
Por las ventanas del salón familiar se filtraba la luz rojiza del atardecer. Un espacio cercano, reconocible, había vivido en él mil historias y anécdotas desde el día de mi nacimiento. Ahora, sin embargo, todo se había disuelto en un silencio espeso. No quedaba nada, nada servía, nada contaba. El pasado eran sombras. El presente, una espera sin salida.
Sentado en su silla de ruedas, las manos temblorosas de mi padre se aferraban al periódico con fuerza, con la fuerza suficiente para tensar el papel y arrugarlo alrededor de sus dedos, esculpiendo en él pequeñas olas inmóviles. Los ojos clavados en el diario, ensimismado, ciego a cualquier otro estímulo. Parecía estar contemplando algo trascendental, decisivo, algo que requería de toda su energía y atención, como si le fuera la vida en no dejar escapar el menor detalle. Llevaba un buen rato en esa postura, congelado, sin mover un brazo, sin girar la cabeza.
Más allá del tiempo transcurrido, lo llamativo era su concentración, la fijeza de la vista, la meticulosidad de un examen en el que ponía todo su empeño. Me pregunté qué contenía aquel papel para llamar tan poderosamente su atención, qué recuerdos, qué conexiones remotas habría activado en su cerebro. En qué mundo mental estaría viviendo, mientras su cuerpo seguía recluido aquí, a mi lado, en su casa de siempre, en la soleada tarde otoñal.
En realidad, tener el periódico entre las manos durante horas formaba parte de su rutina, pese a que, desde hacía un par de años más o menos, no era capaz de leer. Su cuidadora se ocupaba de proporcionárselo a las mañanas y lo conservaba con él a lo largo del día. Por las razones que fuera -si se puede hablar de razones en estos casos-, el contacto con el papel parecía tranquilizarlo, lo calmaba, espaciaba sus repentinos accesos de mal humor. Era un hilo que lo conectaba con su propia biografía, un rito heredado de tiempos pasados, un gesto mantenido durante tantos años, tan habitual, que no lo había abandonado… aunque ya no supiera leer y él mismo no fuera aquel que fue.
Cumplía uno de mis turnos semanales. Acabada la jornada de su cuidadora y para liberar a nuestra madre, la tarde -desde la salida del Centro de Día hasta la hora de la cena- nos la repartíamos entre los hermanos. Pasé a recogerlo, como de costumbre. Me comentaron, el rutinario intercambio de información, que durante esas horas había estado tranquilo, que no había sucedido nada especial.
Los días se iban acortando. Otro verano se alejaba. Bajo el sol amarillo de otoño, la tarde me pareció fría, incluso en demasía. Así que, en lugar del habitual paseo vespertino, pensé que estaríamos mejor en casa. En su casa, dicho con mayor precisión, porque hacía bastantes años que había dejado de ser la mía.
Fui yo quien le pasó la página del diario. Una decisión que tomé sin darle ninguna importancia, ni siquiera tengo claro el porqué. Tal vez porque me turbaba observar que lo mantenía agarrado durante horas por la portada, sin abrirlo, una prueba irrefutable de que no lo leía, de que se aferraba al periódico como podría hacerlo un niño con su muñeco favorito. Demostraba que solo era un asidero frente a un mundo que se le había vuelto hostil, incomprensible, un territorio extranjero en el que se sentía perdido. Y me irritaba verlo así, no lo voy a negar: huérfano de pasado, de historia, olvidado todo lo aprendido… Cuesta aceptar la realidad cuando se tuerce tanto.
Le había abierto el periódico al tuntún, sin reparar por dónde, sin pretender dar con sección o tema concreto. Y, por una extraña casualidad, algo en la página arbitrariamente desplegada parecía haberlo conmocionado, lo había trastornado hasta el punto de quedarse petrificado en aquella actitud insólita. Me acerqué por detrás, tratando de no importunarlo, no quería que se pusiera nervioso. Miré por encima de sus hombros.
