Inteligencia artificial

Olvídate de pasar la aspiradora, el robot lo hará por ti y verás la diferencia, rezaba la propaganda. Me acordé del anuncio cuando, para mi cumpleaños, mi chica me regaló un robot aspirador.

El regalo no me pareció, precisamente, romántico. Llevábamos tres años viviendo juntos y habían pasado casi cinco desde que nos conocimos. El tiempo no se detiene. Las aguas que ves pasar bajo el puente nunca son las mismas. El amor -el enamoramiento, vamos- es cuando pensar en esa persona te quita el sueño; el matrimonio, cuando lo que no te deja dormir son los ronquidos de tu pareja. La vida, al fin y al cabo.

Pasar la aspiradora formaba parte de mis obligaciones domésticas. Bien mirado, había pensado en mí al elegir el regalo. Preocuparse por mi comodidad igual era también otra cara del amor, con menos mariposas, ciertamente, pero con los pies mejor anclados en tierra. Bueno, el caso es que, cuando desenvolví el regalo, le ofrecí mi mejor sonrisa. 

El robot tenía forma de disco y cerca de un palmo de altura. Estaba específicamente diseñado para limpiar madera. En la parte delantera llevaba un cepillo circular, como un molinillo, con el que alcanzaba hasta el último rincón. En casa no teníamos alfombras, gracias a lo cual la máquina se desplazaba a sus anchas, sin encontrar obstáculos. Recorría las habitaciones una tras otra y, al terminar, informaba en un plano digital de los espacios aspirados. Y sí, al cabo de unos días los suelos brillaban como nunca.

Lo ponía en marcha desde la aplicación del móvil. Lo dejaba trabajando cuando salía de casa y evitaba, de ese modo, tener que soportar el ruido del motor. No estaba mal el invento, aunque la propaganda, como es habitual, exageraba: el aparato limpiaba los suelos, por supuesto, pero no te libraba de quitar el polvo en el resto de alturas y superficies de la casa.

Desde un principio, el robot mostró ciertas tendencias destructivas. Su primera hazaña fue derribar el ordenador de sobremesa y el módem de la wifi. El cable que los conectaba iba a ras de suelo. Se enredó con él, y no paró de estirar y estirar hasta que dio con los dos aparatos en tierra. Al volver a casa, me lo encontré paralizado, sin batería, con medio cable engullido en sus entrañas, el módem y el ordenador patas arriba junto a él. Volví a colocar los aparatos en sus sitios respectivos, abrí el robot para liberar el cable y lo puse a cargar de nuevo.

Afortunadamente, no había roto nada. Ningún daño irreparable. A partir de entonces, ponía el máximo cuidado en dejar la puerta de la habitación bien cerrada para impedir que repitiera el desaguisado.

Se empeñaba también, con una tozudez digna de mejor causa, en embestir contra los muebles. Chocaba contra ellos de seguido, una y otra vez. Los golpeaba con tanta persistencia que al final conseguía moverlos. Solo resistían los de mayor peso y tamaño. Con tanto ajetreo y desplazamiento forzado, acababan por dejar unas horribles marcas de arañazos en la madera del suelo. Otro trabajo añadido: tuve que pegar fieltros en los bajos y patas de todos los muebles. Y, cuando volvía a casa, una vez que el robot había terminado su labor, debía colocarlos otra vez, centímetro arriba centímetro abajo, en sus lugares correspondientes.

Esa cabezonería  extrema y su tendencia a valerse de la fuerza bruta nos llevaron a bautizarlo como Terminator. Limpiaba los suelos, sin duda, pero era duro de mollera, obstinado, un auténtico animal.

