¿Qué podría salir mal?

Intenta taponar con los dedos uno de los orificios que le han abierto las balas, por el que mana más abundante la sangre. Lo consigue a medias, presionando la herida con la mano izquierda. El flujo es más lento por las otras dos. Lo que le sorprende es que apenas le duelen. Ni siquiera la del estómago -la que está tratando de obstruir-, ni la del brazo izquierdo, a pesar de que hace fuerza con él. Se pregunta si esa inexplicable ausencia de dolor es buen o mal presagio. No lo sabe.

Solo le queda esperar. Esperar a ver qué pasa, porque apenas puede moverse. De un momento a otro, alguien abrirá la puerta metálica del almacén. Con las escasas fuerzas que le quedan, aprieta la pistola en su mano, aunque sabe de sobra que no le servirá de mucho. Es demasiado tarde, demasiado tarde para todo. Se le está nublando la vista.

Es absurdo, absurdo cómo se han torcido las cosas, absurdo cómo ha llegado hasta aquí. ¡Terminar de este modo cuando el plan era perfecto, atado hasta el mínimo detalle, sin ninguna fisura aparente! Porque, tratando de encontrarle algún fallo, lo había repasado mil veces. Mil veces desde que Ella se lo propuso.

Ella, dice, Ella. No ha olvidado cómo se llama, eso sería imposible, pero le faltan fuerzas para recordar su nombre. Hacerlo le haría daño, mucho daño, más del que está dispuesto a soportar en estos momentos de delirio.

Era redondo -se repite-, impecable en todos y cada uno de sus pasos. Robar a un ladrón, que no te va a denunciar, porque no puede hacerlo sin delatarse a sí mismo. Sin testigos, sin huellas. Señalando a un desaparecido como culpable de paja. Hasta que encontraran su cadáver. Y para entonces…

Un plan perfecto. ¿Qué podría salir mal?

Creerlo acabado, ajustado de punta a rabo, es la prueba -ahora no tiene dudas- de lo confuso que estaba, de su extravío. La ilusión, el subidón descontrolado, la alucinación, la ceguera. Ella.

Porque lo debería haber sospechado desde un principio. ¡Que una mujer como Ella se fijara en él! ¡Una reina, una diosa rebajándose al nivel de un simple mortal! Ese tipo de cosas no suceden en la vida real. ¿Cómo pudo tragarse que Ella lo quería? ¿Cómo creerse la promesa de una vida en común? ¡Maldito estúpido!

Se arrastra contra el muro para apoyarse. Quiere alzar la espalda para ver mejor el portón metálico que cierra la estancia de la vieja nave industrial abandonada. Si llega alguien, lo sabrá desde el principio, en cuanto comience a girar la puerta. La sangre le empapa el mono azul y ha empezado a formar un charco marronáceo a su alrededor. Si llegan los esbirros de Boby los va a freír a tiros, aunque sea lo último que haga. Si llega la policía… mejor uniformados, que se identifiquen, porque de lo contrario… vuelve a apretar el arma. Malas opciones ambas, dudosa apuesta la de salir vivo. Incluso si no le dan matarile y lo detienen, le tendrán muchas ganas. Aunque mientras haya vida… ¿Caben los milagros?

Tampoco cuadraba lo de Boby, vuelven las lamentaciones. ¡Cómo se pudo tragar una historia tan burda!

Boby, nombre de perro, ridícula abreviatura de Roberto. Nadie cuenta su vida con pelos y señales a una desconocida. Nadie, por muy colocado que esté en una noche de fiesta. Ni siquiera a una mujer como Ella, por mucho que intentes lucirte, que te exhibas para impresionarla.

Por mucho que intentes lucirte, repite, y se le atora el pensamiento: se recuerda a sí mismo aparentando unos galones que no tiene, que nunca tuvo, pavoneándose ante Ella, dándose importancia, poniéndose a la altura de los jefes del hampa en la ciudad. Él, un tipo insignificante, un delincuente de poca monta.

