porquero tendrá bien comprobado que el valor que los demás dan a sus palabras es mucho menor que si las dijera alguien más reconocido. La aceptación social de las mismas palabras es muy diferente en función de quién las diga. Y no solo porque lleguen más lejos o consigan un eco más amplio: es que cuando el hablante goza de prestigio lo que dice es recibido con una predisposición favorable, con lo que su poder de persuasión es incomparablemente mayor. Al pobre porquero, en cambio, nadie lo toma en serio.

En realidad todos aceptamos ese tipo de autoridad. Antes de decidir si leemos o no un artículo -por poner un ejemplo- nos fijamos en el título y tema, pero miramos también quién lo firma. Eso es lo que nos empuja, muy a menudo, a emprender su lectura. Todos confiamos en determinados autores que nos interesan o nos gustan. O cuyas opiniones coinciden con las nuestras, porque solemos dar por buenas las acordes con nuestros propios puntos de vista. Así que todos tenemos una mirada que tiende a cerrar nuestro espacio ideológico, cultural, o incluso estético. Algo imposible de evitar, porque seleccionar es imprescindible. Y tampoco obligatoriamente negativo, mientras no nos empuje al sectarismo o a estrechar horizontes.

Lo que sucede hoy en día es que ese sesgo de parte está multiplicado hasta el paroxismo por los famosos algoritmos y por la humana necesidad de pertenencia, en un mundo roto, plural y contradictorio. El grupo sirve de refugio. Las burbujas son ahora menos permeables. Cada cual recibe un diluvio diario de informaciones, comunicaciones y argumentos que refuerzan (y extreman) las ideas que ya profesa. Las opiniones del enemigo nos llegan solo filtradas por la crítica de los nuestros.

En estas condiciones, más que discutir ideas, lo que hacemos es aferrarnos al grupo y marchar en orden de batalla contra el enemigo. El debate se reduce al intercambio de mamporros. En lugar del análisis de la realidad y de los argumentos utilizados, lo que triunfa es la frase ingeniosa, la que golpea al contrario en el hígado. O colocarle una etiqueta insultante que lo descalifique.

Como cada grupo se conforma y consolida sobre la base de marcar sus propios perfiles, debe esforzarse para que queden claros sus contornos. El resultado es que todo se extrema, se magnifica. No solo en grandes temas ideológicos, también en los menos trascendentes. Cualquier matiz o corrección a determinada propuesta grupal se señala como inaceptable retroceso o motivo de exclusión. Hasta los puntos más dudosos y discutibles se convierten en principios, en líneas rojas que no se pueden traspasar. Ejemplos los hay a puñados, no me tiréis de la lengua.

Hablar del demonio puede parecer excesivo en estos tiempos. O quizás no tanto, porque de casi todo se hace una nueva religión y se demoniza a los infieles con suma facilidad. El caso es que, y volviendo a Juan de Mairena, Machado puso en boca de uno de sus discípulos la siguiente reflexión:

El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas.

Escuchar, analizar, sopesar… no limitarnos a oírlas. Porque, vale, el diablo no tiene la razón última -¡hasta ahí podríamos llegar!-, pero no está nunca de más escuchar sus razones. Aunque solo sea para conseguir que las nuestras tengan mayor solidez. Una actitud elemental, pero impracticable desde el doctrinarismo.

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