La cancelación: los guardianes de la pureza

Terry Gilliam -conocido director cinematográfico que fue miembro de los Monty Python- iba a dirigir un musical en el teatro Old Vic de Londres la próxima primavera. La empresa ha anunciado que cancela el espectáculo sin dar explicaciones. Según diversos medios británicos, se ha debido a las presiones de colaboradores del teatro irritados por ciertas declaraciones y tomas de posición del autor.

Terry Gilliam se ha mostrado muy crítico con el movimiento #MeToo, al que llegó a calificar de caza de brujas que ha destruido a gente decente. Denunció también la persecución de su colega Roman Polanski. Pero, al parecer, la gota que ha colmado el vaso han sido sus palabras al presentar su película The man who killed Don Quixote: Ya no quiero ser un hombre blanco. No quiero ser culpado de todos los males del mundo: ahora me identifico como una lesbiana negra y mi nombre es Loretta. Soy una LNT: una lesbiana negra que está transicionando».

Que Terry Gilliam ha disfrutado a lo largo de su carrera riéndose de todo y tratando de no dejar títere con cabeza está fuera de duda. Basta con recordar La vida de Brian, la película que hizo en tiempos de los Monty Python. A más de un izquierdista dogmático se le atragantó la cena después de verla. Ha hecho también cosas más serias. En Brazil (1985), por ejemplo, describía un mundo cercano al 1984 de Orwell para defender la libertad de pensamiento.

Se puede disentir -¡cómo no!- de las opiniones de Terry Gilliam sobre las aristas del #MeToo o respecto al caso de Roman Polanski. Su broma sobre estar transicionando hacia lesbiana negra puede hacer más o menos gracia. Se puede celebrar como un dardo contra la presunción -tan religiosa, por cierto- de que determinadas identidades arrastran un pecado original que deberían expiar. O resultar hiriente y despertar críticas enconadas; es muy difícil hoy en día decir algo que no ofenda a alguien. Vale. Todo se puede analizar, debatir, criticar… Incluso no escucharlo, si tanto molesta. Es también obvio que cada cual tiene su particular sentido del humor. O carece absolutamente de él, que de todo hay en la viña del señor.

Pero lo que va mucho más allá de lo permisible es que haya quienes organicen una cacería para impedir trabajar a alguien por expresar en público sus ideas. Basta, al parecer, con que ese tribunal en la sombra las considere inapropiadas o incorrectas para condenarlo al ostracismo. Tendría que haber sido eliminado hace un año, pero han tardado todo este tiempo para hacer algo bien por una vez en su vida, ha escrito alguien de los sectores del entorno del Old Vic que han promovido el despido. Excesivo rencor.

Vivimos tiempos en los que el humor es peligroso. Empieza a ser suicida utilizar la ironía. El que se atreve a disentir se juega el tipo. Se extiende la autocensura por los medios de comunicación. Los mandamientos de lo políticamente correcto -y sus prescripciones en el uso del lenguaje- se han convertido en un corsé blindado del que nadie puede zafarse sin correr el riesgo de que acudan al instante los airados ángeles de la pureza dispuestos a expulsarlo del paraíso.

¿Que exagero? Ojalá. Son ya demasiados casos, una plaga originaria de los USA que se ha extendido por todas partes. En universidades americanas se propone eliminar de los planes de estudio a los filósofos clásicos por esclavistas, racistas o misóginos. Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain era lectura escolar de uso habitual; ahora ha sido suprimida por el incalificable delito de utilizar en el libro la palabra niger. También por aquí se han expurgado bibliotecas escolares para limpiarlas de cuentos clásicos, por machistas, violentos o especistas… La lista de películas, libros, canciones -o incluso cuadros- proscritos es ya tan larga que no cabría en este artículo. Y también la de las personas -músicos, actores, directores…- que han sufrido llamamientos al boicot, con éxito en muchas ocasiones.

Nos tratan como si fuéramos niños. Quieren protegernos de todo mal y son ellos los que saben qué nos conviene. Dan por supuesto que no somos capaces de colocar autores y obras en su contexto histórico, de leerlos críticamente, de valorar una obra aunque su autor no fuera precisamente un dechado de virtudes. Nos toman por tiernos infantes a los que deben educar con la papilla uniforme del catecismo. De su catecismo.

Estas listas de libros, canciones, películas, autores o personajes cancelados recuerdan demasiado al pasado. La Iglesia Católica ya tuvo su Índice de Libros Prohibidos. La dictadura franquista, como cualquier otra, solo nos permitía acceder a lo que su férrea censura daba el visto bueno. Por no hablar de las hogueras -físicas- en que ardieron los libros de autores degenerados en ciertos regímenes totalitarios.

Se me dirá que los actuales defensores de la cancelación persiguen fines justos. Bien. No lo voy a discutir ahora. Pero todo el mundo considera buenos sus propios objetivos, es una simplificación extrema pretender que los otros, los que no piensan como nosotros, persiguen el mal a sabiendas. Y a estas alturas deberíamos haber aprendido que ningún fin, por sublime que nos parezca, justifica la injusticia. Y que sin libertad de expresión y de pensamiento es imposible el progreso social.

Lo que más me sorprende son los numerosos activistas que dedican su tiempo y esfuerzos a la vigilancia social. Se autoerigen en guardianes de la pureza ideológica. Se entregan a la búsqueda del hereje, lo señalan públicamente y se ponen luego a la cabeza del linchamiento. ¡Cuánta energía desperdiciada en labores de censura, persecución y control! Dicen querer cambiar el mundo. Se consideran a sí mismos entre los justos. ¿Y no se les ocurre nada mejor que hacer?

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