América Latina y las barbas del vecino

El ultraderechista Abelardo de la Espriella ha ganado las elecciones presidenciales en Colombia. Se añade así a una lista que crece y crece: El Salvador, Honduras, Argentina, Ecuador, Chile, Perú… La ola ultra sigue barriendo América Latina.

Abelardo de la Espriella es abogado, empresario y millonario. Ha publicado vídeos en internet con versiones de clásicos de la música ligera como O sole mio, Volare o A mi manera. Además de la colombiana, posee las nacionalidades italiana y estadounidense. ¿Un ciudadano del mundo? ¿Un cosmopolita?

Pues no precisamente. Ha construido su movimiento sobre un nacionalismo extremado. El propio nombre del grupo es una contundente tarjeta de visita: Defensores de la Patria. En el pasado se dijo ateo. Ahora se presenta como paladín de la causa cristiana, porque en años recientes, afirma, se encontró con Dios. En el paquete de reencuentro con la divinidad ha incluido la defensa de la familia tradicional de padre y madre o la prohibición del aborto. En fin.

La promesa estrella de su campaña electoral ha sido la mano dura: megacárceles al estilo Bukele, aniquilar lo que queda de las guerrillas, frenar a los emigrantes, acabar con los narcos, alinearse en política militar y de seguridad con el trumpismo… en resumen: la pretensión -simplificadora y brutal- de que todo se arregla a base de repartir mamporros. La otra pata de sus propuestas tampoco se aleja de lo habitual en estas corrientes: recortes masivos del gasto público y de los programas sociales. Y todo ello envuelto en el celofán de la Patria Milagro: ha dado un mes de plazo a las guerrillas para que entreguen las armas y afirma que en 100 días cambiará el país.

Más allá de su escurridizo perfil y de los prodigios populistas que ha vendido, solo el tiempo nos dirá hasta dónde quiere y puede llegar. En todo caso, es evidente que su programa no es el conservador tradicional. Propugna una política mucho más agresiva y radical. Y hay que tener en cuenta que -al igual que Trump- se ha apoyado en grupos religiosos y sociales fanatizados, minoritarios pero muy ruidosos.

No es de extrañar que diversos sectores, entre ellos buena parte de los escritores más conocidos de la región, estén preocupados.

Sergio Ramírez, en un reciente artículo1, hablaba de los candidatos extremistas de verborrea incendiaria que están alcanzando el poder a la sombra de Trump. Ponía los casos de Honduras, Perú y Colombia como ejemplos de sociedades partidas en dos, en las que el gobierno se ha decidido por un puñado de votos. En su opinión, poco bueno cabe esperar de esa polarización social.

Juan Gabriel Vásquez ha escrito diversos artículos sobre el tema. En el que voy a comentar2, después de subrayar la complejidad del análisis y puntear alguna que otra cuestión, se centra en la responsabilidad inmensa que les cabe a Petro y a su gobierno. Llega a afirmar que De la Espriella es un invento de Petro, en su afán de dividir y desgastar a las derechas tradicionales. O que De la Espriella es lo que está recogiendo la izquierda radical después de cuatro años de gobernar desde su burbuja de sectarismo, arrogancia, demagogia, incoherencia y desprecio.

El auge ultra no se limita a América. Afecta también a Europa. Y en África o Asia se fortalecen movimientos integristas y reaccionarios que, aunque con características diferenciadas, muestran fuertes paralelismos con esas corrientes. Es un fenómeno universal, por lo que cabe suponer que también lo serán sus raíces.

Me parece indudable que, como denuncia Sergio Ramírez, las sociedades se han polarizado. Se ha solidificado la fidelidad ciega de cada grupo hacia los suyos, se simplifica brutalmente la realidad, la discusión pública se reduce a la monótona repetición de mantras y consignas… Cuesta escuchar las razones del otro; y eso cuando las hay, claro, porque entre las habituales riadas de insultos apenas queda sitio para argumentos o datos. Pero yo diría que es una polarización asimétrica. Trato de explicarme.