Boby, por el contrario, era la mano derecha del famoso capo. Uno ochenta y cinco, cuerpo de gimnasio, una celebridad en el oficio, forrado de pasta… Daba mucho mejor el perfil de pareja de alguien como Ella. Combinaban bien, se acoplaban como la tónica y la ginebra. Pareja, amigos, viejos conocidos… ¡Qué más da! El mismo resultado final. Hay mujeres que no conocen la piedad.

Siente un sabor salado y metálico en la boca. Tal vez sea sangre, no está seguro. Intenta escupir hacia un lado para comprobar el color del esputo. No lo expulsa con la fuerza suficiente y le acaba resbalando por el pecho, cerca de la articulación del hombro. No alcanza a distinguirlo bien. Lo deja estar. ¡Da lo mismo! Lo que ahora le obsesiona es tratar de entender lo sucedido. Necesita que encajen las piezas. Otro absurdo, esa sed de claridad cuando la oscuridad se le echa encima.

Las piezas. Encajarlas, ver el dibujo que forman. Y es que ahora sabe -está seguro, joder- que solo fue la última de ellas, la que Ella necesitaba para cerrar su plan y ponerlo en marcha. Le tomó las medidas desde el preciso momento en que lo conoció. Un don nadie escaso de luces, criado en la calle, de los acostumbrados a sobrevivir a base de pequeños golpes. Arcilla fácil de modelar en sus manos. Un tonto útil que cumpliría cualquier orden que saliera de sus labios.

En días anteriores habían repasado juntos varias veces el recorrido. Boby recogería el dinero en el puerto viejo. Mucho, muchísimo, en efectivo, en billetes sin marcas, es lo que tienen los negocios proscritos. Para llegar al banco tenía que atravesar el antiguo polígono industrial, ahora casi en desuso. Él solo, se burló Ella cuando le contó el plan, por no llamar la atención o por exceso de confianza. Va de sobrado, un chulo, lleva años repitiendo la entrega y jamás ha tenido problemas.

Juntos eligieron el punto exacto. Calle desierta, zona fantasmal, una antigua factoría abandonada. El polígono había sufrido un rápido declive desde que se construyó el nuevo puerto. Según las malas lenguas, se estaba fraguando una operación especulativa para declararlo urbanizable. Alguien se iba a forrar, pero no seremos nosotros, le dijo Ella.

Una calle corta y recta, uno de los carriles cortado por un contenedor de obra. En el otro carril colocaron un semáforo en rojo y, por si acaso, una valla con la que cerró el paso cuando Ella le dio el aviso de que llegaba el coche.

Boby detuvo el vehículo. Él se acercó por el costado del conductor, vestido con mono azul y casco de trabajo, la pistola en la mano. No era un pistolero experimentado y trató de aproximarse para asegurar los disparos. Cuando estaba bien cerca, vio que Boby empuñaba también su revólver. ¡Joder! ¡El cabrón lo iba a matar! Un ataque de pánico. Se dio media vuelta y echó a correr. De inmediato, oyó varias detonaciones a su espalda. Uno de los proyectiles le atravesó el brazo izquierdo, otro se le quedó alojado en los glúteos. Los impactos lo derribaron. Era el final, Boby saldría del coche y lo remataría allí mismo, sin piedad. Pero en ese mismo instante -todavía seguía en el suelo-, vio cómo Ella atravesaba a la carrera la calle desde el lado contrario y disparaba contra Boby a quemarropa. Con extraordinaria sangre fría apretó cinco veces el gatillo, cinco sonidos sordos, como petardos, acompañados del estallido de cristales. Boby no llegó a abrir la boca, cosido a balazos dentro del coche.

Aunque le temblaban las piernas, consiguió ponerse en pie, aliviado por seguir vivo, el orgullo por los suelos. Las heridas le ardían. ¡Inútil!, vociferó Ella, ¡A quién se le ocurre! ¡El arma no es un juguete para enseñar a los amigos!

