Géneros y genéricos

En una anterior entrada de este blog citaba al Che Guevara y su predicción -ya me diréis qué fue de ella- de que la revolución socialista traería consigo un hombre nuevo. Me pasó por la cabeza añadir una nota aclarando que, en ese texto, hombre nuevo incluía a hombres y mujeres, a todos los seres humanos, que era un genérico.

Renuncié enseguida. Me pareció superfluo. Es más, pensé que sería un insulto a la inteligencia del lector. En 1977 -la fecha en que se publicó el libro de la cita- el uso de hombre como genérico era habitual.

Pero el lenguaje evoluciona y cambia. Para bien y para mal. Lo cierto es que, en los últimos años, determinadas palabras han sufrido un acusado desgaste en su función de genéricos. Si decimos es una película para niños, nos arriesgamos a que alguna niña nos pregunte si también es para ella. Parecido ocurre con hombre, alumno, padres… y otro buen puñado de términos. Hay alternativas, claro. Siguiendo con el ejemplo de hombre, lo podemos sustituir (por gente, humano, ser humano, persona, homo sapiens… según el contexto), especificar el femenino (hombres y mujeres), o aclararlo con un añadido.

En cualquier caso, los genéricos -algunos, al menos- se están erosionando.

Según explica el filólogo y catedrático de lingüística indoeuropea Francisco Villar, en el antiguo indoeuropeo no existía la distinción entre masculino y femenino en sustantivos y adjetivos. El femenino apareció más tarde, formándose a partir de frases relacionadas con hembra, añadiendo su particular marca de género. De ese modo, el primitivo genérico se desdobló en dos valores distintos: por un lado, siguió siendo utilizado como el genérico de siempre; por otro, pasó a ser el nuevo masculino por contraposición al femenino.

Me parece interesante remarcar esta duplicidad. Si en el contexto adecuado decimos los periodistas, debería entenderse -gramaticalmente hablando- que todos (hombres) y todas (mujeres) están incluidos. Que es un genérico lo confirma el hecho de que para referirnos exclusivamente a la parte masculina de la profesión debamos señalarlo explícitamente, diciendo los periodistas hombres, por ejemplo. Por el contrario, con solo hablar de las periodistas queda claro que nos referimos a mujeres. El femenino es exclusivo; una misma forma, por el contrario, puede hacer de genérico o de masculino.

Pero, más allá de sus orígenes, de su funcionamiento durante siglos, de su evolución, de las normas y argumentos gramaticales…. el lenguaje refleja la sociedad que lo utiliza y, a la vez, queda reflejado en ella. Está cargado de connotaciones sociales y políticas. Es un hecho indiscutible que, desde muy antiguo, las mujeres han quedado fuera de los círculos del poder. Y esa subordinación ha contribuido también a que el masculino haya sido considerado el género más natural, el socialmente preponderante.

Frente a esa marginación de siglos, el movimiento feminista nació y creció para reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres. Amplios sectores del feminismo -muy mayoritarios, diría yo- pusieron sobre la mesa el denominado lenguaje inclusivo. Hasta el punto de convertirlo, en ciertos casos, en seña de identidad del movimiento.

El lenguaje inclusivo, entre otras cuestiones de muy diverso calado, exige que cuando un texto incluye a mujeres se haga explícita su presencia. Como las formas del genérico coinciden aquí con las del masculino, lo señala como cristalización y consecuencia de la histórica subordinación femenina. Cuestiona los genéricos, los pone en entredicho.

Merece la pena echar un vistazo al mapa mundial de las lenguas y comprobar qué tipo de relaciones se establecen entre géneros y genéricos.

Si miramos la globalidad de los idiomas que se hablan a lo largo y ancho del mundo, resulta que la mayoría no tiene género gramatical o lo tiene en muy pocas palabras. Y, sin embargo, la preponderancia masculina -el patriarcado- es universal.

Entre las lenguas sin terminación distinta para masculino y femenino están el chino, el japonés, el inglés, el magiar, el alemán, el turco, el euskara… Al no discriminar entre géneros, deberían corresponder -si la relación fuera directa- a sociedades más igualitarias. Y, sin embargo, la situación de las mujeres en ellas es diversa y variopinta. Entre este tipo de lenguas están también el farsi, hablado en el Irán de los ayatolás y los velos; el suajili, idioma oficial en Kenia, Uganda y Tanzania, países con altos índices de mutilación genital femenina; o el quechua hablado en una sociedad que fue poligámica y en la que existían los harenes.