El primer incidente de cierta transcendencia ocurrió dos o tres meses más tarde. Guardábamos una mesa plegable en la sala, recogida para que ocupara menos espacio. No sé de qué madera era, pero pesaba un montón. El robot cargaba a menudo -y con insistencia- contra ella sin conseguir moverla. Un día, al entrar a casa, me encontré la mesa derribada en el suelo. Terminator, golpe a golpe y empujón tras empujón, había ido cerrando sus patas, hasta conseguir que el centro de gravedad quedara fuera de los puntos de apoyo y se derrumbase. Me imaginé el estrépito. ¡Menudo susto para los vecinos!

Levanté la mesa, con esfuerzo dado su peso, y debajo apareció el robot. El muy bestia se la había tirado encima, y el golpe, aumentado por la altura, había sido brutal. A primera vista, había quedado seriamente dañado. La parte interior del disco estaba inclinada, hundida en parte. El violento impacto le había levantado y torcido el parachoques. La defensa se alzaba en curva, abierta por uno de sus costados, semejando la guía de un antiguo mostacho de domador. O, mejor mirado, parecía una sonrisa forzada. Una sonrisa rota que no reflejaba alegría alguna. Una mueca congelada que resultaba más bien amenazadora.

Visto su lamentable aspecto, pensé que era el fin, que no volvería a andar. Pero, para mi sorpresa, una vez recargada la batería, se puso de nuevo en marcha. Funcionaba. Como siempre, pensé en un primer momento.

Pero, si te fijabas bien, ahora chocaba con mayor violencia contra los muebles. También era más testarudo, más insistente en los golpeos. Parecía enfadado con el mundo, como si nos echara a nosotros la culpa del accidente que lo había desfigurado, como si buscara algún tipo de venganza. Lo veía avanzar por el pasillo, el cuerpo deforme, la sonrisa torva, la intermitente luz de marcha -medio velada por el parachoques alzado- como señal de peligro… Había algo siniestro en su figura mutilada, inquietaba su marcha ciega y agresiva. Pero, bueno, seguía limpiando los suelos y mientras cumpliera su función…

El siguiente suceso fue mínimo, pero misterioso. Cierto día, nos dimos cuenta de que el robot había perdido un trozo del embellecedor que cerraba la parte superior del disco. Era una pieza de unos doce centímetros, un fragmento exterior de la circunferencia. Dado su tamaño y curvatura, debería haber sido sencillo encontrarlo y volver a colocárselo en su sitio.

No hubo manera, sin embargo. Por más que buscamos y rebuscamos por todos los rincones, no dimos con él. Aquello no tenía sentido. Después de darle muchas vueltas, solo se nos ocurrió una hipótesis razonable: en el cuarto de baño se había roto, hacía ya mucho, un trozo de azulejo al nivel del suelo; entre el embaldosado y el muro quedaba un hueco bastante grande, invisible desde fuera porque se extendía tras las baldosas, hacia un costado; ese escondrijo era inaccesible para nosotros; cabía la posibilidad de que estuviera allí la pieza, aunque resultaba difícil de creer que Terminator hubiera tenido la habilidad suficiente para meterla por aquel recoveco. Pero, por improbable que pareciera, la casualidad a veces…

Con todo, me quedó una sensación extraña. ¿Estaba el robot jugando con nosotros? ¿Y, si la respuesta era afirmativa, a qué jugaba? Para lograr introducir el trozo de embellecedor por aquel agujero no habría bastado con empujarlo con su ridículo molinillo. Habría necesitado utilizar cierta habilidad prensil, asirlo, hacerlo girar… Eso me parecía evidente.

Para confirmar mi sospecha, intenté varias veces pillarlo distraído, cazarlo cuando agarrara algo. Pero nunca lo cogí en renuncio. Cuando volvía rápido la cabeza, encontraba a Terminator en sus rutinas habituales, girando  inocentemente el molinillo. Para colmo, me daba la impresión de que adivinaba mis intenciones. Me parecía que su sonrisa se volvía entonces más abierta y burlona.

