Lo mejor de mi vida

El viaje era largo y los asientos, estrechos. El constante zumbido del motor acababa por cargar la cabeza. Tras varias horas de vuelo, era ya de noche, se fue apoderando de él una creciente incomodidad, un sordo malestar de origen difuso. La mujer, a su lado, tenía los ojos cerrados. Parecía dormitar. Encerrada en su mundo, pensó, como siempre. Y suspiró.

La sacudió del brazo:

-Quedaría mejor de verde -le dijo cuando logró que abriera los ojos-. Un verde oliva clarito sería perfecto.

A la mujer le costó regresar a la realidad. Intentó hablar, pero las palabras no acudían a sus labios.

-Unpopazzz… -le acabó saliendo.

-De verde mucho mejor -insistió él.

-Pero hombre… Nos vamos de vacaciones -consiguió al fin articular algo coherente.

Resopló y calló, resignado. Nunca era el momento. Imposible hablar con esta mujer. ¡Pintar la cocina de gris acero! ¡Como una fábrica! ¡Que era ella la que cocinaba, decía! Hartito estaba de que lo dejara todo manga por hombro. Ahí estaba él para recoger y limpiar. La chacha de la señorona.

Cerró la boca, enfurruñado. Basta. No iba a insistir. Ya habría tiempo. Pero no iba a consentir que se saliera con la suya. No esta vez.

¡Gris acero!

Sonó una nota musical y sobre sus cabezas se encendieron las luces de aviso para que se pusieran los cinturones. Les llegó la voz metálica del comandante: se acercaba tormenta. Iban a atravesar una zona de turbulencias. Que pusieran los respaldos rectos, plegaran las bandejas, permanecieran sentados y se ajustaran bien los cinturones.

Lo que faltaba.

Vio cómo una azafata desplegaba una silla anclada en la cara interior del fuselaje, se sentaba y apretaba el cinturón.

Al poco, el avión empezó a agitarse como en una batidora. Por alguna ventanilla abierta deslumbraban los fogonazos de relámpagos. Entre los viajeros se levantó un murmullo nervioso, acompañado de vez en cuando por grititos asustados. Las manos se aferraban a los asientos hasta clavar en ellos las uñas. Difícil controlar el miedo.

Se oyó un crujido, como si un cuerpo invisible hubiera chocado contra las alas. Se alzó un aullido unánime de pánico. Se soltaron de golpe las mascarillas de oxígeno y quedaron oscilando sobre sus cabezas en una danza macabra.

El avión comenzó a caer. Lo confirmaban la intensa sensación de vértigo y el vacío en el estómago. Dolían los oídos con el cambio brusco de presión. Se oía un potente silbido como de aire escapando por una válvula. La vibración era tan intensa que parecía imposible que aguantara el fuselaje.

Miró a su alrededor. Los pasajeros gritaban enloquecidos. Se agarraban a la butacas, solo los cinturones impedían que salieran despedidos. Algunos lloraban y otros movían los labios en muda plegaria. Pero lo que terminó de aterrorizarle fue el rostro desencajado de la azafata. Prendida de un agarradero, era la viva imagen del espanto. Si ella reaccionaba así es que había llegado el final. Iban a morir, seguro, un impacto brutal contra las aguas del océano y a reventar. ¡Qué triste!

Entonces tomó la mano de su mujer y la apretó con fuerza:

-Quiero que sepas… Quiero que sepas que has sido lo mejor de mi vida -le dijo.

-Tú también para mí, cariño, eres lo mejor que me ha pasado nunca -le devolvió el apretón mirándolo a los ojos.

Otro crujido y se abrieron varias puertas de los compartimentos portaequipajes. Cayó una lluvia de bolsas y paquetes golpeando a algunos viajeros. El avión, sin embargo, pareció recobrar cierta estabilidad.

Un minuto después volvía a llegarles la voz del comandante: pedía calma y les aseguraba que todo estaba bajo control.

Al cuarto de hora, habían dejado atrás la tormenta y las turbulencias. Volvía una imprevista tranquilidad. Los pasajeros, agotados, intentaban recuperar la respiración.

Les invitaron a todos a una consumición. Había que superar el mal trago y celebrarlo.

Al llegar el turno de la pareja, la azafata, eufórica, les animó a tomar algo fuerte. Pidieron ron y tequila. Se lo sirvió en vasos anchos, llenos casi hasta el borde.

Con el alcohol fueron recobrando el color y el pulso de la normalidad. Al hombre le ardía el estómago y sintió subir por el esófago el reflujo de lo cotidiano.

Sacudió a su mujer del brazo:

-Pues quedaría mejor de verde -le dijo, desafiante.

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