Madrid: mañana será otro día

Muchos amigos andan deprimidos tras los resultados de las elecciones del 4 de mayo en la Comunidad de Madrid. La victoria de Ayuso -personal y, en distinta medida, del PP- los tiene descorazonados. Los datos son incontestables, se entiende su desazón. Pero creo que conviene recapitular sobre las dimensiones de lo ocurrido. Medirlo correctamente es imprescindible para calcular su trascendencia real. O lo que pueda tener de novedoso.

Mirados con los ojos simplificadores de los eslóganes de la campaña –democracia o fascismo, por ejemplo- los resultados serían para echarse a llorar: 1.950.873 madrileños, la suma de PP y Vox, habrían votado por el fascismo, nada menos que el 53,86% de la población. Claro que la premisa es tan ridícula como pensar que 1.485.390 ciudadanos, sumando los votos de Más Madrid, PSOE y Podemos, el 41,01%, reclamaron con su sufragio la implantación de los soviets. Y de ese modo lo planteó Ayuso: comunismo o libertad. Pero, ¿de verdad cree alguien que se pueden medir así los resultados?

Conviene hacer un poco de historia. La mayoría absoluta en Madrid de la derecha, o de las derechas, no es cosa nueva. Pongo los siguientes datos en porcentaje de votos, porque el número de escaños ha ido cambiando con los años.

Ya en 1995 Alberto Ruiz-Gallardón logró la primera victoria por mayoría absoluta para el PP con el 50,98% de los votos. El mismo Alberto Ruiz-Gallardón repitió mayoría absoluta en 1999, consiguiendo el 51,07% de los sufragios. En octubre de 2003, tras la repetición de las elecciones de mayo de 2003 -cuando PSOE y IU consiguieron la mayoría y se vio frustrada por el tamayazo-, la candidatura de Esperanza Aguirre sumó el 48,48% de los votos, pero logró mayoría absoluta en escaños. En 2007 repite Esperanza Aguirre, y logra el mejor resultado en la historia del PP en la Comunidad de Madrid, con un 53% de los votos. En el 2011 repite mayoría absoluta con el 51,73% de los votos.

Estas sucesivas mayorías absolutas se cortan con los indicios de corrupción galopante, la trama Gürtel, y el nacimiento de Ciudadanos. A partir de aquí, el PP sigue gobernando Madrid, pero apoyándose en la muleta que le proporciona el otro partido.

En estas elecciones el PP ha conseguido el 44,73% de los votos. Necesitaría sumar a Vox para llegar al 53,86%, porcentaje que sí superaría -por poco- sus mejores resultados en solitario. Es decir, y por ir al grano: el PP ha recuperado el voto que se marchó a Ciudadanos. A ese factor, que explica el grueso de su crecimiento, debería añadirse otra circunstancia más compleja: parece haberse llevado también una parte importante de eso tan volátil que se conoce como voto de centro. Así lo indica, con la alta participación registrada, su crecimiento frente a la erosión del PSOE. Y se refuerza la suposición si consideramos el porcentaje, perdido en escaños, que conserva Ciudadanos. Esa tendencia a engordar por el centro con mensajes de derecha sin complejos sí que requeriría de un análisis más sosegado.

Sociológicamente, la Comunidad de Madrid ha estado, desde hace mucho tiempo, escorada a la derecha, si la comparamos con los datos del conjunto del país. Son diversas las razones que lo explican: el factor capitalidad, con el peso de la Administración y las cúpulas funcionariales; las prácticas de competencia fiscal desleal, atrayendo empresas, con sus direcciones incluidas, y rentistas deseosos de pagar menos impuestos… Madrid no es España: es su capital, y algunos han sabido sacar provecho de esa condición.

Ayuso representa la tradición del PP, pero también añade cosas nuevas a su bagaje.

Entre lo de siempre está el liberalismo económico, con su propuesta de seguir bajando impuestos. Una propuesta que continua siendo rentable electoralmente, al parecer. Más aún si se afirma que con ello no van a empeorar los servicios públicos y que con su privatización se van a abrir nuevas ventanas de oportunidad para los negocios. Y, si falta dinero, ahí está la Administración Central. Debería financiar más y mejor a Madrid, porque, como ya se sabe, es una comunidad económicamente maltratada.

