Por un feminismo sin distinción de especies

El ambiente del pasado 8 de marzo vino marcado por los conflictos entre distintas tendencias del feminismo: los enfrentamientos en torno a las leyesdel Solo sí es sí y la Ley Trans en primer plano; pero también las crispadas polémicas sobre la prostitución, los vientres de alquiler, la pornografía… Como en todo movimiento -más aún si crece hasta transformarse en una fuerza social influyente-, en el feminismo conviven diferentes concepciones y sensibilidades. Nunca es sencillo gestionar la pluralidad. Y no ayudan nada los insultos, las descalificaciones gratuitas, la pretensión de decretar -no sé con qué autoridad- quién es o deja de ser feminista… O las tentativas políticas de ponerse a la cabeza de la procesión y quedarse con la etiqueta. Son actitudes que parecen humanamente inevitables: se dan, al menos, en todos los terrenos de la vida política y social. No corren buenos tiempos para la discusión de las ideas con cierta sobriedad. Si es que esos tiempos han existido alguna vez, lo que tampoco está nada claro.

En esta atmósfera enrarecida, el PACMA publicó el cartel digital que reproduzco:

El PACMA -lo aclaro por si las moscas- es el Partido Animalista Con el Medio Ambiente, un grupo que rechaza el especismo y defiende el vegetarianismo y el veganismo. Según su propia página web, es el único partido político que lucha de verdad por los derechos de los animales, el medio ambiente y las personas, por una sociedad mejor y un planeta con futuro.

El cartel, como no podía ser de otra manera, causó cierto revuelo en las redes. Dio pie a muchos comentarios, jocosos la mayoría.

Yo tampoco me resisto a apuntar unas cuantas cosas al respecto.

  • La imagen del cartel pone a la par -en pie de igualdad, digamos- las fotografías de una mujer y una vaca lechera. Cabe suponer, además, que como símbolos representativos de sus respectivas especies. Aunque la comparación en esos términos nos pueda resultar extravagante, el padre de las corrientes animalistas y veganas, Peter Singer, en su libro Liberación Animal (1975) ya veía paralelismos entre los derechos de los animales y los derechos de la mujer.
  • Haría falta una fantasía desbordante para imaginar de qué modo podrían oprimir las vacas lecheras a las mujeres. Así que el eslogan Ni oprimidas, ni opresoras solo puede interpretarse en la dirección contraria: mujeres oprimiendo a las vacas. Y eso, a su vez, únicamente parece posible en términos razonables si se parte de la premisa de que el consumo de la leche, la carne o la piel de las vacas es una injusticia intolerable. Es decir, que están señalando como opresoras a todas aquellas mujeres que no compartan los principios del animalismo.
  • La reclamación de un feminismo sin distinción de especies me resulta más confusa. Distinguir, según el diccionario de la RAE, es conocer la diferencia que hay de unas cosas a otras. Y no parece conveniente ir por la vida sin diferenciar especies en nombre de la igualdad animal. Mejor, por si acaso, si distinguimos a una humilde culebra de collar de una víbora venenosa. Tampoco creo que el llamamiento sea a exportar las reivindicaciones feministas a todas las hembras del mundo animal: sería disparatado en exceso. Así que me imagino, no queda otra, que utilizan la expresión sin distinción como sinónimo de sin discriminación. Es decir, el mensaje sería algo así como por un feminismo (humano) que no discrimine a otras especies (animales). O sea, que tratan de arrimar la sardina animalista al ascua del feminismo. Como hacen otras muchas corrientes, cabría añadir.

Exportar al mundo animal -fuera de la ficción- conceptos tan humanos como la distinción entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo correcto y lo incorrecto, la diferenciación entre oprimidos y opresores, entre los de arriba y los de abajo, la reivindicación de igualdad, la dicotomía entre libertad y necesidad… solo puede dar lugar a esperpentos, a analogías ridículas. Las ideas, los valores, los criterios éticos… son construcciones culturales. El feminismo, en esencia, defiende la igualdad entre mujeres y hombres, entre seres humanos. Trasladar a otras especies animales sus análisis y reivindicaciones resulta grotesco. Baste con recordar -y fue real, no es una broma- el caso del colectivo Almas Veganas, que denunció públicamente a los gallos como violadores de gallinas y los mantenía separados para que no pudieran consumar sus fechorías. O los intentos de proporcionar una alimentación vegana a perros y gatos, una enmienda a la totalidad a la naturaleza, en nombre de mandamientos éticos.

Harina de otro costal es que los seres humanos nos pongamos deberes con respecto al resto de animales. Me parece absolutamente razonable tratar de evitar infligirles cualquier sufrimiento innecesario. O velar porque no se extingan especies, o preservar ecosistemas y controlar los equilibrios ecológicos, o… Hemos alcanzado un dominio tan aplastante sobre el planeta que nos hemos convertido en responsables de muchas de las cosas que suceden en él.

Hay poco nuevo bajo el sol. El jainismo es una doctrina originaria de la India que apareció en el siglo VI antes de Cristo. Ayer, como quien dice. El jainismo defiende la igualdad de todos los seres vivientes, sean humanos, animales, u organismos microscópicos. Sus mandatos son tan extremadamente rigoristas que -además de ser vegetarianos, por supuesto- evitan salir de noche para no aplastar seres vivos en la oscuridad o llevan la boca tapada para que no se les metan insectos y matarlos sin querer.

En su novela Pastoral americana (1998) Philip Roth nos cuenta la historia de Merry, una chica nacida en una familia bien americana. A través de los ojos del padre, va desgranando los pasos de su hija. Estamos en la década de los 60 en Estados Unidos. El activismo contra la guerra de Vietnam es intenso. Se desarrollan todo tipo de acciones, incluido gran número de atentados violentos. Merry llega a la adolescencia. Se enfrenta a sus padres y huye de casa. Participa en el activismo más radical, hasta llegar a hacer explotar una bomba que provoca varios muertos. Destroza su propia vida y la de su familia. Al cabo de los años, su padre consigue dar con ella. La encuentra convertida en una sombra sufriente que se ha hecho fiel seguidora de la secta jainista.

De practicar la violencia de extrema izquierda, al misticismo pacifista de raíz oriental. Del adormecimiento de criterios éticos básicos que la lleva a justificar el sacrificio de vidas humanas, al rigorismo moralista más extremo que condena quitar la vida a cualquier animal, insectos incluidos.

Pastoral americana no es solo una excelente novela, entre las mejores -si no la mejor- de Philip Roth. Es también una metáfora sobre las encrucijadas, contradicciones y vaivenes morales de ciertas izquierdas americanas. Una metáfora sobre nuestros tiempos. Un valioso material para la reflexión.

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