Lluvia en el desierto


Tierra reseca,
dominio de arena.
El rastrojo inerte
inclina hacia el suelo
su tallo quebrado
rogando clemencia.
El sol calcina en su yunque
las áridas dunas.
Las últimas nubes
que trajeron agua
son hoy puro olvido.
Atroz sequía, años desolados.
Cuesta creer
que algún rastro de vida
persista
entre el fulgor mineral
de este territorio ardiente.

Y de repente, la lluvia.
Cuando nadie la esperaba.
Sin aviso.
Nubes negras, inflamadas.
Agua, agua, agua.
Chorrea, rebosa, palpita,
dibuja regueros.
Agua pura, sangre nueva
por las venas de la vida.

Lenguas agrietadas
sacian su sed tan antigua.
De madrigueras umbrías
salen buscando alimento
depredadores y presas.
Semillas secretas germinan
pintando las dunas
de vivos colores
de flores recientes.
En los bajíos de arena
nacen insólitos lagos,
espejos en que se mira
el revivir de lo yermo.

Alguna vez.
Hay un momento.
Cuando parece imposible.
Otro comienzo.
Lluvia.
Llueve en el desierto.

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