También forma parte de la tradición, recordemos a Esperanza Aguirre, utilizar al gobierno de la Comunidad como ariete contra el Gobierno Central cuando este es del PSOE. O sus posiciones sobre temas culturales y sociales: la familia, la enseñanza, la religión… Seguimos con la España de manolas y toreros.

Pero hay cambios. El tiempo nos dirá si son matices, flor de un día, o señalan el comienzo de un camino que piensan seguir recorriendo.

La primera diferencia es el acento puesto en un madrileñismo de postal. En plena pandemia, Ayuso permitió la libre circulación de sus ciudadanos y los madrileños, en esas condiciones, eran recibidos de uñas en otros lugares. Fabricaron entonces el concepto de madrileñofobia. Y lo asociaron, además, a las pérfidas actitudes de la izquierda. Madrid como centro del mundo. La construcción de una identidad y una forma de vida madrileñas que provocarían la envidia del resto. Una identidad que, como es habitual en estos casos, une a los que se agrupan bajo su paraguas y, a su vez, los enfrenta a los otros, a los bárbaros exteriores.

También hay que hablar de la pandemia. En torno a ella, la oposición al Gobierno Central ha sido por tierra, mar y aire. Por exceso -oponiéndose a los estados de excepción y reivindicando la libertad frente a las restricciones- y al mismo tiempo por defecto -reaccionaron tarde, mal, sin contundencia… -. Apostando por operaciones fallidas con mascarillas chinas o vacunas rusas, o convirtiendo al Zendal en un ejercicio de propaganda. O acusando de discriminación, sin dar ni una sola cifra constatable, al Gobierno Central por el reparto de vacunas, ayudas, fondos europeos…

Conviene analizar los datos que ha dejado la pandemia en la Comunidad de Madrid. Parece apropiado compararlos con los de Cataluña, porque tienen similar población y en los dos casos se dan grandes aglomeraciones urbanas en torno a Madrid y Barcelona. La Comunidad de Madrid, con un millón menos de habitantes que Cataluña, ha tenido casi mil muertos más (15.041 frente a 14.271) y cien mil contagiados más (689.000 por 589.000). Es un balance claramente negativo. Ayuso no tiene motivos para sacar pecho por su gestión frente a la pandemia. Pero, aunque tratándose de muertos cualquier cifra sea dramática, tampoco hay un abismo entre los datos de los dos comunidades.

La propagación de un virus depende muchas veces de factores ingobernables. Los contagios no ocurren por casualidad, pero dependen de multitud de factores que escapan a todo posible control humano. Ayuso -en la línea de otros dirigentes políticos como Trump, el primer Boris Johnson o Bolsonaro (pero también del primer ministro socialdemócrata sueco, Stefan Löfven)- ha hecho bandera de una política laxa, de escasas restricciones, una especie de negacionismo ligth. Y esas políticas parecen haber sido rentables de cara a la opinión pública, al menos mientras no se ha descontrolado la pandemia. Ayuso, como ha ocurrido en otros casos, también parece haber sacado rendimiento electoral.

Y la guinda de esa política laxa frente a la covid ha sido su reclamo de libertad contraponiéndolo a las restricciones del Gobierno Central. Una libertad reflejada en el placer de tomarse una cañitas con los colegas. Un concepto pueril de la libertad, por supuesto, pero que, tras más de un año de pandemia, no deja de ser apetecible para la mayoría de la población. El personal está -estamos- ya muy cansado y echa de menos cualquier resquicio de cierta normalidad. La cañita como promesa electoral era más que una broma.

