La verdad y Pablo Iglesias

Hace ya unos días, en un acto de precampaña en Valladolid y como preámbulo para pasar a opinar nada menos que sobre el conflicto en Ucrania, Pablo Iglesias afirmó que yo ya no soy político, puedo decir la verdad. Y se abrió la caja de los truenos.

Desde algunos medios de comunicación -de derechas, digamos para entendernos-, se aprovechó la ocasión para destacar que en un arranque de sinceridad habría reconocido que, mientras fue Vicepresidente del Gobierno, se pasó dos años mintiendo. En otros de la misma onda utilizaron sus palabras para asegurar que siempre miente. Bien mirado, esta última afirmación nos conduce a un bucle sin salida: si nunca dice la verdad, al sugerir que cuando era Vicepresidente no podía decir la verdad también habría mentido; por lo tanto, igual sí que pudo decir la verdad en esos años; o sea, que en ese caso no sería un mentiroso; o sería un mentiroso que dice la verdad, lo que es una contradicción en los términos… En fin: un galimatías, un laberinto lógico.

Nada más lejos de mi intención que intentar desfacer entuertos, allá Pablo Iglesias y los jardines en los que, de forma voluntaria o involuntaria, se mete. Él sabrá, además, si tiene o no algún interés en aclarar el sentido de sus palabras. Lo que sí me parece útil es analizar lo que dijo y tratar de comprenderlo. Entender siempre requiere cierto esfuerzo. Y querer hacerlo, claro.

Yo ya no soy político, comienza diciendo Pablo Iglesias. El término político tiene distintas acepciones. Acudiendo al diccionario de la RAE, la política es la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos, pero también la del ciudadano cuando interviene en ellos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo. Pablo Iglesias estaba hablando en un acto de campaña, cabe poca duda entonces de que estaba haciendo política. Es evidente, por lo tanto, que utiliza el término político en su sentido más restrictivo: el ligado a las instituciones. Así que, en realidad, nos está diciendo que ahora -el futuro, por definición, está por escribir- no aspira a alcanzar ningún cargo público.

La verdad, entendida como conocimiento cabal de la realidad, es inalcanzable. Podemos, con mucho esfuerzo y contando con los instrumentos adecuados, acercarnos a ella, pero jamás aprehenderla en su totalidad. No creo que haya nadie tan pretencioso que piense poseerla. Bueno, salvo quienes toman las propias creencias por verdades, confundiendo los ámbitos de la fe y la razón.

Cuando nos referimos a la verdad acostumbramos a hacerlo con pretensiones mucho más modestas: la verdad es, y vuelvo al diccionario de la RAE, la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. Es decir, la verdad nos obliga a que haya concordancia entre nuestro pensamiento (o sentimientos) y nuestras palabras, pero no a exteriorizar lo que pensamos. Tampoco nos impone un determinado modo de expresarlo. Las fórmulas pueden ser más suaves o más contundentes en función de lo que pretendamos. Sinceridad y grosería no tienen por qué ir de la mano. Aprender a medir las palabras es bueno, porque también deberíamos luego hacernos responsables de sus consecuencias.

En realidad la vida social está llena de fórmulas de cortesía, de silencios, de gestos ambiguos que nos permiten esquivar discusiones y enfrentamientos desagradables. Si algún día se pudiera leer en bruto el pensamiento humano se haría muy difícil la convivencia.

Cabe suponer, en conclusión y antes de acabar por los cerros de Úbeda, que el puedo decir la verdad de Pablo Iglesias viene a significar, simplemente, que puede decir lo que piensa. Y eso no implica necesariamente que antes haya mentido, porque no excluye en modo alguno la opción de los silencios educados. Lo que sí establece, de manera indirecta, es una cierta relación entre la prudencia en las declaraciones y la política institucional. Y… bueno, me parece que eso podría valer, en general, para los políticos tradicionales. Hoy en día hay una nueva hornada de políticos -populistas se les suele llamar- que han hecho de la provocación, las verdades alternativas y la sustitución de la realidad por sus creencias sus señas de identidad. Y a muchos de ellos no les va nada mal electoralmente.

Uniendo fragmentos y completando el mensaje, la interpretación de lo que dijo Pablo Iglesias sería algo así como: Ahora no aspiro a ningún cargo público, puedo decir lo que pienso sin demasiados filtros. Frase que hubiera sido, sin lugar a dudas, un desastre comunicativo, aunque también habría dificultado la posibilidad de lecturas sesgadas.

Esa actitud de opinar con contundencia -de repartir estopa, vamos- que nos anuncia Pablo Iglesias puede agradar a parte de los suyos (¡dales caña, Pablo!) o preocupar a otros que apuestan por mostrar perfiles más dialogantes y con menos aristas. O incluso ser aprovechada por algunos -así nos lo demuestra lo ocurrido- para propinar puntapiés al Gobierno en el culo de Pablo Iglesias. Algo tan viejo como el mundo.

Pero todas estas cuestiones forman parte del juego político. Nada tienen que ver con verdades o mentiras.

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