Sal si puedes

Salsipuedes -escrito así, todo junto-, es el nombre de una calle de Garrovillas de Alconétar, población histórica de la provincia de Cáceres cercana al Tajo y a la frontera portuguesa. El pueblo es conocido -sobre todo- por su magnífica plaza de origen medieval. Salsipuedes es un callejón corto, sin nada especial: se entra, se recorre y se sale de él sin dificultad alguna. Pese al nombre, no es una trampa para incautos.

Sal si puedes, una invitación al escape, a la fuga, al cambio. Por buena que sea la vida de que disfrutamos, es difícil que no haya alguna circunstancia que desearíamos dejar atrás, alguna traba de la que nos querríamos librar. No siempre podemos y nos vemos obligados a aprender a convivir con las contrariedades, a movernos en el marco de lo posible. Incluso en el mejor de los casos, hay límites insalvables: los del tiempo o los de la materia de que estamos hechos, sin ir más lejos.


Plaza de Garrovillas. Los pilares inclinados son huella del terremoto de Lisboa de 1755.

Pero, además de las limitaciones personales, sal si puedes cabe ser leído también como una llamada a escapar de las trampas sociales, a librarse de los cepos de unas sociedades que se mueven en direcciones muy preocupantes. Vale, soy un pesado, pero os vuelvo a recordar que la mayor potencia mundial está dirigida por un ignorante capaz de ir desencadenando una crisis tras otra con su megalomanía infantiloide. Y que no ha caído del cielo, sino que ha sido elegido por sus compatriotas… ¿a su imagen y semejanza?

En sal si puedes, la invitación a salir viene limitada por la posibilidad de hacerloLejos, por tanto, de las fórmulas tan al uso hoy en día que nos prometen que seremos cualquier cosa que queramos. O que insinúan, incluso, que si no lo logramos es porque no lo hemos deseado con la suficiente fuerza o porque no hemos luchado lo bastante. El si puedes, por el contrario, subraya los límites, la realidad, los hechos, lo posible. Una visión mucho más ajustada de las cosas, creo yo.

Vivir huérfanos de realidad parece un signo de los tiempos. Hoy en día no parece exigible que las palabras concuerden con los hechos. En el ámbito político -pero también en el social- se puede mentir o soltar cualquier necedad sin que traiga consecuencia alguna. Lejos de pagar un precio por ello, una mentira se tapa con otra mayor, una estupidez queda sepultada por otra más escandalosa. Hay personajes públicos -y sobran los ejemplos- de quienes ya no sabemos ni de qué están hablando. La sobreabundancia de sandeces imposibilita discutirlas, porque no da tiempo para irlas analizando una a una.

Lo peor del caso es que las falsedades -sumadas a los insultos y las groserías- explican buena parte del éxito de esos sujetos. El debate social ha sido sustituido por una conversación de barra de bar. Tras años de cogérsela con papel de fumar, el péndulo se mueve hacia el otro extremo. Se confunde lo verdadero con lo ruidoso, con lo escandaloso. Y eso vale para las grandes y las pequeñas cosas. Hasta en programas de entretenimiento televisivo se apela al griterío del público para decidir lo que es cierto, como si la verdad pudiera medirse en decibelios. 

Sal si puedes. Querer y poder hacerlo. Razonar, buscar datos, contrastar lo dicho con la realidad… lleva su tiempo. No sirve, desde luego, el tiempo instantáneo de las redes sociales, de los memes, de las frases hechas mil veces repetidas… Cualquier matiz necesita ser explicado. Usar la razón requiere cierta calma. Para poder salir parece imprescindible -entre otras cosas, claro- recuperar esos tiempos más pausados.

Se dice que cuando se cierra la puerta a la realidad, esta se acaba colando por la ventana. Ahora, al cerrar la puerta a la realidad, lo que se está colando por la ventana es lo irracional, la rabia, la ultraderecha.

A ver si podemos salir de esta.

2 comentarios

  1. Excelente reflexión. Por cierto, «Salsipuedes»es también el nombre de un callejón del barrio de la Navarrería de Pamplona…Y las denotaciones y connotaciones pueden ser semejantes…Vale!

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