Ayuso trae también consigo la alegría insensata de las afirmaciones sin contrastar, de atreverse a decir cualquier cosa sin sonrojarse, aunque no se sostenga en la realidad. Las hoy en día tan famosas verdades alternativas. Así, puede decir con aplomo que por ella tendría vacunada ya al 100% de la población madrileña, aunque en ningún lugar del mundo se haya alcanzado esa cifra. O que la justicia ha fabricado exigencias para que no pueda presentarse Toni Cantó. O las denuncias de discriminación con las vacunas y los fondos que realizó sin dato alguno. Y todo lo dice sin pestañear, con absoluta naturalidad, con un lenguaje poco sofisticado, que podría ser de cualquier ciudadano normal y corriente. Porque trata de mostrarse como una de las nuestras, habla como nosotros, no forma parte de esas élites políticas que han secuestrado el lenguaje. Hasta el chusco detalle de haber llevado el twitter del perro de Esperanza Aguirre se vuelve a su favor porque da fe de su sencillez y naturalidad.

En este sentido, podemos encuadrar a Isabel Díaz Ayuso dentro de las corrientes populistas. Muestra un cierto aire trumpista, con sus aires de simpleza, provocación y desprecio hacia la verdad. Y el populismo pesca en muchos caladeros. Es cierto que el concepto de populismo es vaporoso y difícil de definir. Pero si los significantes vacíos se pueden llenar con cualquier cosa, también ha aprendido a hacerlo Ayuso. Más nos valdría que la izquierda tratara de construir sobre bases más sólidas.

Tampoco deberíamos olvidar que las elecciones han sido autonómicas. Las elecciones autonómicas, por su propia naturaleza en un Estado que no ha terminado de establecer canales claros de gobernanza en común y corresponsabilidad federales, se prestan a venganzas de bajo coste contra el Gobierno Central. La dinámica se repite en todas partes: gastamos nosotros, el Gobierno Central recauda; los éxitos son propios, los fracasos del Gobierno Central. Estas dinámicas, inevitables mientras no se reforme el andamiaje autonómico, se prestan a que en las elecciones de las comunidades autónomas se cobren, con repercusiones limitadas, facturas pendientes al Gobierno Central. Y en este caso, la fatiga pandémica, la situación económica y los resquemores contra la alianza de Gobierno entre el PSOE y Podemos invitaban a propinar una patada a Sánchez en el culo de Ángel Gabilondo.

No voy a entrar en el análisis de las campañas que han realizado las distintas fuerzas de izquierdas. No porque crea que no hayan tenido transcendencia, sino porque me interesa destacar otro factor: el terreno de juego estaba ya muy enfangado previamente. Ayuso llevaba dos años arremetiendo contra el Gobierno Central y presentándose como víctima de sus políticas sin que desde la oposición en la Comunidad de Madrid se levantaran voces lo suficientemente contundentes que la cuestionaran. La cohesión de quienes se consideran ofendidos se refuerza frente a las respuestas externas, por muy razonables que sean, y solo puede ser desmontada o debilitada desde el interior. Esa imagen de comunidad maltratada estaba ya extendida, y el victimismo -nos humillan, nos desprecian, nos roban- sigue saliendo a cuenta en el mercado político.

No pretendo quitar trascendencia a los resultados de Madrid. Pero lo cierto es que han confluido unas circunstancias (una estructura social conservadora, una líder populista, la fatiga pandémica, el desmoronamiento económico, el deseo de cobrar ciertas facturas a Sánchez -¡ay, el pecado de aliarse con Podemos!-…) que han desencadenado la tormenta perfecta.

Ojalá lo ocurrido sirva para revisar las viejas políticas de la izquierda y renovar su agenda.

Y en cualquier caso, mañana será otro día.

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¡¡¡ Súmate a la campaña para pedir a la Santa Sede la canonización de Isabel Díaz Ayuso !!!

Un comentario

  1. Todo se puede explicar e incluso entender.. Por ello pregunto
    Qué hay de la autocritica?
    Porqué la pérdida de votos y de confianza cuando se tuvo «el mundo en las manos»?
    Te recuerdo el «no pasarán» y no solo han pasado sino que se han quedado.. Mientras tanto a echar balones fuera porque la izquierda siempre progresista y vanguardista se ha quedado anclada en Franco… Como con síndrome de Estocolmo…

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