Y, como brochazo final de la panorámica, también se hablan algunas lenguas que utilizan el femenino como genérico, aunque no sean muchas, la verdad. Hay varias en el Caribe, como el guajiro. En algunos casos -como ocurre con el mohawh o mohaqués repartido entre EEUU y Canadá- se hablan en sociedades menos desiguales. Pero también están en este grupo el koyra en Malí, el afar y el zayse en Etiopía… que no se corresponden precisamente con sociedades igualitarias.

La difunta filóloga catalana Carme Junyent, feminista por convicción y necesidad, afirmaba que cuando la sociedad cambia, la lengua se adapta. Lo que no tiene sentido es intentar cambiar la lengua, esperando, que como consecuencia, cambie la sociedad (…). Nadie puede aportar un caso histórico en que se haya cambiado la lengua y como consecuencia de ello haya cambiado la sociedad. ¿Por qué iba a pasar ahora?

En 2021, Junyent coordinó el libro Som dones, som lingüistes, som moltes i diem prou (Somos mujeres, somos lingüistas, somos muchas y decimos basta). En esa obra, 70 filólogas sometían a crítica, bajo enfoques diversos, las bases del lenguaje inclusivo. Para Carme Junyent, lo más intolerable era su imposición desde las instituciones: quien quiera hablar y escribir así que lo haga, pero que a los demás nos dejen en paz, afirmó tajante.

Cabe reconocer que las duplicaciones de género no son ajenas al castellano. Saludos como señoras y caballeros, niños y niñas… se han venido utilizando desde hace tiempo.

Lo que funciona mal es tratar de eliminar los genéricos aplicando duplicaciones en todos y cada uno de los casos en los que aparecen. La duplicación se automatiza, a veces con resultados bastante chuscos: autoridades y autoridadas; jóvenes y jóvenas; miembros y miembras… sin olvidar el recientemente recuperado portavozas. Pero, bueno, a todos se nos escapan incorrecciones, esas meteduras de pata no me parecen tan relevantes.

Lo principal es que la eliminación de genéricos y su sustitución por duplicaciones no añade información y, sin embargo, produce textos innecesariamente farragosos, pesados, alargados, recargados, artificiales… Y eso no lo resuelve ni la proliferación de arrobas (trabajador@s), ni la multiplicación de contraposiciones (los/las trabajadores/as), ni las impronunciables X (nosotrxs). Los textos así escritos son confusos, no invitan a la lectura, se caen de las manos… Me parece significativo que este lenguaje apenas haya rozado la literatura.

Y aún se complica más si incluimos en la ecuación a quienes no se sienten ni hombres ni mujeres, a quienes se consideran no binarios. Un texto con el uso continuado de triplicaciones (niños, niñas, niñes) me parece difícil de digerir. Y os recuerdo que esos sectores también argumentan sentirse excluidos y reclaman visibilidad.

En ciertos ámbitos políticos y sociales se ha puesto de moda utilizar el femenino como genérico. La fórmula, si el contexto no lo hace evidente, arrastra a la confusión. ¿Qué entiende cada cual en un anuncio que reza necesitamos creadoras?

Alex Grijelmo en un artículo en El País, Femeninos problemáticos, explicaba lo mal que funciona cuando lo aplicamos a lo que consideramos negativo. Si afirmamos, por ejemplo, que vivimos en un mundo de locas, no sé cómo sería aceptado aunque explicásemos de inmediato que en ese locas estamos todos incluidos. De hecho, quienes lo usan suelen hablar de las trabajadoras, las luchadoras, las explotadas, las inquilinas…, pero jamás de las especuladoras, las explotadoras, las inquisidoras, las fascistas… Bien mirado, no deja de ser un curioso sesgo de género.

Determinadas formas del lenguaje cumplen también la función de identificación grupal. Así es, parece inevitable. Pero, por encima de todo, un idioma debería ser un instrumento compartido para comunicarse entre el conjunto de sus hablantes. En estos tiempo de auge de las corrientes de la derecha más ultra, la preocupación fundamental de las izquierdas debería ser, digo yo, escuchar a la sociedad y hacerse entender por ella.

Basta de textos incoherentes, cambiemos el mundo y cambiará la lengua lleva por subtítulo el libro coordinado por Carme Junyent que ya he citado antes.

Y es que, en lo que atañe al lenguaje, sería razonable pedir que escuchásemos más a filólogas.

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