Tierra reseca, dominio de arena. El rastrojo inerte inclina hacia el suelo su tallo quebrado rogando clemencia. El sol calcina en su yunque las áridas dunas. Las últimas nubes que trajeron agua son hoy puro olvido. Atroz sequía, años desolados. Cuesta creer que algún rastro de vida persista entre el fulgor mineral de este territorio ardiente.
Y de repente, la lluvia. Cuando nadie la esperaba. Sin aviso. Nubes negras, inflamadas. Agua, agua, agua. Chorrea, rebosa, palpita, dibuja regueros. Agua pura, sangre nueva por las venas de la vida.
Lenguas agrietadas sacian su sed tan antigua. De madrigueras umbrías salen buscando alimento depredadores y presas. Semillas secretas germinan pintando las dunas de vivos colores de flores recientes. En los bajíos de arena nacen insólitos lagos, espejos en que se mira el revivir de lo yermo.
Alguna vez. Hay un momento. Cuando parece imposible. Otro comienzo. Lluvia. Llueve en el desierto.