Entre los dos pasaron el cuerpo de Boby al asiento del copiloto. No fue tarea fácil. Pesaba lo suyo, el hijoputa. Costaba doblarle las articulaciones. Fragmentos de hueso y salpicaduras de sangre se repartían por aquí y por allá. Le limpiaron la cara y el torso hasta dejarlo medianamente presentable. Lo ataron fuerte con el cinturón para que se mantuviera erguido. Si se cruzaban con alguien, debía dar el pego. Después de muerto, como el Cid Campeador, bromeó Ella, aunque la situación no fuera precisamente graciosa.

Se pusieron en marcha hacia el acantilado. Él conducía el coche de Boby, el cadáver a su lado, la bolsa del dinero en el maletero. Ella detrás, guiando un coche robado la noche anterior al que habían cambiado las placas.

Le dolían los músculos del trasero presionados contra el asiento. La herida del brazo izquierdo le molestaba menos, el proyectil lo había atravesado limpiamente. Seguía perdiendo sangre. Le costaba centrarse. Sentía un leve mareo, como si una capa de neblina emborronase la realidad, como si fuera espectador de una película desenfocada. El trayecto se le hizo interminable. Una pesadilla. Una marcha fúnebre, el difunto de copiloto.

El lugar que juntos habían elegido era también perfecto. A pocos metros de la carretera, una pronunciada pendiente herbosa que daba al acantilado cortado a pico, una caída vertical de veinte o treinta metros. En punto muerto y con un leve empujón, el coche echaría a rodar, se despeñaría y acabaría sumergido en las aguas. Con un poco de suerte, el oleaje lo arrastraría varios metros mar adentro y no sería visible desde la orilla. Mientras lo encontraban, ganarían tiempo.

Aparcó el coche. Se bajó para tomar el aire y despejarse. Un alivio retirar su peso de la herida de las posaderas. La humedad marina lo reanimó. Se sintió algo mejor. Aún no llegaba el otro coche. Por probar cómo le respondía el cuerpo, dio unos pasos hacia el acantilado. Mar agitado. La luz del atardecer velaba la atmósfera con una capa amarillenta. Respiró hondo.

Cuando volvía renqueante hacia el coche, creyó oír ruidos en su interior. No comprendió lo que pasaba hasta estar a un par de metros. Estáis muertos, hijos de perra, susurraba Boby con un hilillo de voz. En sus manos, el móvil lanzaba señales de alerta, a saber con quién estaría conectado.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Si había esquirlas de huesos de su cabeza esparcidas por los cristales! ¡Quién se iba a imaginar que no estaba muerto y bien muerto! Sacó la pistola, le apretó el cañón contra la boca y disparó cuatro veces. ¿Y ahora qué, cabronazo?

No pintaban bien las cosas. La alerta estaba dada, estarían ya localizados. Si se descuidaban, se les echarían encima. Volvió a cargar la pistola. Había que moverse deprisa. Coger el dinero, reunirse con Ella, terminar la faena y escapar. A toda velocidad.

Se dirigió a la parte trasera del vehículo. Cuando se disponía a abrir el maletero, unas arcadas incontrolables le hicieron retorcerse. Doblado, las manos en el estómago y la pistola sobre la hierba, vomitó hasta vaciarse por dentro.

Levantó la cabeza. Ella acababa de llegar. Había dejado el coche al borde de la carretera, a una decena de metros. Mientras escupía los últimos restos de bilis, la vio acercarse a la ventanilla del conductor. Con el amargo sabor de la hiel todavía en la boca, la llamó: aquí, estoy aquí, detrás.

Ella giró la cabeza hacia la voz. Dio unos pasos oblicuos para abrir su ángulo de visión. Una fracción de segundo, un chispazo, un destello de sorpresa: empuñaba una pistola. ¡El arma no es un juguete para enseñar a los amigos!, estalló en su cabeza. Y lo supo un instante antes de que ocurriera. Lo bastante rápido para conseguir echar mano a su pistola, pero no lo suficiente para evitar que fuera Ella la primera en abrir fuego. Sintió el impacto en la boca del estómago, mientras su dedo apretaba el gatillo varias veces, con toda la velocidad de que fue capaz. A vida o muerte.

