Sestao, los años del derrumbe

Trabajadores de La Naval contra la reconversión del astillero.


Ocurre, a veces, que caminas sin pensar hacia adonde. Te arrastran tus pasos sin rumbo preciso. Sin que tengas muy claro qué te trajo hasta aquí, te adentras en territorios de la memoria.

Sí, allí está Sestao, subido, como siempre, al cerro que domina la ría. Desde allá, hacia el norte, se dibuja el cauce del Nervión mezclando ya sus aguas con las del Cantábrico. Hacia el sur se extiende la vega del río Galindo, zona de marismas hasta que las fábricas se apoderaron de ella y la convirtieron en un emporio de industrias. Queda muy cerca, al oeste, la zona minera, donde se arrancó el mineral de hierro que dio origen a la revolución industrial en estas tierras. La geografía no cambia, las transformaciones geológicas apenas son perceptibles en el transcurso de una vida humana. Pero… ¿y todo lo demás?

No necesitas llegar hasta Sestao para comprobar que la atmósfera es distinta. Ya no flota en el aire la boina de humo y vapor que lo envolvía todo, ni pican los ojos con los gases de la industria. Olía a caldo de pollo, solían decir los vecinos, y recuerdas que sí, en algo se parecía, pese a ser una sopa tóxica que dañaba los pulmones.

Junto a la ría, miras las grúas de La Naval. Están paradas como en una fotografía, los brazos detenidos para siempre en una danza inmóvil. Has perdido la cuenta de las reconversiones que han sufrido lo que antaño fueron grandes astilleros. Tajo a tajo, con los años fue menguando la plantilla, quedándose en los huesos, hasta que, hace bien poco, una empresa belga ha comprado los terrenos para dedicarlos a otros menesteres. Es el final de la historia: murieron los astilleros y pusieron a la venta sus despojos.

Sigues adelante. También se apagó hace mucho el fuego de los Altos Hornos. Ya no se escucha el estruendo de las coladas de acero, ni se levantan nubes de vapor al enfriarse el metal fundido. En la oscuridad de la noche era la viva imagen del infierno. Solo queda un horno alto mantenido como resto arqueológico y, en una esquina de los terrenos que ocuparon, la acería compacta. Trabajan en ella unos doscientos obreros. Comparados con los más de diez mil que llegaron a hacerlo…

Viniendo desde la ría, la empinada cuesta de La Iberia conduce hasta el centro de la población. Ya no suben por ella las mareas de trabajadores al salir del trabajo. Algún que otro grupito, de razas muy diversas, asciende hacia el núcleo urbano sin esfuerzo, utilizando la larga escalera mecánica que han instalado. Tú eliges subir caminando, por llevar la contraria, quizás.

En la plaza del Casco, el corazón de Sestao, pequeños grupos se mueven de acá para allá, sin que parezcan tener mucha prisa. Tal vez no haya gran cosa que hacer aquí y en estos tiempos. Además, se han multiplicado las terrazas, supones que en parte debido a la pandemia, lo que añade un punto de pereza al paisaje. Las fachadas de los edificios están limpias, sin la capa de hollín que las ennegrecía. Las calles, lo compruebas dando un pequeño rodeo, más cuidadas. Ahora hay árboles y zonas ajardinadas. El progreso.

De vuelta al Casco, frente al Ayuntamiento, te detienes ante la escultura levantada en homenaje a Los trabajadores, una enorme cabeza que, dependiendo del lado que la mires, representa a un hombre o a una mujer. Unos segundos de observación y a ti también se te va la cabeza a otras épocas.

Sestao fue el corazón de la Margen Izquierda de la ría de Bilbao. A su alrededor se concentraban fábricas gigantescas. Del lado de la ría, Los Altos Hornos de Vizcaya y La Naval. En la vega del río Galindo, Babcok Wilcox, General Electric… Una aglomeración de industrias pesadas donde trabajaban miles y miles de obreros llegados, muchos de ellos, de diferentes puntos de la península. Hierro, acero, construcción naval, bienes de equipo…

La plaza del Casco era el punto neurálgico donde se medían las pulsaciones de la vida de los trabajadores. Recuerdas las manifestaciones durante las abundantes huelgas generales de los años finales del franquismo y la transición, los dirigentes sindicales subidos al quiosco cubierto de pancartas arengando con megáfonos a la multitud. En aquel entonces ardía en el aire la esperanza de un tiempo nuevo.

Y recuerdas también los duros conflictos, a cara de perro, cuando llegaron las vacas flacas de las reconversiones industriales. Aquellas fábricas habían crecido bajo la burbuja proteccionista del franquismo. No estaban preparadas para abrirse a Europa, aún mucho menos para hacer frente a la globalización que vendría más tarde. Un negro futuro. La resistencia obrera fue, pese a todo, rabiosa. Eligieron plantar cara: aunque terminaran por arrebatarles sus puestos de trabajo, no perderían la dignidad sin luchar. Ola tras ola, llegaron los expedientes de crisis, las prejubilaciones… En mejores o peores condiciones, los trabajadores fueron siendo expulsados de las empresas. El derrumbe fue bestial. A las generaciones posteriores apenas les quedó nada.

Recuerdas los años del gran hundimiento.

Las jeringuillas aparecían en la misma puerta de tu centro escolar. Antes de comenzar las clases, había que recogerlas para evitar accidentes. Para ti tenían nombre y apellidos. Conoces también qué fue de bastantes de aquellos adolescentes. Algunos tuvieron una vida muy breve. Murieron con una aguja clavada en el brazo o enfermos de sida siendo todavía muy jóvenes.

Otros se adentraron en mundos violentos. Había que buscarse la vida a cualquier precio. Robos, asaltos, visitas periódicas a la comisaría o la cárcel… Te acuerdas de ese chaval, con cara de niño bueno, condenado más tarde a muchos años de prisión por clavarle un destornillador en el corazón a un miembro de una banda rival.

No sabes qué hubiera sido de ellos en circunstancias distintas. Te resistes a creer que no tuvieron ninguna opción, que a los humanos nos resulte imposible alcanzar un mínimo control sobre la vida que nos toca en suerte. No todos siguieron igual camino. Otros salieron adelante como pudieron, aunque nadie les diera ningún tipo de facilidades.

Te acuerdas, por ejemplo, de A. Era buena estudiante y una magnífica atleta. Superó sin dificultades las pruebas físicas requeridas para el acceso al IVEF -el Instituto Vasco de Educación Física-, pero no consiguió entrar por no saber euskara. Te encontraste con ella muchos años después. Trabajaba de acomodadora en un cine de Barakaldo. Y, al igual que en sus años de estudiante, su sonrisa iluminaba la sala.

Tiempos muy duros en Sestao. En 1981 llegó a tener 40.000 habitantes; ahora, 27.000. Una población arrasada, una historia de implacable decadencia, miles de relatos personales fundidos dentro de ella.

Dejas atrás la ciudad y no te quitas de la cabeza a esas generaciones trituradas por los brutales engranajes de la historia. Los obreros que soñaron con alcanzar el paraíso -al menos una parte de sus dirigentes sindicales- y acabaron prematuramente retirados o buscándose la vida a salto de mata. Los que vinieron detrás de ellos y se vieron obligados a empezar de cero sobre las cenizas de lo que fue la revolución industrial.

No te gusta pensar que haya sido la nostalgia lo que te ha conducido a Sestao. No es verdad que cualquier tiempo pasado fuera siempre mejor. El pasado es, tan solo, lo que va quedando atrás.

Más sobre aquella época:

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