Cuando el aire se vuelve irrespirable

El feminismo ha alcanzado, sin lugar a dudas, un éxito considerable a lo largo del siglo XX y en lo que llevamos del XXI. La idea de la igualdad entre mujeres y hombres, patrimonio de una minoría en sus orígenes, es hoy asumida -me atrevería a decir- por una mayoría de la población mundial. La incorporación de las mujeres a todos los ámbitos de la vida social -núcleos de poder incluidos- es una de las mayores transformaciones que ha sufrido la humanidad en toda su historia.

Se puede poner el acento -por supuesto- en el camino que todavía falta por recorrer, o en las trabas que se ocultan muchas veces detrás de las buenas palabras, pero sería desenfocado no reparar en la magnitud de las transformaciones que ha traído a nuestras sociedades.

Como en cualquier movimiento vivo y socialmente trascendente, los debates y las polémicas han acompañado al feminismo desde su nacimiento. Discusiones muchas veces enconadas y que, como sucede en todos los conflictos humanos, han dado lugar a profundas amistades y a enemistades acérrimas.

Pero tengo la sensación de que, en la actualidad, los enfrentamientos se han recrudecido, son más virulentos, se van acercando peligrosamente a lo intolerable. Por colocar esta afirmación en su contexto, quizás no sea un fenómeno particular del feminismo, puede que sea tan solo otro signo más de los tiempos que corren. Tiempos de twits esquemáticos, de repetición de consignas, de enfrentamientos grupales y tribales, de división del mundo entre amigos y enemigos…

En diversas entradas de este blog ya he abordado la agria polémica -repleta de descalificaciones- que ha estallado alrededor de la conocida como Ley Trans.

Hace unos meses, José Errasti y Marino Pérez Álvarez, psicólogos clínicos y catedráticos de la Universidad de Oviedo, publicaron el libro Nadie nace en un un cuerpo equivocado. Las reacciones contra esa publicación han supuesto subir otro peldaño en las dinámicas de enfrentamiento, llevarlas más allá del insulto.

Puede que el título –Nadie nace en un un cuerpo equivocado- sea provocador. Solo los autores podrían aclarar si ha sido o no intencionado. Pero un título es solo un envoltorio, no debería eximir a nadie de analizar las razones que contiene su interior. Y es aún más injustificable intentar sustituir la discusión -las razones- por campañas de boicot y de amenazas para impedir su divulgación.

En Mallorca o en Oviedo las previstas presentaciones del libro tuvieron que ser canceladas. En Barcelona llegó a realizarse, pero terminó con cargas de los mossos contra los boicoteadores concentrados en la puerta de la librería donde se celebraba, y que amenazaron -dicen los acosados- con quemar la librería con los asistentes dentro.

En la Facultad de Políticas de la Universidad Complutense de Madrid destrozaron un ejemplar de Nadie nace en un un cuerpo equivocado que había en la biblioteca y utilizaron las páginas arrancadas para escribir consignas, algunas de tan dudoso gusto como la que rezaba: Profesores tránsfobos, ¡tenéis regalo bajo el coche! Es cierto que como amenaza no era creíble -de hecho no habían colocado bomba alguna, por supuesto-, pero como broma, la verdad, es que tiene maldita la gracia.

También en torno a la prostitución se está enrareciendo el debate. Son posiciones que vienen de antiguo, divididas entre quienes -simplificando el tema- pretenden prohibir o abolir la prostitución y quienes defienden distintas formas de regularla.

En la Universidad de A Coruña, hace unos tres años, organizaron unas jornadas sobre Trabajo Sexual en donde se preguntaban si la prostitución es un trabajo o conlleva la explotación de la mujer. El escándalo fue de tal magnitud que suspendieron las jornadas -y cito palabras textuales- por no poder garantizar la seguridad de los participantes.

Y hay también ejemplos contrarios. Hace un par de años, en una concentración contra la explotación sexual en Barcelona, en la plaza de Sant Jaume, los carteles que llevaban las participantes, del tipo de el feminismo es abolicionista, fueron rotos y pisoteados por otro grupo de mujeres que irrumpió en la plaza.

Se podría proseguir con la lista de incidentes -¿aislados?- o de temas en disputa: La estruendosa bronca alrededor de la ley del solo sí es sí -me ahorro detalles-, la pornografía…

Pero no pretendo aquí entrar en la discusión de ningún tema, sino poner el acento en las formas, o, precisamente, en la supresión de toda forma que posibilite una discusión razonada y medianamente productiva. No comparto la posición de quienes se sienten ofendidos por cualquier término que consideran malsonante o incorrecto. Respecto a las palabras deberíamos tener un amplio margen de tolerancia. El muestreo de hechos que he recogido arriba va mucho más allá: boicoteos, cancelaciones, amenazas… Líneas rojas que no deberían traspasarse.

Se imponen las pretensiones de ponerse al frente de la procesión y decretar quién es o no es feminista, de cómo se debería pensar o actuar en torno a múltiples cuestiones para merecer la etiqueta. Se convierte cualquier tema en cuestión de principios y -por tanto- innegociable. No se escuchan jamás otras opiniones, porque ya sabemos que las nuestras son justas y perfectas. Se considera cualquier matiz, advertencia o corrección que se proponga como un retroceso que pretende desviarnos de nuestro luminoso camino…

Y, lo peor de todo: los coros de columnistas y opinadores sectarios que aplauden los insultos, intimidaciones o cancelaciones -cuando vienen de los nuestros, claro- y llegan a presentarlos como una victoria de la sociedad civil. ¿Es una victoria tratar de impedir la discusión de ideas?

Así estamos. Como suele decir un amigo: de victoria en victoria, hasta la derrota final.

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