A los pocos días, volvió a desaparecer otra cosa: una mancuerna que utilizábamos para hacer ejercicios de fuerza. Pesaba dos kilos. Aunque era difícil de entender que se extraviara una pieza de ese tamaño, no le di muchas vueltas. Lo achaqué al habitual despiste de mi pareja. La pesa aparecería cualquier día en el lugar más insospechado.

Así siguieron las cosas. Terminator, realizando sus diarias labores de limpieza. Yo, sintiéndome cada vez más incómodo con él. Me desagradaba su sonrisa petrificada, su aguda vocecilla al pedir que lo cargara, su empeño en ir por la vida repartiendo golpes y empujones…

Sospechaba, para colmo, que el robot había desarrollado la habilidad de abrir puertas. Yo las dejaba cerradas. A mi vuelta, no había diferencia a simple vista, pero comprobaba luego que no tenían echado el pestillo. Tal vez ajustaban mal, o serían mis propios olvidos. Pero me resultaba inquietante que fuera capaz de abrirlas y todavía más que intentara disimularlo.

Empecé a preguntarme a qué se dedicaba Terminator cuando estaba solo en casa, qué hacía cuando nadie lo veía. Me pasó por la cabeza, incluso, instalar cámaras de vigilancia, aunque lo descarté enseguida. No iba a caer en paranoias, no era más que una máquina, un robot aspirador. Ese fue mi ultimo error.

Ahora ha llegado el acto final. Estoy tirado en el suelo y sé que ese líquido viscoso que empapa mi cara y mis manos es sangre. Mi propia sangre, un charco de magma espeso que sigue creciendo y me vacía por dentro. Apenas puedo moverme. Hago esfuerzos por no perder el sentido, pero no tengo escapatoria, no voy a aguantar mucho más. Me duele horriblemente la cabeza. 

Al entrar por la puerta de casa, he oído un pitido agudo que me ha hecho alzar la cabeza, una décima de segundo de distracción. Entonces he tropezado con algo que estaba en el suelo y he perdido el equilibrio. Al caer, he ido a dar justamente contra la esquina de una mesa baja. La punta se me ha incrustado cerca de un oído. Un mordisco de dolor insoportable. Un generoso manantial de sangre ha brotado al instante. He quedado tirado, sin fuerzas para levantarme.

Al abrir los ojos, lo he visto: un cable eléctrico tendido a un palmo del suelo. Es un alargador que guardaba en la habitación del ordenador. Uno de sus extremos está trabado en un  radiador y el otro, en el sofá. Observo también que la mesa ha sido desplazada. Entre la bruma del mareo, me pregunto si la precisión de la caída ha sido casual o fruto de algún complejo cálculo.

Antes de levantar la cabeza, algo me ha golpeado de nuevo con extrema violencia, con saña, un impacto seco, brutal. Creo que esta vez me ha fracturado algún hueso del cráneo. 

Entre tinieblas, oigo el ruido del motor. Sí, ahí está Terminator. Abro de nuevo los ojos y lo veo, el desaparecido trozo de embellecedor sobre su disco como la pluma de un indio en pie de guerra, la luz intermitente anunciando la inminencia del peligro… Viene hacia mí a una velocidad endiablada. Su cuerpo deforme vibra provocando un fragor metálico. Extiende el molinillo como un brazo con el que agarra con firmeza la mancuerna…

No puedo escapar. Conozco bien su tozudez. Me golpeará una y otra vez con la pesa. Lo hará todas las veces que haga falta para conseguir fracturarme el cráneo y  esparcir mis sesos sobre la madera.

Antes del golpe, un último instante de lucidez. Claro, es evidente, en la mancuerna están las huellas dactilares de mi chica. Cuando encuentren mi cadáver y lo comprueben, cualquier investigador dará el caso por resuelto. Pruebas concluyentes. El robot se habrá librado de los dos en una sola jugada maestra.

Terminator se acerca. Está ya a un par metros. Me pregunto para qué leches querrá el maldito robot la casa, a qué se dedicará cuando sea solo suya. No se me ocurren respuestas.

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