Tenía los ojos clavados en una fotografía antigua, en blanco y negro, la reproducción de una foto auténtica, supuse, no parecía estar retocada ni manipulada. Ocupando el centro de la imagen, desfilaba una mujer vestida de soldado, hermosa, el cabello corto y peinado con raya a la derecha, libre al viento, sin prestar atención a la multitud que los rodeaba y vitoreaba. Tenía la mirada partida entre el objetivo de la cámara y el cielo, como si quisiera levantarla hasta un horizonte más allá de las miserias humanas. Me pareció que su gesto era muy diferente al de cualquiera de los otros tres milicianos que la rodeaban -dos a sus costados; el tercero, detrás llevando la bandera-. El situado a su izquierda sonreía, la cabeza girada hacia los espectadores, respondiendo seguramente a los saludos de la muchedumbre. Los otros dos miraban a la cámara, atendiendo quizás a la petición expresa del fotógrafo, una pose muy habitual en las fotos antiguas. El gesto decidido de la mujer y su forma de mirar parecían traslucir la conciencia de la importancia histórica del momento, unos sucesos trascendentales en los que se sentía obligada a ocupar el corazón de la imagen, a dejar constancia para la posteridad de su papel decisivo en la victoria que celebraban.
A pesar del cuidado que puse en mis movimientos, mi padre se percató de mi presencia a sus espaldas. También, lo más sorprendente, de mi interés por aquella fotografía. Dejó caer el periódico sobre sus rodillas, levantó la mirada y giró el cuello para poderme ver por el rabillo del ojo:
-¡Laura, Laura! -dijo. Y lo repitió un par de veces, ¡Laura, Laura!, golpeando con suavidad la fotografía con un dedo.
Laura. Una sacudida oír ese nombre de sus labios. En aquellas circunstancias, quiero decir, porque Laura se llama mi madre, su esposa durante tantos y tantos años. El nombre no se le había olvidado, lo pronunciaba de vez en cuando, pero ya no era capaz de asociarlo con la persona de carne y hueso que era ella ahora. Mi madre, su cónyuge, la persona real de hoy en día, había dejado de ser Laura para él. Se había convertido en una desconocida.
Y, desde luego, lo que más me descolocaba: la mujer de la fotografía, evidentemente, no era mi madre, no cabía la menor duda. Parecía difícil incluso apreciar algún parecido entre ambas. Y no solo ahora, en este presente en el que mi madre es ya mucho mayor. Había visto numerosas imágenes de suyas de joven, cuando contaba con una edad aproximada a la de la mujer del desfile, y tampoco se pareció a ella en aquel entonces.
Volví a mirar el periódico. La foto ilustraba un reportaje sobre la actualidad política italiana, pero estaba tomada durante la multitudinaria celebración de la entrada de las fuerzas partisanas en Milán, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial. Tenía, en consecuencia, una fecha definida y comprobable: el 25 de abril de 1945, el día en que los partisanos tomaron las ciudades industriales del norte del país, solo tres días antes de que capturasen a Mussolini y lo colgaran cabeza abajo en la Piazzale Loreto de ese mismo Milán, cercana, supuse, al lugar en donde estaba tomada aquella instantánea.
1945. Ni mi madre ni mi padre habían nacido. Era por tanto imposible que aquella imagen del periódico formara parte de la historia de mi padre, de la por él directamente vivida, al menos. Ni había estado allí, ni pudo conocer la noticia cuando sucedió. Claro que la memoria se alimenta también de sucesos ajenos, hasta de los muy lejanos en el tiempo, de lo que nos contaron, de lo que oímos -incluso sin desearlo, a veces-, de lecturas, de imágenes…
Difícil cuadrar el círculo. Imposible saber qué había sucedido dentro de la cabeza de mi padre, qué le había impactado tanto, qué recuerdos se habían activado en su memoria provocando aquella asociación disparatada. Pensé que tal vez tuviera que ver con su afición por las lecturas históricas, o puede que estuviera relacionado con su pasión por el neorrealismo italiano, aquellas películas en blanco y negro que trataban de describir la dura realidad de posguerra. Sí, podía plantear hipótesis, por decenas o centenares si se me ocurrían, pero jamás podría comprobarlas.
Llegó mi madre de la calle. Pasó a saludarnos y le conté enseguida lo sucedido.