Se tambaleó al recibir el proyectil. Perdió el equilibrio. Apoyó el peso de su cuerpo sobre la parte trasera del coche. Excesiva fuerza. Cayó de nuevo al suelo, porque el vehículo empezó a rodar cuesta abajo, cada vez más deprisa, imposible detenerlo. ¡El freno! ¡El freno de mano! Se había olvidado de echarlo.

Como rodado a cámara lenta, vio desaparecer el auto tras la línea verde del acantilado, lentamente, resbalando hacia el vacío, enseñando al final las ruedas traseras en un gesto casi obsceno. De seguido, ruido de golpes, algún chasquido y el estruendo al chocar contra el agua y las rocas. ¡Adiós a la pasta! ¡Adiós a la nueva vida!

Se puso en pie, sumamente confuso: la herida y la traición agitándose y combinándose en su mente de mil maneras distintas. El balazo recibido parecía de gravedad. Ella -¡le había jurado amor eterno!- había intentado matarlo. Mentiras. Mentiras sobre mentiras. Limpiarle el forro, quedarse con la pasta, en eso consistía su amor. Un torbellino, un bucle del que debía salir con urgencia si quería seguir vivo.

Se acercó a Ella arrastrando los pies. Caída sobre la hierba, desmadejada, los brazos abiertos en cruz, aún conservaba la pistola en la mano derecha. Había salido peor parada en el tiroteo, ahora no lo juzgaría tan inútil, pensó, rencoroso. Había recibido cuatro impactos, uno de ellos en la boca. El beso de despedida, se dijo mirando el rostro desfigurado. Le pareció que aún respiraba débilmente. No más sorpresas. Vació el cargador contra la frente de Ella, entre sus ojos verdes. La segunda ejecución a sangre fría en un rato, un cursillo acelerado de asesino.

Tenía que darse prisa. Le quedaba un puñado de balas de repuesto y volvió a cargar la pistola. ¡Menudo día! Llegó lo más rápido que pudo hasta el coche. Lo puso en marcha.

Descender por la carretera del acantilado, atravesar el polígono industrial, adentrarse en la ciudad, deshacerse del vehículo robado… Doce kilómetros, más o menos. Allí tenía amigos, conseguiría que lo atendiera algún médico discreto… Les costaría dar con su pista. Sin dinero, sin Ella, tan perdido y miserable como siempre… pero vivo.

La ruta del acantilado era estrecha, mal asfaltada, con curvas de herradura encadenadas. Taponó la herida reciente con un trapo de la guantera y lo mantuvo apretado ajustando el cinturón de seguridad para intentar frenar la hemorragia. Conducía nervioso, azuzado por la urgencia de llegar lo antes posible y, a la vez, lastrado por la debilidad. Una contradicción irresoluble. Para colmo de males, estaba oscureciendo y la luz escasa le dificultaba medir con precisión distancias y formas.

Faltaban un par de kilómetros para llegar a la zona industrial cuando se cruzó con el vehículo: un coche grande y oscuro, cuatro tipos a bordo. No logró verles las caras, pero imaginó al instante quiénes eran y a qué acudían. Cualquier asomo de duda se disipó al comprobar por el retrovisor cómo giraban ciento ochenta grados y se lanzaban tras él.

Aceleró. La carretera descendía en zigzag. Aún llevaba un par de curvas de ventaja. Si se daba prisa, podría alcanzar el polígono industrial y darles allí esquinazo o abandonar el coche y escapar a pie. También esconderse en alguna fábrica cerrada, no sería fácil dar con él.

Deprisa, deprisa. Estaba ya en la recta que daba al polo industrial. Una luz azul se acercaba en sentido contrario. ¡La policía! Redujo la velocidad. Tenía que dar la impresión de normalidad. De nada le sirvió. Tras cruzarse, el vehículo policial dio media vuelta, conectó la sirena, y se dirigió tras él. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Las luces!, se percató al instante. Anochecía, se había puesto el sol y, a pesar de la creciente oscuridad, se había olvidado de encenderlas. No, definitivamente no era su día.

