A veces me pierdo en un bosque de signos.
Cuchillos de hielo, retorcidas sombras,
bocas cosidas con hilos de acero
dibujando símbolos del dólar,
hipnóticas espirales que arrastran
al voraz torbellino controlado
por implacables sacerdotes virtuales.
Proscribieron palabras que intentaban
entender, dar sentido a las cosas.
La divisa del poder quedó grabada
a fuego en cada hito del camino.
Llamaron paz a lo que siempre fue guerra
y eligieron un misil por emblema.
Libertad, escribieron en trazos gigantescos
sobre las fachadas de las cárceles.
Despojadas de sentido,
vagan huérfanas las voces,
mudos espectros del pasado.
Nada rige, nada vale, no hay amparo…
Aquí el poder descarnado lo es todo,
la fuerza, el único argumento.
Me hostigan, me rodean los símbolos,
señales, marcas, trazos…
los estigmas vacíos de un tiempo cruel
esclavo del dios del dinero.
Mi consciencia me grita:
¡Solo es un mal sueño!
Cuando te despiertes, se disolverá.
Me empeño en abrir los ojos.
Te asomas al foso de mi sobresalto
y dices marcando una mueca,
remedo de algo que fue una sonrisa:
Nada es eterno. Todo pasará.
Sirve de consuelo.
Cuando nos vayamos,
se irán con nosotros nuestros dioses.