-Nunca estuvo en Milán, que yo sepa -comentó-. Jamás conmigo, eso seguro. Fuimos a Roma y Venecia hace años y era su primera vez en Italia, así lo afirmó varias veces. Y la mujer de la fotografía… ignoro quién es, tampoco creo que él la conociera. Muy guapa, sí, agita emociones, no es de extrañar que la tomen como símbolo de la victoria sobre el fascismo. Puede que la imagen sea famosa por eso, quizás él la hubiera visto antes.
La tarde siguiente pasé de nuevo a recoger a mi padre. Para mi sorpresa, seguía aferrado a la fotografía. Me pareció imposible que recordase por sí mismo los sucesos del día anterior. Así que lo más probable era que, al comprobar que estaba más tranquilo cuando la tenía delante, alguien había decidido volver a ponerla entre sus manos.
Hacía una temperatura más agradable y apuré el paseo hasta el anochecer, mi padre agarrado al periódico, sin levantar los ojos de la foto; yo, pensando en lo sucedido, preguntándome hasta cuándo seguiría comportándose de aquella manera insólita, cuánto tardaría en olvidar esa historia extravagante que, llegada de algún pasado inexistente, lo había conmocionado hasta tal punto.
Al volver a casa, mi madre nos esperaba en el salón.
Con el pelo teñido de negro, con raya a la derecha, recortado en media melena, suelto, aunque dentro de la habitación no soplara el viento y permaneciera por ello inmóvil. Se había redibujado las cejas para enderezar algo el trazo. Una gruesa capa de maquillaje hábilmente administrada eliminaba arrugas y contribuía a que su nariz pareciera más afilada, su boca más amplia y sus labios más finos. Vestía uniforme militar, pantalones y chaquetón caqui oscuro, cinturón y correaje de cuero negro, el fusil -de atrezo, supuse- terciado a la espalda, la gorra -no se había olvidado del pequeño detalle- en la mano…
Como si la fotografía hubiera cobrado vida, como si su protagonista hubiera escapado de las páginas del periódico para recibirnos en el salón familiar, seria, expectante, mirándonos a los ojos con similar expresión trascendente.
-¡Laura, Laura! -gritó mi padre nada más entrar a la estancia, y la voz le salió aguda, un volumen mínimo, quebrada por la emoción. El canto de un animal herido.
Mi madre se acercó, se hincó de rodillas delante de él y se fundieron en un abrazo estremecido. Sus ojos se inundaron de lágrimas, mientras mi padre no dejaba de repetir ¡Laura, Laura! como quien recita una plegaria. ¡Laura, Laura!
Me pregunté qué estaba pasando, qué ayer nunca sucedido los había vuelto a reunir en aquel abrazo. La falsa memoria de mi padre desmemoriado. El intento desesperado de mi madre de volver a ser nombrada y -en esa medida- reconocida, aunque fuera por un instante, aunque fuera a través de las formas de otra mujer… Pero no le di demasiadas vueltas.
Tras años de enfermedad y olvido, importaba poco que esa vida en la que se habían vuelto a encontrar jamás hubiera existido, que mi madre hubiera aceptado fundirse con una mujer de papel para sentirse nombrada de nuevo, o que -casi seguro- el reencuentro se redujera a una breve aproximación para regresar, al poco tiempo, al largo alejamiento del olvido.
Pudoroso, salí del salón. Cerré la puerta a mis espaldas. Allí los dejé. Solos, abrazados.
Mi amigo Pablo Pérez Ladrón acaba de publicar "Hombres desalmados, hombres con alma", un libro difícil de clasificar, que abarca muchos y diferentes temas, incluidos algunos muy polémicos.
"Hombre desalmados, hombres con alma" viene a ser un ajuste de cuentas con su biografía, tanto la personal como del mundo de las ideas, fundamentalmente las relacionadas con su labor en grupos de terapia y en seminarios de trabajo en la búsqueda de nuevos modelos de masculinidad.
Es, sobre todo y por encima de lo demás, un ejercicio de sinceridad brutal.
Ahí os va el enlace.