Una mirada al espejo. Los destellos azules giraban al mismo ritmo que el aullido estridente. Más lejos, en segundo plano, el automóvil de los sicarios de Boby. Una persecución en cadena. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Volar, quitárselos de encima, dejarlos atrás. No había otra alternativa. Enloquecido, apretó a fondo el acelerador. En el polígono industrial, dobló por una larga calle, giró por otra perpendicular mucho más corta. De sopetón, se encontró con un carril cerrado por un contenedor, el mismo junto al que se había detenido Boby. Trató de esquivarlo con un volantazo. Le faltó precisión. Derrapó y fue a chocar contra un muro contiguo.

Su cabeza impactó contra el airbag. Conmocionado, tardó unos segundos en volver a retomar la conciencia y el dominio de sí mismo. Los suficientes para que, al abrir los ojos, se encontrase a un policía junto a la puerta del vehículo preguntándole cómo se encontraba.

No lo pensó dos veces. Tiró de pistola y disparó contra él, desde tan cerca era imposible fallar. ¡Vaya día! ¡El tercero!

Le había dado en el pecho. Ni se detuvo a mirar cómo estaba. Tenía que huir rápido. Echó un vistazo apresurado al otro poli: hablaba agitado por el micrófono, estaría pidiendo ayuda o refuerzos. No pensaba acercarse, no se jugaría el pellejo. Mejor así.

Arrastrando los pies, la pistola en una mano y apretando la herida con la otra, atravesó un portón entreabierto y penetró en la fábrica abandonada. Conocía el lugar. La enorme factoría servía de refugio a grupos de sintecho. La habían revisado cuando eligieron ese punto para detener allí el coche de Boby.

Atravesó la planta. Enormes depósitos de productos químicos, ahora vacíos, se alineaban de punta a punta. Empezaban a fallarle las fuerzas. No podía más. Tras recorrer unos centenares de metros, decidió que necesitaba descansar un rato. Una pausa, un breve reposo, seguiría luego adelante. Eligió una estancia lateral cerrada por un portón metálico para tomarse un respiro. Un respiro.

Tiene los ojos clavados en la puerta, no los despega un segundo, como si hacerlo le sirviera para ganar tiempo, como si le pudiera conceder una leve ventaja. Una leve ventaja, murmura, pero sabe de sobra que necesitaría mucho más ahora, que solo un milagro lo podría salvar. La policía, los esbirros de Boby… Difícil elección.

Trata de aguzar el oído. Ni gritos, ni voces, ni ruido de pasos. Nada de nada. Un silencio absoluto. O puede que ya no sea capaz de oír bien, porque se siente cada vez más débil, una modorra alucinada se está apoderando de él.

Sufre un ataque de tos, una tos convulsa que lo estremece de pies a cabeza. Se agita violentamente y, con los espasmos, dolorosos calambrazos le sacuden todo el cuerpo. El vómito le rebosa la boca y esta vez no necesita comprobarlo: sabe, con absoluta certeza, que está vomitando sangre. Puede que, al final, Ella no tuviera tan mala puntería y que la herida que le ha abierto en el estómago acabe siendo mortal. ¡Ella! ¡Qué desastre!

Ahora sí, siente que alguien se acerca a la puerta. Fija en ella la mirada, concentra toda su atención, se esfuerza hasta el límite de lo posible, porque comienza a fallarle la vista. No. No se abre, no gira, no se mueve ni un centímetro.

Y, sin embargo, a pesar de estar bien cerrada, está seguro de que alguien, algo, la ha atravesado y se encuentra ya dentro del almacén. Una presencia, una sombra, un hálito turbio, una corriente de aire helado que se le acerca. Al llegar a su lado, percibe su aliento gélido. Se le hiela la sangre. Siente frío, mucho frío. No tiene ninguna duda: ha venido a buscarlo. Nadie puede escapar de su abrazo, ya está, se acabó lo que se daba. Ella le dio el tiro de muerte y Esta recoge la presa abatida. Es el final.

Se le dibuja en los labios un último gesto burlón, una sonrisa irónica: un plan perfecto, se dice. ¿Qué podría salir mal?

Acabar así, al menos. La vida es una broma.

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