Animalismo y lenguaje

Otra vez a vueltas con las palabras.

Ahora, organizaciones defensoras de la igualdad animal nos advierten de que nuestro lenguaje de uso habitual está cargado de expresiones que discriminan a otras especies. Sostienen que tal vez esta forma de expresarnos sobre los animales nos impide mantener con ellos una relación de auténtica igualdad. Y, para corregirlo, nos invitan a utilizar un lenguaje inclusivo, que abarque y respete a los animales, dicen.

Defienden desterrar términos como el de cerdo aplicado a quien no se lava lo necesario, gallina al cobarde, o burro al que consideramos de pocas luces. O sabandija, rata, alimaña, bicharraco… La lista de nombres de animales que utilizamos como insulto sería interminable.

Preocupados por facilitarnos el camino hacia la perfección, se aventuran a proponer expresiones alternativas que eliminen todo rastro de especismo. Sugieren, por ejemplo, que sustituyamos el dicho de la curiosidad mató al gato por la curiosidad emocionó al gato. O que en lugar de hablar de ser un conejillo de indias, utilicemos la expresión, mucho más neutra y científica, ser un tubo de ensayo. O reemplazar matar dos pájaros de un tiro por alimentar a dos pájaros con un panecillo. Tampoco consideran correcto decir llevar el tocino a casa, y proponen como alternativa más adecuada llevar las lentejas a casa. En la misma línea, deberíamos cambiar agarrar el toro por los cuernos por agarrar la flor por las espinas. Y así un largo etcétera.

Bueno, un primer comentario: puede que incluso ellos se hayan dejado contaminar por el especismo, al menos en los dos últimos ejemplos. Igual soy demasiado quisquilloso, pero las expresiones que proponen podrían considerarse discriminatorias hacía lentejas o flores. Y los vegetales son también especies.

Mirando la realidad, el primer dato que me parece relevante es que una gran parte de las menciones a los animales en nuestro lenguaje cotidiano no son peyorativas. En muchos casos son abiertamente elogiosas: hablamos de correr como un galgo, tener vista de halcón, ser fuerte como un toro, fiel como un perro… El búho personifica la sabiduría; la serpiente, la inmortalidad.

En otras ocasiones, son ambivalentes: la astucia de la serpiente, la fiereza del león, la fuerza del elefante… Animales que nos parecen temibles, pero a los que, aún así, admiramos.

Los animales protagonizan también muchas de nuestras fábulas: cuervos, zorros, lobos, corderos… Aparecen allí representando la astucia, la mansedumbre, la avaricia, la crueldad, la fidelidad… A imagen y semejanza de los humanos, para bien y para mal.

Incluso, en culturas muy diversas, hemos llegado a divinizar a ciertos animales: los gatos en el antiguo Egipto, las vacas en la India, el jaguar en Centroamérica… Ahí están el buey Apis, el cordero de Dios, el Salmón de la sabiduría, la Quimera griega… La lista de animales mitológicos o que encarnan deidades sería interminable.

Las relaciones de los seres humanos con los demás animales -y su reflejo en el lenguaje- han sido, desde la prehistoria, complejas, ricas, diversas, contradictorias. Amor, miedo, admiración, complicidad… En determinadas circunstancias, contar con la guía, la ayuda o la posesión de animales ha sido la línea que separaba la vida de la muerte. Muchas veces han sido y son nuestro alimento, pero es muy simple deducir de aquí una falta de respeto. A menudo ha sucedido todo lo contrario: antes o después de sacrificarlos se les rendía culto, protagonizaban ceremonias… Para entender mejor la compleja relación entre devorador y devorado, basta con recordar que en la misa católica, según su doctrina, se ingiere el cuerpo de Cristo, y ese acto lo entienden como una muestra suprema de devoción. Sí, difícil de asimilar en una sociedad tan ñoña como la nuestra.

No quiero alargarme más: la primera conclusión que saco es que los fundamentos de las propuestas de eliminar el especismo del lenguaje son de una superficialidad alarmante. Dictadas por la subjetividad.

Por otra parte, me parece indiscutible que las expresiones sobre animales están basadas en nuestra percepción de la realidad. Los cerdos, por ejemplo, desprenden un hedor considerable; hozan la tierra y la revuelven, dejando una imagen de suciedad a sus paso. Las gallinas huyen despavoridas ante el peligro y, lo que es aún peor, a veces se quedan paralizadas por el espanto. El burro es un animal sumamente terco; cuando se empeña en hacer o dejar de hacer algo cuesta dios y ayuda hacerle rectificar. Y ocurre lo mismo con las figuras elogiosas: el búho nos evoca la imagen del sabio, el zorro es capaz de burlar la estrecha vigilancia del granjero para hacerse con sus presas… Si estos términos han conseguido éxito en su uso social es porque nos proporcionan metáforas visuales que cargan de valor lo que decimos, que dan viveza a nuestras palabras. Y porque son acordes con nuestra experiencia y por eso las entendemos sin grandes explicaciones.

No sé qué significa la auténtica igualdad animal que predican. Entendida en sentido estricto, igualar los derechos de los seres humanos con los de los mosquitos anopheles, las ovejas merinas o los caracoles me parecería sumamente inquietante. Aunque tal vez sea tan solo una forma descuidada y poco precisa de hablar. Quizás lo que pretendan sea que tratemos de evitar a los animales todo dolor innecesario. Nada que objetar si es así. Pero esa intención se enturbia metiéndose en esos jardines terminológicos.

Tampoco alcanzo a comprender quién sería el ofendido por el uso de expresiones peyorativas hacia algunos animales. No creo que cerdos, gallinas o burros se sientan agraviados por la comparación con seres humanos. El chorlito no verá menguada su autoestima por escuchar que a alguien ligero y de poco juicio le llamemos cabeza de chorlito.

La verdad es que no creo que estas propuestas de reforma del lenguaje vayan a llegar muy lejos: se prestan demasiado a todo tipo de bromas. Si escribo sobre ello es porque me parece otro síntoma más de un fenómeno generalizado. El empuje de lo políticamente correcto, las gentes de piel tan fina que se sienten humilladas por cualquier cosa, el infantilismo reinante… Hablar, no digamos ya escribir, se está convirtiendo en un campo minado en el que cuando menos lo esperas salta la liebre de las susceptibilidades heridas. Las lenguas son instrumentos de comunicación y, por lo tanto, necesitan ser compartidas entre sus usuarios. Para podernos entender los unos con los otros, al menos. Y vamos camino de que cada colectivo utilice un lenguaje propio, más como elemento de identificación grupal que de intercambio de ideas con el resto de la sociedad.

Por supuesto que cada cual puede utilizar el lenguaje que le venga en gana. Y que, como ha ocurrido siempre, este irá cambiando conforme lo haga la sociedad. A mí me gustaría que usáramos un lenguaje cada vez más exacto, que nos acercara todo lo posible a la realidad y sus distintas facetas. Que fuera más rico, variado, brillante en sus imágenes y expresiones. Incluso más divertido.

Y la verdad, no hay comparación posible entre acabar un cuento infantil con la tradicional fórmula de despedida y fueron felices y comieron perdices, o hacerlo utilizando la alternativa y fueron felices y comieron tofu. Sin entrar en discutibles consideraciones gastronómicas, es que ésta última ni siquiera rima.

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