
En la Roma clásica, cuando un general vencía en una batalla decisiva, al volver a la ciudad se organizaba un multitudinario desfile en su honor. El triunfador, entre vítores y alabanzas del pueblo, llegaba hasta el Foro y subía al templo de Júpiter para hacer sus ofrendas. No muy diferente de lo que se hace hoy en día para celebrar cualquier éxito deportivo.
Pero los antiguos romanos debían de ser más complejos que nosotros. O más sabios. O más realistas. En la cuadriga, al general victorioso lo acompañaba un esclavo que le iba susurrando al oído: memento mori, memento mori, es decir, recuerda que morirás. Curiosos aquellos romanos, empeñados en que el triunfador no olvidase, en medio del subidón de euforia, tamaña obviedad.
El cristianismo, hábil para asimilar ideas y ceremonias ajenas, se apropió del memento mori. Lo reinterpretó como una llamada a estar en todo momento libres de pecado, porque la muerte llega sin avisar.
Poco que ver con la función que cumplía en la sociedad romana. Allí respondía a las cosas de este mundo. Intentaba prevenir que los vencedores se ensoberbecieran, se endiosaran. Que, ebrios de vanidad, se sintieran designados por los dioses como salvadores y utilizaran sus tropas para hacerse con el poder absoluto, ignorando la ley y pisoteando derechos ajenos. Era, por tanto, una llamada a la modestia, a la sensatez, a la cordura. Un chute de sabiduría ciudadana para conjurar el peligro de los tiranos y las dictaduras.
En los tiempos que corren, no sé si nos serviría de algo hacer acompañar a Trump, Putin, Elon Musk, Bezos, Netanyahu… -puedes poner aquí al diosecillo actual que desees- de un voluntario que les murmurara al oído aquello de memento mori.
Bueno, ya sé que sería imposible. Jamás lo consentirían. No soportan que nadie les recuerde sus límites. Utilizan el poder y/o sus incalculables riquezas para rodearse de gentes serviles, dedicadas en cuerpo y alma a cantar sus alabanzas.
Dudo también que, en el caso de ser posible, el recordatorio consiguiera reducir sus descomunales vanidades, tan hinchadas que solo las podría moderar algún cataclismo cósmico.
Y, sin embargo, sus palabras y actos demuestran que se saben mortales.
Elon Musk ha hablado varias veces sobre el envejecimiento. Bocazas y soberbio como es, ha llegado a afirmar que creo que es un problema muy fácil de resolver. Bezos, más comedido, financia investigaciones para frenarlo, aunque, si le hiciera caso a Musk, no debería malgastar su dinero en un problema tan fácil de resolver.
Xi Jinping y Putin también mantuvieron una conversación al respecto. El líder chino comentó que en este siglo se podría abrir la puerta a vidas de hasta 150 años. Putin -no se iba a quedar atrás- añadió que con el desarrollo de la biotecnología y los trasplantes de órganos se podría alcanzar la inmortalidad. ¡Toma ya! Viniendo de donde vienen las afirmaciones y haciéndolas quienes las hacen, uno se aferra al refrán que asegura que no hay mal que cien años dure. A ver si nos van a joder hasta esa lejana esperanza.
Claro que los biólogos rebajan muy mucho esas pretensiones. Nos cuentan que el cuerpo humano está diseñado para aguantar, como máximo y en óptimas circunstancias, 120 o 130 años. Que más allá de eso, harían falta modificaciones genéticas de calado para prolongar sus funciones. Se está investigando en esos campos, por supuesto, pero dar fechas es pura especulación. Valga señalar que la actual esperanza de vida a nivel mundial es de unos 74 años.
Tampoco sobra recordar que, durante toda la historia de la vida en la Tierra, no ha habido ninguna especie dominante que no haya acabado siendo sustituida por otra. Así que es posible -incluso probable- que la humanidad no sea la excepción y acabe por extinguirse. O que sufra mutaciones que den origen a otra especie distinta. Lo cual, visto lo visto, quién sabe si sería para bien.
Incluso el planeta Tierra y el sistema solar son finitos. Según un estudio de la NASA, la Tierra se volverá inhabitable en unos 1.000 millones de años. Y en 5.000 millones, el Sol agotará el hidrógeno que alimenta su núcleo y se transformará en una gigante roja.
Para rematar toda pretensión de eternidad, resulta que hasta el propio universo se acabará. Sobre eso hay distintas teorías. A mí -desde mi total y absoluta ignorancia- me gustan la del Big Crunch, porque pone un cierre perfecto al círculo abierto por el Big Bang, y la del Big Rip, porque lo dice todo en seis letras.
1.000, 5.000 millones de años…, ¡largo me lo fiáis! me diréis. Vale. Desde una perspectiva humana, esos tiempos son una eternidad. De acuerdo.
Pero antes o después, de una forma o de otra, acabaremos extinguiéndonos. Y tampoco cabe descartar, si ponemos el suficiente empeño, que eso ocurra mucho antes. Que unos tipos con los perfiles patológicos de Trump y Putin, por ejemplo, sean quienes gobiernan los arsenales nucleares que podrían acabar con la vida en el planeta provoca sudores fríos. Si nos dedicamos a jugar a la ruleta rusa o a la ruleta USA…
Todos desapareceremos, no hay duda. Frente al universo somos muy poquita cosa, casi nada. La vida se va en un suspiro. Así que lo único que parece sabio es aprovechar y disfrutar de lo que tengamos por delante. Cada cual sabrá qué le satisface y con quiénes desea compartir el viaje.
Trump, Putin, Elon Musk, Bezos, Netanyahu… también se saben mortales. Y, sin embargo, dedican sus días y energías a una lucha despiadada por alzarse sobre los demás, por acumular poder y riqueza. En nombre de causas que llaman sagradas o por avaricia pura y dura, practican la rapiña o recurren a una violencia que trae más violencia.
Nunca he conseguido entender para qué quieren tanto dinero y poder siendo el viaje tan breve; por qué malgastan sus vidas en seguir empujando esa rueda sin fin. Algún placer obtendrán, supongo, aunque me resulte imposible de imaginar. Pero no me dan ninguna envidia. Me parecen unos perfectos ignorantes, no han aprendido nada de lo que realmente importa en la vida.
El problema para la gente común, para todos nosotros, no es que desperdicien en estupideces el escaso tiempo que tendrán aquí. Allá ellos. Con su pan se lo coman. El problema es que concentran tanto poder en sus manos que, de paso, pueden jodernos la vida a los demás.