La ultraderecha está a la ofensiva y enarbola un programa de cambios sociales agresivos. Desde la izquierda, la polarización es distinta. No digo que no haya interesados en impulsarla, es bien sabido que la fórmula más simple para cohesionar a los tuyos es enfrentarlos a un enemigo exterior. Pero me parece que, en lo fundamental, se limita a excesos retóricos. ¿O alguien conoce por estos lares alguna fuerza política de cierto relieve que defienda implantar la dictadura del proletariado?

No tengo el conocimiento suficiente para poder hacer un juicio global sobre la labor del gobierno de Petro. Sí que he leído muchas de sus declaraciones. En función de ellas, creo que Juan Gabriel Vásquez tiene suficientes motivos para acusarle de demagogo, sectario y polarizador. La guinda del pastel ha sido su resistencia a reconocer los resultados electorales sin proporcionar indicio alguno de manipulación.

Pero el problema va mucho más allá de un personaje o de otro. ¿Por qué en esa polarización impostada acaba ganando la ultraderecha? ¿Qué tiene esa izquierda que se viste de radical para dar miedo a sectores amplios de la población?

Es imposible olvidar los regímenes progresistas o comunistas que han suprimido las libertades, o los fracasos de las economías rígidamente planificadas. En el imaginario social pesa la historia. Cuba, Venezuela, Nicaragua… son fantasmas que las derechas latinoamericanas agitan regularmente y que la izquierda no acierta a exorcizar. Porque el exorcismo solo podría consistir en la absoluta transparencia de sus objetivos: la defensa de la democracia y sus propuestas económicas, entre otras cuestiones. Pero ese ejercicio de claridad los obligaría a adentrarse en balances históricos y teóricos que siguen siendo tabú para determinados sectores de las izquierdas. En nombre de la concordia, se mantienen zonas de sombra que se cubren con retórica y ambigüedades. Así es imposible ahuyentar fantasmas.

El auge de la ultraderecha está ligado a la globalización, a los perdedores del proceso, a la erosión de la protección social, a la eclosión y dominio apabullante del universo digital, a los rasgos ideológicos que está fortaleciendo, al miedo ante los cambios vertiginosos que conlleva… Muchos y complejos temas.

Supongo que, por desgracia, todos seguiremos dándoles vueltas y más vueltas a estos asuntos. Así que ahora me voy a limitar a comentar un par de cuestiones.

En un mundo convulso, la ultraderecha vende seguridad. Y no solo frente a la delincuencia. Agrupa y bendice creencias fuertes –se cree porque sí, no hay necesidad de contrastarlo con la realidad-, relatos acabados que explican, regulan y dan sentido a la vida. Proporciona también el refugio de la identidad nacional -un nacionalismo que conlleva una forma obligatoria de pensar- de vivir y de estar en el mundo. Otro instrumento para ordenar el desorden. En ellos, con su líder al frente, se cristaliza la patria verdadera. Los diferentes -los enemigos, los traidores, los emigrantes…- pasan a ser la antipatria.

Lo paradójico es que las políticas que propugnan empujarían, en diversos modos y maneras, a profundizar los males de la globalización. El ultraliberalismo económico que defienden está cortado a la medida de las grandes empresas digitales. Las derechas radicales van abriendo brecha en la erosión de las reglas democráticas, desmontando instituciones internacionales, persiguiendo a los enemigos de la patria o tratando de eliminar cualquier limitación legal a su política de mano dura. Y a las gigantescas corporaciones digitales empieza a sobrarles la democracia.

Las inercias del pasado son poderosas. Cuesta un mundo tratar de modificar el rumbo de las grandes corrientes sociales. No sé si aún estamos a tiempo de intentarlo o si, por si acaso, convendría ir poniendo las propias barbas a remojar.

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